Valentina Bassi, actriz y madre de un hijo autista, sentada en el estudio de Infobae en vivo, exploró en voz alta la necesidad de mirar al otro sin prejuicio: ‘La sociedad todavía no sabe cómo acercarse, cómo preguntar, cómo tratar… Y si no nos animamos a la conversación, no cambiamos nada’”.
En junio se estrenó Presente continuo, un documental ficción sobre Lisandro, su hijo de 16 años, en el que se propuso que su voz, su manera de ver y sentir el mundo esté al centro, pero también compartir su perspectiva como padres, junto al cineasta Ulises Rosell, su compañero en la realización y en la vida.
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La llegada de la película abre un espacio urgente para dialogar sobre autismo, inclusión y qué significa construir herramientas para la convivencia diaria. Entre emociones y desafío, Valentina compartió sus vivencias más íntimas, la motivación de crear un relato colectivo y el modo en que el proceso transformó a toda la familia.
El título no es casual ni arbitrario. La elección de ese nombre resume de manera precisa la experiencia vital de su hijo y, al mismo tiempo, revela una enseñanza profunda que involucra a toda la familia. “Lo que yo siento es que Lisandro vive en presente y es algo admirable. Lisandro se despierta y es presente. No está pensando qué va a pasar mañana, no está pensando qué voy a hacer dentro de diez años, eso que tanto tenemos nosotros y que es imposible zafar de las preocupaciones, de la angustia por el futuro. Bueno, él no lo tiene”, confesó Bassi, al señalar ese contraste entre la vida cotidiana de la mayoría y la de su hijo.
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Con una sencillez apabullante, Lisandro logra estar “re cómodo con quien es”, encontrar felicidad “con eso” y habitar, como define su madre, “un presente continuo”. Para Valentina, esa cualidad se transforma muchas veces en un refugio, sobre todo frente al peso de las preocupaciones adultas: “Cuando estás muy perturbado por los problemas del futuro o del pasado y lo que no hiciste, de repente vas a buscarlo a la escuela y él está ahí, y él no necesita nada, necesita su familia, su escuela que le da estructura, que le da contención. No necesita nada más”.
Resulta llamativo que esta revelación no haya surgido de inmediato, sino que fue elaborándose y resignificándose con el paso del tiempo y de las funciones del filme. “Yo la saqué en las últimas funciones”, admitió, y agregó que la vivencia del presente para los padres también posee un matiz distinto: “Nos pasaba a nosotros como padres vivir en un presente, pero por una situación más de que no se cumplen las etapas neuróticas. Yo veía a mis amigos con hijos que siguen las etapas típicas: jardín, primaria, secundaria, oficio. Nada de eso pasa con un hijo con discapacidad (…) A veces teníamos esa sensación de vivir como en un presente en el que no pasa el tiempo”.
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Detrás de este aprendizaje subyace otra verdad menos expuesta: la experiencia de quien acompaña el crecimiento de un hijo que no responde a los parámetros tradicionales y que obliga, como contó la actriz, a resignificar el sentido del tiempo y las expectativas. El presente, en la vida de Lisandro y su familia, es un destino elegido y una forma de cuidado.
El proceso de arribar a un diagnóstico de autismo estuvo marcado por la ambigüedad, la inquietud y el desconcierto de sus padres. Desde los primeros años comenzaron a notar señales, aunque muchas veces resultaban difíciles de interpretar y, por momentos, las respuestas de los especialistas no aportaban claridad. “La primera consulta que hicimos fue a los dos años, pero nos dijeron ‘démosle tiempo’. En la segunda consulta la hicimos a los tres años y ahí ya no nos dijeron ‘démosle tiempo’, nos dijeron ‘tiene herramientas, para mí, en tres años si trabajan mucho, sale’”, recuerda.
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La incertidumbre era constante, pues como describió, “cuando es muy chiquito no se sabe muy bien para dónde va a agarrar. Hay que laburar un montón.” En el caso de Lisandro, el autismo “se fue profundizando, año a año, a pesar de las terapias”. Para la actriz, el recorrido incluyó la frustración propia de los avances y retrocesos, la ilusión pequeña de cada progreso, pero también la conciencia de la exigencia que recae tanto sobre los padres como sobre los terapeutas: “Si te detenés en los pequeños avances, los ves. Igual también hay retrocesos. Yo ya aprendí que cada vez que hay un avance y decimos ‘gol’, no digas ‘gol’ porque se puede volver. Pero sí, es muy exigente. El trabajo es muy exigente para los terapeutas… Yo me saco el sombrero, pero nosotros los padres también, porque vamos, los llevamos, intentamos”.
Al describir la realidad del joven, aclaró ella: “Necesita mucho apoyo. No puede estar solo. Tiene que estar siempre acompañado. Y hoy es así, no sabemos qué va a pasar. Hay que acostumbrarse a vivir con la incertidumbre”.
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El camino hacia la aceptación y la acción se construyó paso a paso, atravesando dudas y el constante esfuerzo de encontrar los apoyos adecuados.
La decisión de exponer la experiencia familiar mediante el cine no surgió fácilmente. El impulso original fue más personal que militante: “Me daba vergüenza, pero fue un alivio”, reveló. Durante años, la mirada ajena en la calle —llena de juicios y desconocimiento— fue una carga adicional. “Lo que me pasaba en la calle es que parecía un niño muy malcriado porque se escapan, no respetan límites y me decían de todo por la calle. Encima me reconocían. Entonces yo estaba con mucha vergüenza, me costaba un montón. Lisandro en esa época se escapaba mucho y correrlo, ¿no? pedir perdón, me la pasaba pidiendo perdón. Lo sigo haciendo pero ya sin culpa”.
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La decisión de hablar públicamente sobre la discapacidad coincidió con el deseo de su pareja, el cineasta Ulises Rosell, de filmar a su hijo. Sin embargo, el proyecto no se propuso visibilizar el autismo desde una mirada restrictiva o didáctica: “No estábamos pensando en visibilizar el autismo, porque si uno piensa en términos de cine, en visibilizar el autismo, te acota mucho y no te da la libertad que te da hacer una película libre”, explicó, marcando una distancia deliberada con el formato tradicional del documental explicativo o testimonial.
El rodaje se vivió como una aventura compartida. La intérprete narra que para Lisandro la experiencia era simplemente una manera de viajar y recorrer lugares nuevos, sin importar la cámara: “Su papá era su papá con un coso. La cámara no le importa. Entonces era una aventura vivida entre los trenes y Pinamar y contento de que nos íbamos a Pinamar. Para él fue una aventura”.
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La sorpresa y la emoción llegaron al ver el resultado en pantalla y la reacción inesperada de Lisandro: “Ahora que se vio en el cine está flasheado. Eso fue muy impactante para nosotros, porque el autismo sorprende. Siempre habíamos preparado toda una logística para quien lo cuidaba, porque Lisandro no se queda quieto, habla permanentemente en su propio idioma. En la función, se sentó en primera fila, no se movió, callado, mirándose. Creo que ahí entendió el cine y le gusta que lo miren. En el debate se queda, participa. La verdad que lo que pasa en la función es hermoso”.
La película, más allá de los géneros, consiguió capturar esa intimidad y resignificarla en el encuentro con los otros, propiciando nuevas preguntas, miradas y vínculos.
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Mientras tanto, Valentina Bassi y Ulises Rosell exploran nuevas formas de contar y compartir su historia: tras cada función, los debates y el encuentro con el público reabren preguntas, conectan realidades y reafirman la decisión de mostrar la vida diversa de Lisandro. Aunque rechazan la idea de respuestas definitivas, mantienen intacto el deseo de acompañar desde el arte y la palabra, sosteniendo —como un horizonte abierto— la potencia de ese presente continuo que, desde la pantalla y en la vida, nunca deja de resignificarse.
La entrevista completa
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