Una carcajada. Una frase lanzada como piedra. Y luego, el silencio incómodo que a veces deja una verdad a medias. Sabrina Rojas, actriz y conductora, apuntó con ironía y sin medias tintas contra el huracán mediático de Wanda Nara, en medio de un vendaval judicial que le cerró las puertas de Instagram, TikTok y Facebook.
Desde el living de Ángel Responde (Bondi), luego de que Julieta Argenta lanzara como disparador el tema de que Nara abrió una cuenta de OnlyFans, Rojas no se guardó nada. “Te ponés en pelotas porque sí”, expresó sin filtro, con esa mezcla de sorna y perplejidad que no busca explicar, sino cuestionar. Para ella, la ecuación no cierra. “¿Hay necesidad? Que me lo abra yo, que gracias a Dios llego a fin de mes... Pero siendo tan millonaria, te comprás una cartera y te ponés en pelotas porque sí”, dijo.
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Pero el tema no terminó ahí. Porque tras ese disparo, llegó la reflexión. O tal vez, la trampa del espejo. Rojas titubeó, se corrigió, se rio de sí misma: “Nunca digas nunca porque tal vez un día a mí me ven en OnlyFans”. Una confesión que no pasó desapercibida. Carla Conte, su colega en la charla, le respondió sin vueltas: “El asunto no es hacerlo por necesidad, sino hacerlo porque te dan ganas”. Rojas no cedió: “No, yo lo haría por necesidad”. Y ahí el tono cambió, de juicio a posibilidad, de distancia a identificación.
El ida y vuelta no fue solo una discusión entre colegas. Fue un reflejo del dilema contemporáneo sobre el cuerpo, el deseo y el capital simbólico que circula en las redes. Wanda, lejos de esconderse tras la medida judicial, contraatacó con picardía. Desde uno de sus perfiles secundarios en Instagram, escribió: “Si no es por acá, a partir de hoy nos podemos ver en OnlyFans”, y dejó el link. Pero no terminó allí. La declaración final fue casi una advertencia con tono desafiante: “Yo nunca me caigo, tomo envión”.
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En OnlyFans, su nueva identidad no es simplemente Wanda. Es BADBITCH, así, en mayúsculas. Un alter ego con aire de provocación y glamour sin freno. “Hola... no soy Wanda, ¡acá soy la BADBITCH y punto! Aprovechá que si me cierran Instagram ME ACTIVO más que nunca...”, se lee en su descripción. El precio de acceso a su mundo privado: 50 dólares mensuales.
La Justicia, mientras tanto, observa. Tras la suspensión de sus cuentas, el gesto de Wanda –migrar a una plataforma para adultos y capitalizar la sanción como oportunidad– no solo redobla la apuesta, sino que desplaza el eje del castigo. No se esconde. Se exhibe más. Como si el posible exilio de las redes tradicionales le diera una nueva legitimidad.
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El fenómeno no es nuevo. El cuerpo como capital, el deseo como contenido, la exposición como estrategia. Pero sí es revelador que el debate ya no transcurra en márgenes clandestinos, sino en la televisión abierta y entre mujeres públicas que se interpelan unas a otras. Sabrina Rojas preguntó: “¿Ustedes lo harían si están bien? Es una refiaca estar posando en pelotas”. Conte respondió, sin vacilar: “A vos te da fiaca. Si ella está posando en bolas todos los días. Ella está chocha”.
El cruce dejó al descubierto algo más que una diferencia de criterio. Reveló una grieta generacional, ideológica, quizá incluso emocional, sobre cómo se piensa el cuerpo femenino en la era digital. ¿Es empoderamiento? ¿Es negocio? ¿Es necesidad o elección? ¿O todas a la vez?
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Wanda sonríe desde la plataforma azul, donde la censura no rige y donde cada click vale. Sabrina duda. Bromea. Reflexiona. Y se retruca a sí misma. Como si supiera que esa pregunta –“¿hay necesidad?”– es menos un reproche a Wanda que una confesión íntima.
Porque lo cierto es que la necesidad tiene muchas formas. Y no todas son visibles.
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