“It’s been a long time since I rock and rolled...”, aulla Robert Plant sobre el swing arrollador de Jimmy Page, Bonzo y John Paul Jones. El público delira porque se apagaron las luces y el telón desplegado avisa que está por llegar Kiss. Y el clásico de Led Zeppelin es preludio pero también resumen de las cuatro décadas y media que están por finalizar con este End Of The Road World Tour, la gira despedida que en la noche del sábado pasó por Buenos Aires.
“No hablo muy bien en español, pero comprendo sus sentimientos y mi corazón es suyo”, gritó Paul Stanley con su agudo y repitieron algunos desde el público (así como en la intro gritaron al unísono aquello de “You want the best, you got the best: the hottest band in the world”). “Siempre dice lo mismo”, pensó en voz alta una chica en el campo vip y se rió. Y aplaudió. Es la onceava vez que tocan en este lado del mundo con su tan legendario como rutinario show de artificio y rock & roll.
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Y estos tipos quieren mover: Stanley, Gene Simmons, Tommy Thayer y Eric Singer irrumpieron con su habitual modo bestia rock ante 50 mil personas (más unas 160 mil que lo siguieron por Flow). Ahí están una vez más estos nenes de antes que crearon una marca, moldearon su imaginario y derrocharon fantasía y glamour para darle nuevos argumentos a la industria musical.
Maquillaje, fuego, pirotecnia, sangre, aire, lásers, globos, papelitos. Viñetas con impronta de comic que se derramó tanto en los Power Rangers como en Jem o los Halcones Galácticos. Además, claro, de atravesar los oídos de todas las generaciones que nacieron desde que existen con sus hits: entre el campo y las plateas había decenas de familias, muchas con las caras pintada. Grandes y chiques al estilo Kiss, disfrutando de una velada que se presumía irrepetible aunque estuviera guionada al detalle.
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Saben a qué cámara tienen que mirar para guiñarle un ojo a la multitud en el momento exacto y dónde deben pararse para no quedar rostizados on stage. Los solos, las gracias, las arengas. Todo está escrito y se cristaliza en escenas que por repetidas no son menos memorables: las plataformas aéreas que los depositaron sobre el escenario en “Detroit Rock City”, la primera de la lista, coronada con fuegos artificiales rebotando en el techo. La espada de Gene con la que escupió llamaradas al final de “I Love it Loud”. Singer tocando con la mano derecha el pre-estribillo de “Deuce”, mientras hacía girar el palillo izquierdo con la pericia de un malabarista. Un puñado entre el público descontractura un poco y tira un “¡Sí, Miguel!” en “Lick it up”.
“Ooohhh, soy kissero, es un sentimiento, no puedo paraaaaar”, agradecía la Kiss Army local y Paul les daba un abrazo imaginario y se agarraba la cabeza como no pudiendo creerlo. Después, quiso cortar con tanta dulzura: preocupado porque tanto aliento entre tema y tema le alteraban el storyline pautado, pidió silencio. “Gracias, gracias, shhhh, shhhh”, susurró celoso tras un coro del apellido de su compañero bajista. Aunque después cambió de opinión cuando el público le empezó a cantar a él.
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El calor subía, el cielo seguía en llamas. El doble bombo saturaba si se estaba cerca del escenario y su vibración hacía salir el corazón por la boca. La lengua reptiloide de Simmons sangraba. Stanley viajaba en tirolesa hasta el mangrullo y su estampa es tan icónica que le cabe perfecto la melodía de “Love Gun” como también el doblaje latino de The Hangover (“Esto es hermosísimo / I believe I can fly...”) que es viral en tiktok.
Paul seguía entre el público, a lo alto; ahora canta “I Was Made for Lovin’ you”. Después vuelve con sus compañeros y descansa un poco mientras Eric emprende los bises desde el piano (”Beth“). Kiss se está yendo. Una mujer llora, las lágrimas le deforman la estrella negra que se había dibujado en el rostro y que se retocó varias veces durante el show. Pero ya no. Vuelan globos y papelitos triunfales para la última de todas, todos juntos de nuevo por última vez. “Rock and Roll all Nite” para detonar lo último y ahora sí, Kiss se va.
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“Saldremos de la misma manera en que entramos: sin pedir disculpas e imparables”, habían dicho ellos en la previa a esta gira. Y aunque no vuelven más, igual se quedan para siempre. En el corazón de los suyos.
Arde La Sangre había abierto la noche con su abrasador power rock de textos claroscuros. Corvata y Tery Langer, ex Carajo, se unieron a Luciano Farelli y Nacho Benavides para este proyecto que ya tiene un disco debut (La Cura), del que sonaron temas como “Todo es vanidad” (la primera) e “Industria asesina”. “Ya se viene la mejor banda de rock & roll del mundo”, agitó Corvex antes de “Fuego del cielo”, la última y con la que le abrieron el paso a los estadounidenses.
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