
Desde agosto de 2026, las librerías de segunda mano de Japón registran un fenómeno que no habían visto antes: pedidos masivos que multiplican por cinco sus ventas diarias. Detrás de esa bonanza inesperada hay una sospecha que se repite entre los libreros: esos volúmenes no van a manos de lectores humanos, sino a la industria del entrenamiento de inteligencia artificial.
La pista más concreta surge de un patrón logístico. Aunque los pedidos llegan desde múltiples cuentas y distintas tiendas, todos convergen en un mismo destino: un centro de distribución en la prefectura de Okayama, según documentó NTV Japón.
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Qué está pasando en las librerías japonesas
El cambio no es solo de volumen, también de contenido. Un librero de Tokio explicó que antes se agotaban novelas y manga; ahora desaparecen secciones enteras de filosofía, historia política, medicina, derecho y libros sobre “vida y cultura en el periodo Edo”.
Un vendedor de la región de Kanto sospecha que las compras se ejecutan mediante un programa automatizado, dado que los pedidos llegan a intervalos regulares. Una librería del oeste del país recibió, además, un correo de una empresa extranjera que preguntaba si podía surtir un pedido de decenas de miles de libros.

El rastro cruza el Pacífico. Una investigación con datos de exportación analizados mediante la herramienta Sayari identificó más de 50 toneladas de libros japoneses enviadas a Estados Unidos desde 2025, equivalentes a unos 100.000 volúmenes. El destino final, según medios estadounidenses, sería el corte, escaneo y destrucción de esos ejemplares para alimentar bases de datos de entrenamiento.
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Por qué la IA busca libros impresos y no digitales
La explicación es técnica, no sentimental. Desde que los modelos de lenguaje se entrenan con texto generado por modelos anteriores, aparece el llamado model collapse: la calidad del resultado se degrada generación tras generación porque el sistema termina alimentándose de su propia estadística.
Un libro impreso antes de 2022 resuelve ese problema porque garantiza autoría humana anterior a la explosión de los chatbots. Un análisis de la firma Ahrefs sobre unas 900.000 páginas web nuevas encontró que el 74,2% ya contenía contenido generado por IA en abril de 2025.
Los libros de segunda mano, sin digitalizar y sin contaminación algorítmica, se convirtieron en el último gran depósito de texto humano disponible.

Esa lógica explica por qué la inteligencia artificial recurre hoy a estanterías físicas: los libros impresos antes de 2022 ofrecen texto redactado, editado y revisado por humanos, sin contaminación de contenido generado por máquinas, algo cada vez más escaso en internet y valioso para entrenar modelos sin que se degraden.
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Cómo se ejecuta la compra y el escaneo destructivo
El precedente que documentó este mecanismo con nombre propio es Anthropic. Documentos judiciales del caso Bartz v. Anthropic, desclasificados en enero de 2026, revelaron una operación interna bautizada “Project Panama”, descrita como el esfuerzo por “escanear destructivamente todos los libros del mundo”.
La operación, liderada por Tom Turvey, exresponsable de alianzas de Google Books, contrató proveedores que usaban cortadoras hidráulicas para separar los lomos y pasar las páginas sueltas por escáneres de alta velocidad. El papel terminaba reciclado, sin que quedara copia física.
Una investigación de 404 Media aportó la confirmación más directa sobre otra compañía: colocó un rastreador Apple AirTag dentro de un pedido de unos 1.000 libros sospechosos. El dispositivo viajó hasta un complejo logístico de Amazon en Las Vegas, donde empleados describieron el mismo procedimiento de corte y escaneo. “Todo lo que hacemos aquí es escanear libros”, escribió uno de los trabajadores en un foro interno.
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Qué problemas genera esta tendencia
En Estados Unidos, el juez William Alsup dictaminó en 2025 que escanear libros comprados legalmente, aunque se destruya el original, constituye uso transformador amparado por la doctrina del fair use. Esa misma resolución obligó a Anthropic a pagar 1.500 millones de dólares por haber descargado más de 7 millones de libros pirateados, con compensaciones de unos 3.000 dólares por cada uno de los aproximadamente 482.000 títulos afectados.
Japón presenta un marco distinto. El artículo 30-4 de su ley de propiedad intelectual permite, en principio, usar obras con derechos de autor para “análisis de información” sin pedir consentimiento al titular, lo que convierte al país en un terreno atractivo para este tipo de operaciones.
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Frente a ese vacío, 19 organizaciones del sector editorial japonés, entre ellas Kodansha y KADOKAWA, firmaron un comunicado conjunto que exige consentimiento, transparencia y un sistema de autorización previa. Los libreros, mientras tanto, advierten sobre un riesgo adicional: si los volúmenes raros o descatalogados desaparecen tras ser escaneados y destruidos, podrían perderse ejemplares de los que no existe ninguna otra copia en circulación.
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