
Durante la segunda mitad de la década de 1990, Apple atravesó uno de los capítulos más insólitos de su historia. Por un breve periodo, la emblemática marca permitió que empresas externas fabricaran ordenadores capaces de ejecutar Mac OS, una decisión que pretendía emular el éxito que Microsoft alcanzó licenciando Windows.
Estos ordenadores, conocidos como “Mac clones”, además de ejecutar el sistema operativo oficial, lograban un rendimiento superior al de los productos originales de Apple y a precios más bajos.
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Sin embargo, la llegada de Steve Jobs a la dirección de la compañía en 1997 marcó el final drástico de esta etapa, un episodio fue clave para darle la visión de exclusividad a la compañía.
Qué eran los Mac clones de Apple
Entre 1994 y 1997, compañías como Power Computing, DayStar Digital, UMAX y Motorola, entre otras, obtuvieron autorización de Apple para fabricar ordenadores con Mac OS legítimo. Surgidos al calor de la crisis interna que afrontaba la compañía tras el despido de Jobs en 1985, los Mac clones nacieron con la promesa de ofrecer innovación, personalización y precios competitivos.
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El CEO de entonces, Michael Spindler, confió en lograr con Mac OS lo que Microsoft había alcanzado con Windows: expandir la cuota de mercado mediante la concesión de licencias de software a terceros. Apple apostó por centrarse en el desarrollo del sistema operativo mientras otros fabricantes se encargaban del hardware.
Así fue como, en junio de 1995, la primera máquina clon, el Power Computing PowerBase, salió a la venta desde la planta de Austin, Texas. Desde el punto de vista técnico, era igual a un Mac oficial: ejecutaba System 7, tenía la misma interfaz y soportaba las aplicaciones tradicionales de la plataforma.
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Lo que distinguió a los Mac clones fue precisamente su libertad frente al corsé del catálogo de Apple. Empresas como Power Computing innovaron en la experiencia de compra, permitiendo a los clientes configurar sus equipos desde la web y recibirlos a medida, una práctica revolucionaria para la época.
DayStar Digital, por su parte, implantó configuraciones con hasta ocho procesadores, inalcanzables en los equipos de la marca original. El resultado: productos más rápidos, asequibles y personalizables, capaces de atraer a consumidores exigentes y profesionales.
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Cómo Steve Jobs puso fin a los Mac clones
La libertad otorgada a los Mac clones fue, a la vez, una respuesta y un síntoma de los problemas que agobiaban a Apple durante los años 90. El crecimiento vertiginoso de la competencia de Microsoft y los fabricantes de PC compatibles abrió heridas que la compañía intentaba cerrar con experimentos arriesgados, como la concesión de licencias.
Pero la fórmula pronto mostró sus límites. Lejos de representar una tabla de salvación, los clones aceleraron el declive de la empresa. Las ventas cayeron un 20%, y Apple se encontraba en una situación de vulnerabilidad inédita en su historia.
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En este contexto crítico, el regreso de Steve Jobs tras doce años de ausencia supuso un punto de inflexión. Recién nombrado director ejecutivo en 1997, Jobs tenía una misión clara: sanear Apple antes de relanzarla. Entre las prioridades figuraba la eliminación de los proyectos y acuerdos que, en su visión, drenaban los limitados recursos de la empresa.
La existencia de los Mac clones fue identificada como una de las amenazas más graves para el modelo de negocio de la marca. Si bien la compañía recibía una suma aproximada de 50 dólares por cada Mac clone vendido, los clones capturaban a los clientes más rentables: los profesionales dispuestos a pagar más por configuraciones avanzadas, perdiéndose así el margen de ganancia que solo el hardware propio podía garantizar.
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La oportunidad que buscaba Jobs se presentó en agosto de 1997, durante el Macworld de Boston. Apple anunció el lanzamiento de Mac OS 8, un sistema operativo con una particularidad clave: sus acuerdos de licencia cubrían únicamente versiones previas (7.x) del software, dejando fuera a los fabricantes de clones. Ante la advertencia pública de Joel Kocher, el CEO de Power Computing, sobre la imposibilidad futura de vender esos productos, Jobs movió ficha.
Sin recurrir a litigios ni presiones indirectas, presentó una oferta contundente: 100 millones de dólares (de los cuales, 10 millones en efectivo y el resto en acciones) para adquirir toda la división encargada de los Mac clones en Power Computing.
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Esta maniobra silenció de inmediato la amenaza legal de Kocher y su junta directiva, que temían litigios onerosos y un futuro incierto ante la imposibilidad de ofrecer nuevos equipos actualizados.

Este acuerdo fue mucho más que una adquisición puntual: representó la absorción de ingenieros, equipos de ventas y el sistema de comercio electrónico de Power Computing, que sentó las bases para el futuro desarrollo de la Apple Store en línea.
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Simultáneamente, Mac OS 8 se limitó de forma exclusiva al hardware diseñado por Apple, imposibilitando la actualización o vida útil de los clones existentes en el mercado.
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