
Devolver el tiempo y no depender de la tecnología en el día a día es imposible, por eso una periodista finlandesa quiso hacer un experimento para desligarse totalmente de su celular y continuar con su vida cotidiana. El resultado: sigue siendo imposible.
A través de Ilta-Sanomat, Wilma Ruohisto contó su experiencia de dejar a un lado su iPhone durante una semana para usar un reloj inteligente para niños, con funciones básicas.
La idea surgió a partir de un dato alarmante proporcionado por el Instituto Nacional de Estadística de Finlandia, que reveló que, en promedio, un finlandés pasa 4 horas y 26 minutos al día frente a la pantalla de su teléfono móvil. Este tiempo, que podría parecer inofensivo al principio, pronto se revela como una enorme cantidad de horas dedicadas a tareas que podrían ser reemplazadas por una mejor gestión del tiempo o, incluso, por un poco de descanso de la constante estimulación que nos generan las notificaciones y las redes sociales.
Cómo fue el experimento de dejar de usar el celular durante una semana
Ruohisto se propuso un desafío: durante siete días utilizar únicamente un reloj inteligente para niños, un dispositivo que cuenta con funciones mínimas comparado con un smartphone. Este reloj permite realizar llamadas y recibir mensajes de texto, pero con una limitación significativa: solo se pueden almacenar hasta diez contactos en la memoria del dispositivo. Además, carece de acceso a internet, redes sociales, y otras aplicaciones comunes en los teléfonos inteligentes de adultos.

El reloj que eligió, el ZTE K1 Pro, tiene un costo aproximado de 100 a 150 dólares y está destinado principalmente para niños, con la intención de ofrecerles una forma controlada y segura de comunicarse. El reloj se administra a través de una aplicación en un teléfono inteligente, por lo que Ruohisto, al ser el “padre” en esta dinámica, pudo gestionar el dispositivo desde su iPhone.
Aunque al principio la idea parecía tentadora, pronto se enfrentó a una serie de complicaciones que le dieron lecciones sobre cómo los smartphones han invadido nuestra vida cotidiana.
Por ejemplo, uno de los primeros obstáculos fue que el reloj no tiene una función de despertador, por lo que Ruohisto tuvo que configurar su teléfono para que sonara a la hora acordada. Además, la falta de acceso a redes sociales, apps de mensajería y otras funcionalidades habituales de un celular la hicieron consciente de su propia dependencia digital.
Un experimento que demuestra la dependencia digital
El inicio del experimento no fue sencillo. En su primer día, Ruohisto se dio cuenta de que el reloj, a pesar de tener capacidad para recibir llamadas y enviar mensajes de texto, tenía muchas limitaciones. No solo se sintió desconectado de sus contactos, sino que también experimentó las dificultades cotidianas de no poder realizar tareas simples, como pagar el transporte público o acceder a su correo electrónico de trabajo.

En un primer momento, el cambio le provocó una sensación de angustia, ya que no podía hacer nada de lo que estaba acostumbrado a hacer con su smartphone. Al intentar comprar un billete de metro, se vio forzada a utilizar su tarjeta bancaria física, algo que no hacía desde hacía años, cuando solía tener todo almacenado en su teléfono.
A pesar de las dificultades, Ruohisto se dio cuenta de que, por otro lado, el hecho de no estar rodeada por las constantes notificaciones y las aplicaciones de entretenimiento lo ayudaba a concentrarse más en sus pensamientos y en las personas que lo rodeaban. El teléfono móvil, en muchos aspectos, se había convertido en un obstáculo para disfrutar de momentos cotidianos como el viaje en metro o la pausa en el trabajo.
Una de las mayores sorpresas de este experimento ocurrió en su lugar de trabajo. En lugar de estar distraído revisando el teléfono, Ruohisto se dio cuenta de que estaba siendo más productiva y social. “Hablo más con mis compañeros, me concentro mejor y mis habilidades sociales han mejorado”, aseguró. Al no tener el teléfono a su alcance, su atención estuvo completamente dirigida a las tareas en curso y a las interacciones con los demás.

Este “efecto positivo” en su productividad, sin embargo, se vio contrarrestado por la creciente sensación de ansiedad a medida que pasaban los días. La falta de un teléfono móvil comenzó a sentirse como una verdadera adicción, y Ruohisto se sorprendió de la necesidad casi física de revisar su dispositivo. El impulso de buscar el teléfono para ver si había mensajes o notificaciones no desapareció inmediatamente, aunque con el tiempo, este comportamiento se fue reduciendo.
En definitiva, la periodista encontró que, en su vida diaria en 2025, el reloj no era suficiente. No podía recibir llamadas de desconocidos, realizar compras en línea o utilizar aplicaciones esenciales para su trabajo. Además, la falta de verificación en dos pasos en servicios como su correo electrónico y las plataformas de trabajo complicaron aún más la situación.
En sus propias palabras, “el cambio a un reloj inteligente para niños resultó imposible en la vida cotidiana de un trabajador”.
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