
Antonella, madre de uno de los alumnos de la escuela donde un adolescente abrió fuego y mató a un estudiante, aportó detalles sobre cómo se desarrolló el ataque y el perfil del agresor.
Uno de los aspectos que más impacta es la ausencia de señales previas. Antonella conoce al agresor, como a la mayoría de los estudiantes. “Sí, lo conozco. Conozco a todos los chicos”, afirmó. Sin embargo, aseguró que no había antecedentes que permitieran anticipar un hecho de estas características: “No hay antecedentes de violencia de nadie, incluso ni de su familia. No puedo decir nada de él”.
La sorpresa es total. “No puedo creerlo. Me lo hice con él o con cualquiera de los chicos. Es imposible”, insistió. Según contó, su hijo tampoco pudo encontrar una explicación: “Me dice: ‘Mirá, mamá, la verdad es que no sé. No podemos decirte qué puede haber sido tan grave’”.
En medio de la incertidumbre, comenzó a circular información sobre el origen del arma. “Lo que yo escuché y hablé con mi hijo es que él iba con su papá a cazar”, señaló. Y agregó: “El arma no era de bala, tenía perdigones o cartucho, o sea que era un arma de las que usan para cazar”.
Ese dato introduce un elemento clave en la investigación: el acceso del adolescente a un arma dentro de su entorno familiar, aun cuando no se tratara de un arma convencional de uso civil o militar.
El ataque
Todo comenzó con una alerta inesperada. “Me llama una amiga desesperada. Me dice: ‘Mirá las redes lo que pasó en la escuela. Llamalo a Lorenzo, preguntale si está bien’”, recordó en diálogo con TN. Hasta ese momento, su hijo había ido al colegio con total normalidad, como cualquier otro día.
La angustia creció cuando no obtuvo respuesta inmediata. “Lo empiezo a llamar, por supuesto, típico adolescente con el teléfono en silencio”, contó. La incertidumbre la llevó a insistir con mensajes y llamados, incluso a otros compañeros. “Le mandé un mensaje que es como: ‘Hijo, decime, por favor, que estás bien’”.
Minutos después, finalmente llegó la respuesta. “Me llama y me dice: ‘Sí, mamá, nos estamos yendo de la escuela, es un caos, pero estoy bien’”. Esa frase trajo alivio, aunque no disipó el desconcierto por lo que estaba ocurriendo dentro del establecimiento.
Según el testimonio de su hijo, la secuencia fue breve pero violenta. “Mi hijo me dice: ‘Mamá, fueron cuatro o cinco disparos al aire’”, relató Antonella. Sin embargo, aclaró que el ataque no tuvo un blanco único: “Él entró y empezó a disparar a quien sea”.

En ese contexto, la víctima, un alumno de 13 años, se encontraba ingresando por otro sector del colegio cuando fue alcanzado por los disparos. La escena se desarrolló en medio de la rutina habitual del establecimiento, en un momento de circulación masiva de estudiantes.
“La escuela tiene dos pisos; ellos entran, dejan las mochilas y después bajan todos al patio. Cuando se escucha esto, fue un caos”, explicó. La reacción fue inmediata: corridas, empujones y desesperación. “Se ve a los chicos atropellándose”, agregó, en referencia a las imágenes que luego circularon.
El ataque fue finalmente contenido por la intervención de un adulto dentro de la institución. “Hay un asistente que logra reducirlo”, indicó, aunque aclaró que no conoce su identidad ni había podido hablar aún con autoridades del colegio.
Mientras tanto, la conmoción se extendía entre las familias. “Hoy primero no sabemos qué hacer. O cómo”, expresó. Y agregó una reflexión que atraviesa a toda la comunidad: “No podés pensar en otra cosa que no sea que vos sos padre, mandaste a tu hijo al colegio hoy a la mañana y a la media hora te llamaron que estaba muerto”.
Un alumno de entre 15 y 16 años ingresó armado a su escuela en Santa Fe, mató a un compañero de 13 años e hirió a otros. El informe completo sobre la conmoción que generó este hecho en la comunidad educativa.
El impacto entre los estudiantes es profundo. Tras el episodio, muchos de ellos se reunieron para acompañarse. “Están esperando saber de los otros compañeros”, contó Antonella. La preocupación creció al confirmarse que otra alumna había resultado herida de gravedad y debía ser intervenida quirúrgicamente.
El primer intercambio con su hijo también dejó ver el estado emocional de los chicos. “Lo primero que me dijo fue: ‘Quedate tranquila, mamá, yo estoy bien, ya va a pasar’”, relató. Sin embargo, la propia madre reconoció la dificultad para dimensionar lo ocurrido: “Sinceramente, no sé qué va a pasar”.
En ese contexto, Antonella amplió la mirada hacia una problemática más general. “Hay un nivel de agresividad y de violencia un poco elevado”, señaló, en referencia al entorno social en el que crecen los adolescentes. Y agregó: “Uno está ajeno a lo que puede pasar en la cabeza de un chico, cómo lo puede tomar”.
Respecto al grupo, integrado por unos veinte alumnos, describió una convivencia sin conflictos relevantes. “Se llevan bien, con sus diferencias, como cualquier grupo”, explicó. También descartó que el agresor fuera víctima de situaciones de hostigamiento dentro del curso.
Esa aparente normalidad es, para las familias, uno de los aspectos más inquietantes. La falta de indicios previos refuerza la sensación de que el hecho fue imprevisible.
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