
Para Martín Santiago Del Río los martes son días especiales. El empresario, acusado de asesinar a sus padres en una casona de Vicente López en agosto del 2022, sabe qué le llegará a la puerta de la Unidad Penal N°48 de San Martín, donde está alojado.
La encomienda parece una ironía, porque la envía su familia. Es, además, lo más cercano o parecido a una visita que tiene. Desde que quedó encerrado, prácticamente nadie de su entorno se acercó al penal. Ni siquiera lo llaman por teléfono. Sólo recibe los alimentos, que son entregados por el chofer de un remise.
El acusado del doble crimen de Vicente López, que esta semana enfrentó la audiencia preliminar en la Justicia de San Isidro antes del proceso en su contra, pasa sus días leyendo libros y compartiendo charlas con sus compañeros del pabellón 3 del penal bonaerense, confirmaron a este medio fuentes que conocen de cerca su encierro.
Mientras tanto, se preparará para lo que será, el año que viene, el juicio que determinará si es el culpable de asesinar a balazos a sus padres para ocultar un gran desmanejo económico con la fortuna familiar. “Eligió juicio por jurados porque está seguro de que puede convencer a la gente utilizando su habilidad para la oratoria y ese carisma que utilizaba para los negocios”, cuenta a Infobae alguien que lo frecuentaba antes de los homicidios.

El miércoles 28 de agosto del año pasado, José Enrique Del Río y su mujer María Mercedes Alonso fueron encontrados asesinados a tiros dentro del Mercedes Benz que solían utilizar. El auto estaba estacionado en el garage de la imponente mansión que tenían en Vicente López.
La primera en ser detenida fue la empleada doméstica, Ninfa Aquino, que incurrió en una serie de inconsistencias en su relato. Finalmente, no tuvo que ver directamente con los homicidios y fue sobreseída.
Luego aparecieron las cámaras de seguridad y el caso dio un giro completo.
Los fiscales Marcela Semería, Martín Gómez y Alejandro Musso, junto a los agentes de las DDI de San Isidro y Vicente López descubrieron que, en una cámara privada lejana de la zona, se observaba a alguien saliendo de la mansión, justo en el momento en que se cree que se cometieron los crímenes. Así se llegó a descubrir que el asesino tenía una renguera muy particular, la misma que tenía Martín Santiago Del Río, el hijo mayor del matrimonio.
La lupa de los fiscales comenzó a centrarse en él. Luego aparecieron diversos elementos que lo comprometieron aún más: movimientos de las antenas del celular, una amante que confesó cosas relevantes, seguimientos a su camioneta, la pericia a su celular y, finalmente, una indagatoria plagada de contradicciones.
Con todo esto, Martín Santiago del Río quedó como el único acusado.
Luego de pasar varias semanas detenido en la DDI de San Isidro, Del Río fue enviado el 14 de octubre a la Unidad 48 de San Martín.
Desde que llegó al penal, Del Río sólo recibió malas noticias. A medida que fueron pasando los meses fue procesado y luego enviado a juicio oral. En el medio, se incorporaron al expediente pericias que lo complicaron, y mucho. Una de ellas la balística, que señaló que el arma utilizada para los asesinatos era una Bersa 9mm que el acusado, luego del crimen, escondió en otra casa de la familia.
A esto se le sumó que la madre de sus hijos le pidió el divorcio, que ya fue oficializado. Su ahora ex esposa nunca lo fue a visitar ni lo llamó por teléfono. Lo mismo pasa con su hijo, que tampoco se acercó al penal. Se trata del joven que estaba a punto de irse de viaje de egresados cuando sucedió el hecho.

Sin embargo, hay dos personas que sí lo visitaron. Aunque de manera fugaz.
Uno es su hermano, Diego Del Río. “La visita, más que para saber como estaba, era para buscar algún tipo de explicación. Diego necesitaba que su hermano le diga en la cara por qué lo hizo. Se fue sin ninguna de las respuestas que buscaba”, cuenta alguien que conoce a la familia.
La otra persona que se acercó al penal fue la hija mayor del acusado. Es la única de toda la familia que, cada tanto, es asaltada por alguna duda sobre la responsabilidad de su padre. Se trata más de una incredulidad sobre los hechos, que de una convicción por la inocencia de su padre, explica otra persona del círculo íntimo de la familia Del Río.
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