
R., un jubilado de Mataderos, violó a su hija durante 14 años. Por sus delitos aberrantes, le dieron 15 años de prisión.
Hoy, R. está encerrado en el penal de Ezeiza. Su identidad se mantiene en reserva en esta nota por el obvio motivo de no exponer a su víctima. La matemática de la condena en su contra, dictada el 18 de febrero de 2022 por el Tribunal N°24, integrado por los jueces Marcelo Alvero, Javier de la Fuente y Maximiliano Balmaceda, parece casi salomónica. La lista de delitos es extensa, un enjambre: abuso sexual con acceso carnal cometido en reiteradas oportunidades -los que concurren en forma real entre sí-, agravado por haber sido cometido por un ascendiente y contra una menor de 18 años, aprovechando la situación de convivencia preexistente, en concurso ideal con el delito de promoción de la corrupción de menores agravada por haber mediado violencia, intimidación, abuso de autoridad, de la edad de la víctima, convivencia y vínculo de parentesco.
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El expediente comenzó en 2019, cuando la víctima llegó a un punto límite y decidió hablar. R. fue detenido en agosto de ese año. La Cámara le negó la excarcelación por temor a que intimide a testigos. Una perimetral era considerada insuficiente. La propia víctima se constituyó como querellante. Su propia familia no le creyó. Su hermano declaró dos veces en su contra para desmentirla y denostarla. Su hermana no quiso declarar por temor. Sin embargo, el intento no fue suficiente. Luego, el propio padre amedrentó al novio de su hija y a una amiga para que retirara la denuncia. Las pruebas y la propia historia de la víctima fundamentaron la condena.
Ante la Justicia, relató que su padre había comenzado a atacarla desde que tenía 7, en el departamento familiar, cuando su madre se iba a trabajar, con falsos juegos de cosquillas y manoseos. Tres años después, a los diez, su padre comenzó a pasarse a su cama para tocarla. La pubertad fue un punto de quiebre. Allí, todo se puso peor. A partir de los 12 años, “el acusado comenzó a introducirle sus dedos en la vagina, y a practicarle sexo oral”, siempre cuando la madre de la niña se retiraba a trabajar, asevera el texto de la condena, al que accedió Infobae. “La llamaba a su habitación en horas tempranas de la mañana, la hacía acostarse en su cama y le tocaba la cola, la vagina, los pechos”, continúa el texto.
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Comenzó a desnudarla, para pedirle que que le practique sexo oral a él, bajo el pretexto de que “le enseñaba a besar”. Luego, tras violarla, la llevaba con su hermanito al colegio. A veces, su padre iba antes del horario de salida para retirarla y abusar de ella a solas.
R. le dio una charla preparatoria, le habló de “su virginidad”. A la joven le repugnaba la sola idea de perder la suya con su propio padre. “Tan profundo fue el daño psíquico causado, que en vez de pensar como cualquier adolescente de su edad, sólo pensaba en mantener trato sexual con cualquier joven, el que fuese, con tal de evitar que su padre la violara y ese fuese su primer acto sexual. A los 16 conoció a un chico, y tuvo relaciones sexuales con él, únicamente por este motivo”, sigue el racconto. Aplicarse a sus estudios era otra forma de escapar. Malas notas implicaban más abusos.
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Luego, comenzó su padre. Llegó a embarazarla, un embarazo perdido. Con el tiempo, la llevó a una ginecóloga. La forzó a tomar pastillas anticonceptivas. En tres ocasiones le entregó la pastilla del día después, y le indicó que la debía tomar, dice la condena, de 188 páginas de largo.
En julio de 2018, con su padre al borde de la jubilación, su hija ya mayor de edad le pidió que se detenga. “Basta, soy tu hija, no está bien”, le reclamó. El padre insistía, echaba mano a otros ardides, como ponerle a su propia madre en contra. La madre, finalmente, declaró a favor del agresor.
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El 5 de enero de 2019, la joven le anunció que se iría de vacaciones con su novio. “Armate el bolso y cuando vuelvas, no volvés, que te mantenga él”, dijo R. Luego, comenzó a romper fotos de ella con su pareja, golpeó la puerta, el televisor. “Sos una rata, una trola, una vividora”, continuó: “Te vas por una pija”. Finalmente, le puso un cuchillo en la cara. Por esa amenaza, R. también fue condenado.
R. declaró durante horas contra su hija, a la que básicamente trató de ingrata y de mentirosa, de hábil manipuladora. La defensa apeló a testigos de concepto, que el tribunal calificó de “relatos guionados”. La víctima atravesó pericias psicológicas. Dos especialistas afirmaron que su testimonio era indubitable.
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