
El hombre de nacionalidad china se congeló como conejo asustado al llegar en un auto de lujo el sábado por la noche a la modesta cuadra de la calle Suipacha al 1.200, una zona industrial de galpones de Sarandí. Llegaba, precisamente, a un galpón con un portón color celeste, un lugar que solía ser una empresa química dedicada al negocio de los plásticos.
Los vecinos ya se habían hartado. “¡Es uno de los capos, es uno de los capos!”, gritó una mujer, delatándolo. La división Trata de Personas de la Policía Federal estaba en la vereda con tropas de asalto que rompieron la puerta después de dos meses de investigación con filmación encubierta. Incluso, instalaron una cámara de vigilancia frente al lugar.
Adentro, cuatro hombres jugaban al póker en una mesa y lanzaron sus cartas al aire al escuchar el estruendo. Había un pequeño escenario con luces, un poco deprimente, y gran cantidad de botellas de alcohol. También había en el lugar ocho mujeres, dos de nacionalidad china, una peruana y otras cinco argentinas; y 14 ciudadanos chinos. Uno, “el capo”, como dijeron los vecinos, terminó detenido. Se trata de un hombre de 35 años que vivía en Argentina desde hace cinco, sin actividad registrada en la AFIP y con domicilio en Avellaneda. Casi todos los demás eran supermercadistas. Reconocieron domicilios en Capital Federal.
Al fondo había una pieza, triste y despintada, con un colchón. El lugar era un prostíbulo combinado con karaoke, un clásico del hampa china local. Funcionaba cada sábado, con autos de alta gama que entraban y salían, y que, claramente, desentonaban con el barrio. Pero probar el vínculo con la mafia puede ser difícil.
La causa está en manos del Juzgado Federal de Quilmes, a cargo del juez Luis Armella. El detenido, a simple vista, no figura en condenas de primera instancia o en fallos del fuero federal bonaerense. Su perfil comercial es una hoja en blanco, algo raro para un delincuente asiático en el país: casi siempre dejan un rastro de papeles. Sus domicilios registrados no coinciden con, por ejemplo, comercios marcados por las mafias.
Las trabajadoras sexuales apenas reconocieron ser “acompañantes”. Las dos mujeres chinas llamaban la atención: rara vez los ciudadanos asiáticos prostituyen a sus propias mujeres, no suele pasar. Son víctimas de otro delito: la trata laboral. En todo caso, hay nueve teléfonos secuestrados que podrán ser peritados.
Los karaokes con sexo tienen una larga tradición en el submundo porteño y bonaerense ligado a las mafias chinas. Pi Xiu, la tríada más poderosa de la Argentina, regenteaba uno en el Bajo Flores seis años atrás, con mujeres brasileñas. Tenían sus armas más o menos a mano: dejaban sus rifles y revólveres en una Renault Kangoo estacionada en la vereda. También hay un personaje recurrente en las crónicas sobre este tipo de situaciones, detenido en reiteradas ocasiones sobre la pandemia, un hombre de la noche, por llamarlo de alguna forma.

Supermercadista en los papeles, Lifeng en realidad se dedica a otra cosa, si las acusaciones en su contra son ciertas. Es, para ciertos sectores de la comunidad china, un hombre del entretenimiento. Solía regentear un karaoke que realizó fiestas clandestinas durante la pandemia en la calle Olazábal al 1.600, territorio del Barrio Chino, donde chicos y chicas asiáticos se reunían a bailar sin barbijo entre pequeñas bolsas de ketamina o pipas de metanfetamina cristal en los bolsillos, clausurado dos veces en 2021 por la Policía de la Ciudad.
Solía regentear otro karaoke en la calle Lavalle, que la Federal allanó años atrás para encontrar otra fiesta de asiáticos con pipas químicas, cocaína y prostitutas de varias nacionalidades. Lo vincularon también a otro punto caliente de la zona, una cueva en la calle Julián Álvarez donde funcionó un casino clandestino de mesas de póker y mahjong detrás de una puerta roja, un negocio de alta recaudación.
En septiembre de 2021, lo detuvieron por enviar cocaína de alta pureza a Australia. Sin embargo, la operación en Sarandí parece un poco miserable de cara al brillo de los presuntos negocios de Lifeng, otro nivel. Quién es la mano detrás del sexo en el galpón queda por verse.
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