Javier “El Rengo” Pacheco, el capo de la icónica Villa 9 de Julio en San Martín, quien luchó junto a su banda durante casi 20 años entre los pasillos para ganar el poder transa y tomarlo, cayó la semana pasada. Luego de siete meses de ser investigado, fue filmado en secreto, seguido hasta en parrillitas donde paraba a comer.
Se había hecho rico, ciertamente: lo allanaron en su mansión de la calle Gaucho Güemes en Parque Leloir, con pileta, jacuzzi, un BMW dorado y una mesa de póker para diez jugadores, más un gusto por el champagne Veuve Clicqot, que vale 12 mil pesos la botella. Parte de su banda cayó con él, su pareja, tres testaferros, casi una decena de dealers, distribuidores y jefes de depósito, en una redada llevada a cabo por la Delegación Ezeiza de Drogas Ilícitas de la Policía Bonaerense, una investigación ejemplar para derribar a una organización compleja en todos sus niveles.
El barrio 9 de Julio también fue allanado, con 30 quioscos o puntos de venta identificados. Pero, al fin y al cabo, el barrio es lo que queda. Y el barrio, para un capo, es la commodity, el verdadero bien que se codicia. Todo lo demás es dinero que viene y va.

La historia argentina reciente del negocio de las drogas es una lección en leyes de la física: la naturaleza aborrece un vacío y el poder narco también. Si un capo cae, si es que no se hace nada al respecto, alguien vendrá con armas y soldados para tomar su lugar, o las viejas terceras líneas comenzarán a combatir para ser los nuevos número uno.
Pasó, por ejemplo, en la villa 31 bis y en la 1-11-14, que generó a “Dumbo” Maylli Rivera, quien se convirtió en el amo de la droga y la violencia en el Barrio Mugica de Villa Lugano y hoy es buscado intensamente por dos fiscales y dos fuerzas de seguridad. También puede pasar en la 9 de Julio de San Martín.
Tras la caída del “Rengo”, detenido el sábado 29 de mayo, las balas regresaron: este lunes, uno de los suyos, señalado como uno de sus vendedores, recibió un tiro en plena noche.

Un llamado al 911 alertó sobre varios disparos en la zona de la avenida 9 de Julio y Almirante Brown. Un hombre de pie en la esquina recibió una ráfaga de un Chevrolet Prisma blanco. Luego, un Chevrolet Corsa entra en acción y persigue al Prisma, intercambian balas según fuentes cercanas al caso, y llegan hasta la avenida Márquez. El Corsa aparece poco después, incendiado en la calle Los Olivos. El Prisma también es encontrado abandonado. Se presume que, al menos, se usó una ametralladora.
Poco después, ingresaron dos heridos de bala al hospital Castex, ambos vecinos de la 9 de Julio, uno de ellos de 44 años y otro de 45, que fue ingresado a un quirófano.

Así, según fuentes del caso, se reforzó la seguridad del lugar. Fuentes con acceso al expediente hablan del recrudecimiento de una vieja guerra: el conflicto entre la banda de Pacheco y el clan Gómez, otra banda local, que data, literalmente, de principios de siglo, cuando el jefe era un ladero de otro capo ya muerto hace una década. Se trata de Gerardo Goncebat, opacado en San Martín únicamente por el mayor jefe de la zona, “Mameluco” Villalba, condenado a 27 años de cárcel. Uno de los baleados sería uno de los hombres de Pacheco. Para los investigadores, es obvio: la detención del “Rengo” generó un vacío de debilidad que solo puede ser aprovechado a tiros.
Mientras tanto, la investigación a la banda del capo continúa bajo la firma del juez Jorge Rodríguez.
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