
A veces, puede ser como una estampida.
A comienzos de diciembre de 2018, 70 padres del Jardín de Infantes N°10 de Villa Lugano llegaron al asfalto de la General Paz para cortar el tránsito. No lo hicieron una, sino tres veces. Habían amenazado incluso con apedrear el propio jardín a donde iban sus hijos cada día, un temblor que llegó hasta la directora del establecimiento. Exigían que cámaras de televisión llegaran para filmar su escrache con pancartas desplegadas, pedían la aparición de algún funcionario del Ministerio de Educación porteño, incluso hablaban de un posible encubrimiento de las autoridades.
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Llevaban fotos impresas en la mano, con la cara de un joven y lo que esos padres decían era bestial: Matías Bisso, el joven en esas fotos, el profesor de música de sus hijos, había abusado sexualmente de ellos.
14 víctimas en total.
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La historia del presunto abuso había comenzado días antes de las protestas como un rumor en su grupo de chat de WhatsApp, decían que Bisso habría tocado a los chicos, el rumor comenzó a esparcirse. Los padres lo hablaron entre sí, luego lo hablaron con sus hijos. Algunos decidieron denunciarlo en la Justicia. La situación fue divisivo: los padres que decidieron no denunciaron, simplemente porque sus hijos les dijeron que nada había pasado, fueron echados. Otros padres, aterrados, llevaron a sus hijos a hospitales exigiendo que sean analizados en busca de posibles lesiones compatibles con abuso sexual.
Luego, fueron a la calle a protestar, y a Tribunales. Bisso tuvo que dejar su trabajo, para empezar, fue reubicado como empleado administrativo.
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Así, llegaron las primeras denuncias que recayeron en el Juzgado N°9, con el juez Martín Peluso y una investigación a cargo del secretario Diego Villanueva, que rápidamente se encontró con un escenario complejo: padres que se presentaban en mesa de entradas con planteos altisonantes y testimonios imprecisos. La primer denuncia tiene fecha del 3 de diciembre, una madre que aseguró que su hijo le relató que Bisso le habría mostrado su miembro a los chicos en la clase. Otros relatos, siempre de boca de los padres, con las cámaras Gesell a la espera, hablaron de supuestos tocamientos, del “juego de los zombies”. Sin embargo, no todos los relatos coincidían. Villanueva no tardó en encontrar discrepancias obvias. También trataron a una docente de cómplice en sus testimoniales y sus pancartas, a la titular de una de las salitas. Bisso era un profesor curricular y no tenía el mando del aula. Hablaron hasta de golpes, bofetadas.
Después, hablaron los chicos, declararon en cámara Gesell ante psicólogos en el Cuerpo Médico Forense.
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Hoy, más de dos años después, la causa se cierra: Bisso fue sobreseído por el juez Peluso. Su buen nombre y honor quedan intactos. No hay pruebas en su contra. Para la Justicia, los abusos no existieron. Los padres son una historia aparte.

Así lo asegura el fallo firmado por Peluso y Villanueva al que accedió Infobae. “En síntesis, más allá de las afirmaciones efectuadas por algunos de los progenitores de los niños presuntamente abusados, no se cuenta con ningún otro elemento de juicio, siquiera indicios serios, precisos y concordantes, que permitan hacer avanzar la pesquisa hacia etapas ulteriores. Por el contrario, la totalidad de la prueba producida me lleva a considerar que los hechos no han ocurrido en el modo denunciado”, aseguró Peluso tras la exhaustiva investigación del secretario.
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El “juego de los zombies” resultó ser básicamente un ensayo para el acto de fin de año de los chicos, donde harían su versión del videoclip de “Thriller” de Michael Jackson, protagonizado por, bueno, zombies. Declararon los docentes del Jardín N°10: apoyaron al profesor de música, elogiaron su trabajo y su perfil, hasta aseguraron que Bisso nunca podría haber estado solo con los menores. El descargo del acusado, por otra parte, fue exhaustivo. Incluso algunos padres notaron la falta de pruebas. Uno de ellos declaró ante el juez que “cada nene tenía un relato diferente”. Los más vehementes se mantuvieron en su postura, o al menos no se retractaron.
En las cámaras Gesell, según el fallo, ningún chico refirió nada que se le pareciera a un abuso sexual o una situación violenta con Bisso u otro docente, tampoco surgieron “elementos clínicos compatibles” con un trauma de abuso.
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Uno de los nenes, incluso, se negó a entrar: la madre del chico aseguró que denunció al profesor “a solicitud de las otras madres denunciantes”. La cámara Gesell es una herramienta clave para imputar en casos de abuso, una línea definitoria: fue clave para imputar, por ejemplo, a Jonathan Fabbro, que recibió 14 años por violar a su propia ahijada. Los estudios practicados en hospitales tampoco encontraron signos de abuso.
El juez Peluso también tuvo que recordar en su fallo las 36 veces que su equipo tuvo que insistirle a los padres para que lleven a sus hijos a declarar, o se presenten ellos en Tribunales, con repetidas ausencias.
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Más aún, los psicólogos forenses afirmaron que era altamente posible que los propios padres hayan influenciado a sus hijos con sus relatos.
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