
A fines del mes pasado, el defensor oficial de Ildemar Marquard jugó la suerte de los abogados en la Cámara Federal de Casación. Llegó allí con su apelación tras la negativa tajante del Tribunal Oral N°3 de San Martín del mismo fuero, el tribunal que había condenado a su defendido. El Tribunal consideró entre otras cosas, un claro riesgo de fuga si lo soltaba. Para empezar estaba el monto de la pena, uno importante: a Marquard lo habían condenado en primera instancia a diez años de cárcel. La defensa de Ildemar, al contrario de las de cientos de condenados y procesados a lo largo del país, no habló de coronavirus para lograr una excarcelación. Pidió la habilitación de la feria judicial y planteó una serie de nulidades, un trámite que databa de enero de este año, mucho antes de la pandemia, argumentó que Marquard, preso desde el 1° de agosto de 2016, estaba en plazo para pedir su libertad condicional.
Los magistrados de la Sala I negaron el pedido el 24 de junio. A la jueza Ana María Figueroa le tomó dos párrafos citar la acusación completa. Era un caso de trata de personas, pero en otra forma. A Marquard, un hombre rústico de pocas palabras, oriundo de la zona rural de El Soberbio en Misiones, que trabajaba en una carbonería de Grand Bourg, los jueces de San Martín lo sentenciaron por una historia brutal: en 2016, desde su casilla de Tortuguitas, frente a una calle de barro, Marquard captó a una chica de 14 años de Misiones con la ayuda de la madre de la menor, en un contexto de violencia machista y pobreza total.
Así, la madre accedió, la subió a un micro con rumbo al Conurbano. El carbonero la forzó a una unión de hecho, la convirtió en su “esposa”, o su sierva. La violó y la embarazó: Marquard tenía 48 años en ese entonces, 34 más que su víctima. La chica no lo llamaba por su nombre ante terceros, hablaba de él como “el señor”, una chica quebrada que hablaba de su abusador como los religiosos hablan de Dios mismo.
De esa violación nació un bebé, un varón, que un día enfermó.
Ildemar cayó, precisamente, por ese bebé.
Fue una trabajadora social la que se dio cuenta. Y., su víctima, había llevado al bebé a la unidad de atención primaria El Chelito en Tortuguitas. El bebé tenía un fuerte cuadro de bronquiolitis, con apenas cinco meses de vida. Analía, una joven de nacionalidad paraguaya acompañaba a Y., decía ser su amiga. La madre de 14 años estaba desorientada, perdida, no conocía el barrio, su entorno. No tenía ni siquiera una tarjeta SUBE. Le habló del embarazo. “Yo no quería, pero pasó”, le dijo. El hombre le gritaba, la insultaba, pero ella no se iba, no tenía a dónde. “Había mucha necesidad de comida en Misiones”, dijo un reporte posterior.
La trabajadora social, que elevó el caso a la Justicia, comenzó una serie de entrevistas con ella. La fue a visitar al domicilio que dio en la calle Olidén, Analía estaba con ella. La joven paraguaya la hacía callar. Lo que decía la madre de 14 era poco, que estaba perdida, que había venido de Misiones, a vivir con “el señor”.
Solo decía eso, “el señor”. Analía la marcaba de cerca. Le decía, explícitamente, frente a la trabajadora social, que no dijera el nombre del hombre.
Eso ocurrió el 15 de junio de 2016. Dos semanas después, Y. volvió a la salita, aterrada. El bebé estaba peor. Y. no fue sola: también estaba Analía. Hablaron del “señor”, dieron su nombre, o su apodo, “Ildo”. Analía aseguró que “las maltrataba”, que tenía relaciones sexuales con él por “necesidad”.
El caso llegó a la UFI N°14 de San Martín, que envió a la división Trata de Personas de la Policía Bonaerense a la casa de la calle Olidén. El informe posterior señaló que allí se hacían fiestas con música a alto volumen, que concurrían “muchos hombres”, que allí vivía Analía junto a otra mujer de su misma nacionalidad y que el dueño de casa era Ildemar Marquard, que trabajaba en una carbonería de Grand Bourg. Las jóvenes paraguayas declararon: hablaron de un arreglo de hecho, que Ildemar ponía la comida, que les permitía vivir allí, que “el señor” resentía que le dijeran a la menor que cuide al bebé, porque la función de la menor, en la cabeza de Ildemar, era cuidarlo a él.
El 1° de agosto, Y. declaró en cámara Gesell ante psicólogas. Allí surgió la historia. Su familia, su mamá, la habían enviado allí desde Misiones. No fue fácil que se abriera, que dijera algo.
“Ildo” fue arrestado poco después. El bebé no tenía el apellido de su padre, pero tenía su sangre. El Cuerpo Médico Forense practicó un estudio de ADN: la compatibilidad fue de un 99,9%. Y. fue protegida Centro de Atención de la Víctima (CENAVID) y al Programa de Rescate y Acompañamiento de Personas Víctimas del Delito de Trata, a los que la fiscalía les encargó un relevo de la situación. La menor había naturalizado la situación en su relato: hasta se preocupaba por su violador, se sentía culpable por su suerte, decía que en Misiones “era común” un hombre grande tuviese como pareja a una chica de 14 años, que de vuelta en su casa solo su padrastro trabajaba, que no alcanzaba la plata, que venir a Buenos Aires “le convenía”; Marquard se ofreció a pagar el pasaje. Había otros doce hermanos en su casa. Tenía el primario incompleto. Dejó la escuela a los nueve años. Uno de sus propios hermanos había intentado violarla.
Con el tiempo, Y. cambió su historia. Dijo que el embarazo fue buscado, que quería ese bebé. “El señor” la había quebrado del todo. Irónicamente, Marquard, dijo ella, aportaba a la manutención de su bebé con el sueldo que percibía por trabajos en la cárcel: comenzó a cobrarlo en junio de 2019 y lo recibe hasta hoy, de acuerdo a registros previsionales. La jueza Nada Flores Vega, parte del tribunal que lo condenó, criticó a la defensa de Ildemar: “El imputado y su defensa pretendieron presentar el caso como una “historia de amor” entre una niña y un señor mayor”, aseguró en su voto de mayo de 2019.

Los fundamentos de la condena aseguran que los vecinos relataron a la Bonaerense que las mujeres en su casa eran prostituídas, que Ildemar las regenteaba, algo que finalmente no pudo ser probado. El carbonero no fue condenado como proxeneta. Sin embargo, ante las especialistas que la entrevistaron, Y., tras la detención de Marquard, dijo que tuvo que prostituirse para comer.
El Tribunal N°3 también ordenó decomisar la casilla de la calle Olidén. También, determinó que no se trata solo de Ildemar: elevó un oficio al Juzgado Federal de Eldorado en Misiones. El blanco: Rosa, la madre de la chica de 14 años, la cómplice del carbonero.
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