Ayer por la mañana, 11 personas de la comunidad gitana en Rosario enfrentaron su audiencia imputativa de acuerdo a los términos del Ministerio Público de la Acusación en Santa Fe. Los acusaban, precisamente, del delito de integrar una asociación ilícita dedicada a cometer estafas y extorsiones, cuentos del tío y secuestros virtuales.
Los fiscales Mariano Artacho y Carlos Covani de la Unidad de Investigación y Juicio los habían investigado durante tres meses con la Brigada N°4 de la Agencia de Investigación Criminal de la provincia. Los secuestros virtuales y cuentos del tío no son nada nuevo, que los cometan miembros de la comunidad gitana tampoco. Hace tiempo que los ladrones y delincuentes comenzaron a atacar por teléfono en vez de en plena calle: un engaño de este tipo implica un botín en efectivo con mínimo esfuerzo y sin disparar un solo tiro, sin sangre derramada, lo que se traduce en una pena más baja en tribunales ante una eventual caída, con una pena a veces en suspenso en vez de cárcel efectiva. Según datos de la Procuración bonaerense, los ardides de este tipo crecieron un 50% en los últimos años en territorio provincial.
En el Código Penal, el engaño duele menos que el asalto, pero en la caja del crimen, rinde mucho más: dólares en mano en vez de un celular manchado con sangre y pólvora. La banda de Rosario, por su parte, llevó el engaño a una industria o un arte. Fuentes del caso aseguraron a Infobae que el cruce de datos reveló la participación de la banda en 42 hechos consumados o intentados, 34 estafas, 8 secuestros virtuales, todos cometidos entre el 28 de febrero y el 21 de junio de este año.
Su recaudación total: más de $50 millones, entre dólares y pesos. En ese mismo período, 158 hechos en total fueron denunciados en todo Rosario a las autoridades.
Su técnica no era muy distinta a la de otros, según los investigadores. Obtenían teléfonos al azar, llamaban desde celulares registrados con datos falsos y con chips prepagos. Su historia también era repetida: se hacían pasar por familiares que hablaban a ancianos de un hipotético corralito, del cambio de billetes en circulación. También empleaban el truco de “la llorona”, la víctima femenina en estado de llanto, el secuestro virtual. Tenían una variante original, poco empleada: el cuento del contador, atado al engaño del falso familiar. Aceptaban joyas además de dinero.
Tenían su forma favorita de blanquear la plata, la compra de autos de alta gama. También tenían su casting interno, su división de roles. Florencia Sofía T. simulaba ser familiar de las víctimas. Matías H. se encargaba de retirar el botín, se presentaba como el supuesto contador. Diego Roberto T., Lucía del Valle T., Vanesa Paola T., y Vanesa Aldana M. simulaban ser familiares de la víctima.
El primer golpe que se les atribuye fue, literalmente, de oro. Una mujer de 81 años en la calle 3 de Febrero, zona de San Lorenzo, les entregó 400 gramos de alhajas y 35 mil pesos. 9 días más tardes, despojaron a otra mujer de 84 años de 2 mil dólares, 40 mil pesos, relojes, alhajas varias y un medallón de la Virgen de Luján. Ese mismo día, tres horas después, volvieron a la zona de San Lorenzo para atacar a otra jubilada de 84 años: se llevaron 80 mil pesos, sus ahorros. Esperaron unos días y regresaron al ruedo: en el Boulevard Oroño se llevaron otros 70 mil dólares, otra vez una jubilada, su botín más grande en un solo golpe.
Hubo rachas de casi 70 mil dólares en una semana. Esparcían su radio a zonas residenciales como Funes, cobraron en euros. Su tasa de éxito fue elevada, considerando que estos ataques son a mansalva, aleatorios: de 42 hechos, en 22 recolectaron su dinero.
Así, quedaron detenidos. No toda la banda fue encerrada: dos sospechosos están prófugos.
Con información de Federico Fahsbender
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