Paula Díaz, madre de seis, en el edificio de fiscalías de Florencio Varela, lunes 16 de agosto.
Paula Díaz, madre de seis, en el edificio de fiscalías de Florencio Varela, lunes 16 de agosto.

Paula Díaz no tiene brazos suficientes para subir a todos sus hijos a upa y consolarlos. Elige a uno que llora, un varón, dos años de edad, el menor de los seis. Otro de sus hijos, el del medio, seis años, se tira al piso, llora más fuerte que su hermano. A Paula la acompaña su madre que vino de La Plata, junto a una tía. Pasaron toda la mañana en la UFI Nº8 de Florencio Varela, dedicada investigar delitos sexuales bajo el fiscal Alejandro Ruggeri. Paula llora también, frente a policías de consigna y vendedores ambulantes, gente que espera colectivos en la vereda frente al edificio de fiscalías de la avenida Teniente General Perón, intenta que los chicos no la vean.

Ahora, Paula y sus hijos se tienen que ir.

-¿A dónde se van?

-Al Hospital Materno Infantil, le van a hacer los estudios a la nena. Hace dos meses que no le viene la menstruación. Tengo miedo de que esté embarazada. La violó. El hijo de puta de mi marido la violó. Su propio papá la violó.

La nena es su hija mayor, de doce años. La semana pasada, Paula se presentó en la Comisaría de la Mujer de Florencio Varela. Su hija no confiaba en ella tanto como en sus maestras de escuela. Se descompuso en clase con mareos, crisis de llanto. Las maestras se la dijeron a Paula: "¿No sabías que tu marido la toca a tu hija?" Su hija misma luego se lo dijo. "Me agarró y me contó que el padre le dijo que yo no le servía más, que era carne vieja, que ella ya era mujer. El padre la tocó a principios de año, después la violó en el bañito que teníamos, en agosto".

Así, Paula denunció a su marido, el padre de sus hijos, Jorge Mauro Sigona, 46 años, changarín, con quien vivía en un rancho de madera con piso de tierra en la calle Cafferata del barrio Santa Rosa, a tres cuadras de donde una manada de diez varones violó y humilló en una previa de alcohol en abril pasado a Miki, una chica de 17 años. Paula recuerda el caso, vagamente.

La Bonaerense se llevó a Sigona el domingo pasado, un patrullero de la Comisaría 1º llegó en plena noche al rancho y golpeó la puerta en el frente hecho de chapas atadas. Paula tomó sus cosas después de que tuvieron a José, detuvieron a sus hijos y se fue a La Plata, a la casa de su madre. "No me iba a quedar ahí, yo no me puedo quedar ahí", dice como suplicando.

Su hija también vio todo, cómo se lo llevaban preso a su padre. Está junto a Paula en la vereda frente a la fiscalía, pelo negro atado, una campera blanca. La escucha hablar a su madre mientras guarda silencio. Una psicóloga y una médica forense la revisaron y entregaron sus informes al fiscal Ruggeri: la médica encontró en su cuerpo, signos netamente compatibles con un abuso sexual. Tiene miedo de que su padre salga libre y de que le haga algo.

Rancho: la casilla de madera y chapa donde Paula vivía con su marido.
Rancho: la casilla de madera y chapa donde Paula vivía con su marido.

Así, Paula toma a sus chicos y va al Hospital. Se lamenta de no tener batería en el teléfono, de no poder mandar una foto de su marido por WhatsApp "para escrachar al sorete". Sabrá en pocas horas si su hija está embarazada de su propio padre. Si un juez bonaerense le impide a la menor acceder a una interrupción legal del embarazo, entonces Paula tendrá que criar a su propio nieto, al bebé nacido de una violación intrafamiliar.

Le preguntaría a Paula qué le parece esa posibilidad, pero el timing no es el mejor, mientras la vida en la pobreza extrema del conurbano bonaerense la atropella y la pasa por encima, mientras el abuso que cometió su marido destruye a una familia entera. Lo vemos, el fotógrafo y yo, en tiempo real.

Tiene a su propia mamá, a su tía, a una comadre del barrio, seis asignaciones universales, un plan garrafa del ANSES, pero está sola, lo dice y lo siente. El fiscal Ruggeri, dicen fuentes de la investigación, le buscará contención psicológica a la familia, pero los recursos son escasos. 

Fondo de la casa con el chiquero. La chancha ya no está. No la podían mantener.
Fondo de la casa con el chiquero. La chancha ya no está. No la podían mantener.

Paula dejó la casa en el barrio Santa Rosa como pudo, se fue entre un desorden de medias y pantaloncitos en el piso polvoriento. Pudo llevarse los colchones. Vivió cuatro años ahí junto a Sigona, mientras ella cuidaba a los chicos y a la casa y él hacía changas, volvía con 200 pesos al día como máximo. Quedaron atrás un viejo CPU de computadora, las camas de listones de madera, un cuadro con la figura de Luca Prodan gritando bajo el sol naciente japonés, un poster de Ricky Martin con el pecho semicubierto, comienzos de los 90s. Hay un viejo Renault 12 color crema en el fondo que hace años que no arranca. Otro poster clavado en la madera dice bajo las fotos de dos autos: "VUELTA AL PLACER".

Sigona gritaba, le pegaba a Paula, cuenta ella.

Lo que quedó atrás: la ropa, las camas sin colchones y el baño donde ocurrió el abuso.
Lo que quedó atrás: la ropa, las camas sin colchones y el baño donde ocurrió el abuso.

Su suegra vive ahí, en otra casilla al fondo del terreno atrás junto a sus otros dos hijos que sufren de discapacidades mentales. Ana María Zanotti cobra 15 mil pesos mensuales de la jubilación. Su hijo del medio, Ernesto, está junto a ella, es el que abre la puerta. A Ernesto le cuesta pronunciar su propio nombre, le cuesta contar, decir un número. Tiene casi 40 años. Todo huele a heces.

"Tengo gallinas, perro, loro. Tuve una chancha hasta ayer, pero la regalamos porque salía más cara engordarla que esperar a comerla. Parió la gata, tengo cuatro gatitos. ¿Querés uno?", pregunta Ana María, que teme que venga una turba y le prenda fuego el lugar. "Pasaron tipos en moto", asegura Ernesto, en vez de un patrullero con custodia o trabajadores sociales. "Del barrio me dicen que van a venir a quemar todo. Que venga alguien", dice Ana María, "porque si nos queman la casa se quema la de al lado". Sufre de los nervios, asegura.

"Los extraño a mis nietos", dice, "pero sé lo que pasó, mi hijo tocó a la más grande. Será mi hijo. Pero yo estoy del lado de la nena. Yo si sabía me la llevaba de acá".

Ana María, la madre del detenido. “Yo estoy del lado de mi nieta”, dice.
Ana María, la madre del detenido. “Yo estoy del lado de mi nieta”, dice.

Paula se niega a dormir ahí otra vez, se niega a volver con los chicos. Uno de sus hijos se lo contó luego de la denuncia. El baño tiene una puerta, con un agujero. Desde ese agujero, el chico vio como su papá se abalanzaba encima de su hermana. "Pasó una tarde", cuenta Paula, mientras tomaba mate con su suegra, sentada en el fondo.

fotos: Adrián Escandar

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