
¿Qué le espera a una persona si cuando sale de prisión lo hace bajo las mismas condiciones en las que ingresó como la falta de trabajo, oportunidades y de condiciones dignas de vida? En muchos casos, otra vez la cárcel. Uruguay trató de encontrar una solución a ese problema y desde el año pasado puso en marcha "La Posada de Camino".
Se trata de una casa a la que las personas que salen de prisión –tanto nacionales como extranjeros, hubo argentinos– pueden ir a vivir por cuatro meses. "Lo que te dicen es que sin este espacio hubiesen vuelto a la cárcel porque no tienen nada", le cuenta a Infobae John Manzzi, director de la Posada. Allí encuentran un lugar para dormir, ayuda a conseguir trabajo, asistencia psicológica y el acercamiento a la familia.
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Se inauguró en mayo del año pasado y está a 10 cuadras del estadio Centenario de Montevideo. Fue construida donde hasta 2011 funcionó la cárcel de mujeres de Uruguay. Las obras de refacción las hicieron sus futuros habitantes: presos que trabajan en el Polo Industrial del Complejo Carcelario (COMCAR).
Quienes acuden a la Posada –que depende de la Dirección Nacional de Apoyo al Liberado (DINALI)– son personas que presentan alguno de estos problemas y a veces todos juntos: no tienen un lugar donde vivir, tampoco trabajo y perdieron los vínculos con la familia por el alejamiento que suele producir la cárcel.
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Ya pasaron aproximadamente 100 personas por el lugar desde que se inauguró, hace ocho meses. Y Manzzi destaca el resultado más importante: ninguno de ellos reincidió en el delito.

La Posada tiene capacidad para 66 personas –60 hombres y seis mujeres, en proporción a la población carcelaria de Uruguay– y cuando Infobae la visitó en diciembre pasado había alojadas 42, entre ellas una persona trans. La mayoría de los que van son reincidentes en el delito con un mismo ciclo: calle-cárcel, calle-cárcel. "Muchos te dicen que nunca trabajaron en su vida", cuenta Manzzi.
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El lugar tiene una una sala de recepción en la que la mañana que Infobae estuvo un muchacho joven con la camiseta de Peñarol –el equipo de fútbol más popular de Uruguay– espera que un técnico lo atienda para hacer el ingreso. Quienes asisten tienen asistencia psicológica y con los profesionales arman una modalidad de trabajo. "Al principio a algunos les cuesta hablar pero después se abren. Hablan de los delitos que cometieron, también de las víctimas. Tienen una necesidad de expresarlo. Y cuenta que nunca trabajaron", explica Manzzi.
El empleo siempre aparece y es la principal preocupación de los que salen de prisión. "Tienen escaza calificación y eso inquieta, pero poseen mucha versatilidad en resolver situaciones porque el paso por la cárcel que los hace sobrevivir. Hace poco llovió mucho y se inundó una parte. Ellos armaron una sopapa grande con botellas de plástico", señala el director.
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En la Posada los ayudan a buscar trabajo. Tienen convenios de pasantías y firmaron acuerdos con empresas. Inclusión Social Generadora (ISG) instaló en el lugar un lavadero de autos que le da trabajo a tres liberados. La misma compañía prepara un proyecto gastronómico y también se va a instalar la empresa "Cañerías Industriales".
Otro punto central es la revinculación con la familia. Muchos la perdieron por los años en prisión. "Primero la familia no quiere saber nada. Después ven los avancen y se hace el reencuentro", cuenta Manzzi. También es un problema la adicción a las drogas.
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En la Posada trabajan 16 personas y dan ayuda a los liberados en cuestiones administrativas como la tramitación de documentos de identidad y carnets de salud o en trámites jurídicos.
Los liberados se encargan del día a día: cocinan, limpian y hacen las compras. Tienen una biblioteca, distintos tipos de talleres, una sala de recreación y duermen en habitaciones para dos, tres y cuatro personas.
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"La convivencia es buena. Mucho mejor de lo que imaginábamos. El equipo de trabajo es joven y tenían miedo por el desconocimiento del trato con personas detenidas. Era miedo de convivir con la imagen que tienen de los presos", cuenta el director. Todos los viernes tienen una asamblea de convivencia y los liberados son los más duros con el cumplimiento de las reglas. Manzzi señala que nunca tuvieron conflictos graves.
De la Posada se puede salir durante el día y cualquier persona decide si quiere abandonar el lugar. Y quienes cumplen los cuatro meses y dejaron de vivir allí pueden seguir el trabajo con los equipos técnicos. "Algunos no se quieren ir pero otros se van antes de cumplir el proceso porque no se han adaptado o han encontrado alguna solución a su situación", cuenta el director.
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El 2018 fue el primer año de vida de la Posada y lo celebraron de una manera especial: con un viaje el 21 de diciembre a Piriápolis y Punta del Este. "La gran mayoría no conocía ninguno de los dos lugares. Se sentían totalmente integrados y disfrutando de una experiencia muy emotiva y extremadamente gratificante", señala Manzzi.
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