
Al verdadero amigo y cómplice de Carlos Eduardo Robledo Puch le decían Queque, un joven rosarino que se jactaba de entrar por las noches en las iglesias a robar la limosna que dejaban los fieles y soñaba con actuar en cine.
"Robar te da adrenalina", le dijo Jorge Antonio Ibáñez a Robledo Puch el día que lo conoció. Lo que siguió fue vértigo y muerte: la dupla cometió unos 20 robos y no dejaron vivo a ningún testigo.
En El Ángel, la película dirigida por Luis Ortega que se estrena el jueves en todo el país, el cómplice de Carlitos -el protagonista, encarnado por Lorenzo Ferro-, se llama Ramón y es interpretado por el Chino Darín. No es un fiel retrato de Ibáñez, sino un personaje de ficción.
¿Cómo era el amigo real de Robledo Puch?
"Tenía un gran corazón, era buen mozo y quería retirarse del delito, pero el monstruo de Puch lo arruinó", dice un familiar de Ibáñez, que pide reserva de identidad.

Los amigos se conocieron en el segundo año del Instituto Cervantes de Vicente López. Ibáñez era un chico alto, morocho, espaldas anchas de nadador, que estuvo detenido dos veces por robo. En 1971 tenía 16 años, dos menos que Robledo, y también era fanático de las motos. Robledo lo admiraba porque era decidido. Robledo le contó que robaba motos. Ibáñez le dijo: "Hay que ir por cosas más grandes".
En el Cervantes los dos tuvieron mala conducta y terminaron expulsados. Pero aprendieron algo: a usar el soplete, clave para abrir cajas fuertes.
A Queque Ibáñez le gustaba la acción. Quería vivir al límite. Lo demostró el primer día que invitó a Carlos a su casa.
—Vení, Carlos, vamos al fondo. Te voy a presentar a mi viejo, es macanudo —le propuso Ibáñez.
Robledo caminó ansioso por el pasillo. Cuando llegó al patio vió a un hombre robusto con un arma en la mano. Era Jorge Eduardo Ibáñez, un misterioso hombre con antecedentes policiales, que sostenía una escopeta calibre 22. Estaba por tirar al blanco, que en realidad era un cartón con círculos concéntricos pintados a mano. Al ver a su hijo, suspendió el disparo para saludar al invitado:
—¿Qué hacés, querido? Mi hijo me habló mucho de vos. Vení, acercate y probá —le dijo el señor Ibáñez a Carlos. Luego le da la escopeta con el caño apuntando al piso.
El chico agarró el arma y no hizo falta que le explicaran cómo era la posición de tiro. Lo vio en las películas de cowboys. Empuñó la escopeta, cerró el ojo derecho y puso el izquierdo en la mirilla.
Tomó aire y disparó. El tiro quedó a unos diez centímetros del centro.
—Nada mal, muchacho —lo alentó el señor Ibáñez.
Robledo mejoraría la puntería mucho antes de lo que se imaginaba.

Lejos de la escuela, los amigos comenzaron a robar sin freno. Viven una vida de boliches y autos caros y hoteles baratos, donde reparten el botín y pasan noches pensando robos. Robledo tiene novia, pero siempre en la historia del caso sobrevoló un rumor de romance entre él e Ibáñez, lo que aparece reforzado en la película de Ortega.
Se sentían más libres que nadie: sin padres estrictos ni profesores exigentes. Caminaban varias horas por las calles en busca de un lugar para concretar el gran golpe. Un golpe de esos que salían en las tapas de los diarios. Piensan en robar joyerías, concesionarias de autos y supermercados. Si todo sale bien, irán por los bancos. En la caminata nocturna, descubren que muchos de los serenos no están armados y casi siempre se quedan dormidos.
"A los 20 años no se puede andar sin coche y sin guita", dijo Robledo una noche. Ibáñez le dio la razón. Una de las certezas de los pesquisas es que el dúo criminal hizo un pacto de no dejar vivo a ninguna víctima.
No está claro si se alternaban para matar. La Justicia le adjudicó los once asesinatos a Robledo. El dice que Ibáñez y José Somoza -su último cómplice- mataron a todas las víctimas. Entre ellas a Ana María Dinardo y Virginia Eleuteria Rodríguez, que fueron violadas por Ibáñez.
La amistad sufrió el primer golpe el día que Robledo deja abandonado a Ibáñez en una comisaría, después de que fueran detenidos por la Policía porque no tenían los papeles de una moto. Por entonces, Ibáñez buscó acercarse al mundo del espectáculo. Quería ser actor.

Después de un corto distanciamiento, los amigos se reencontraron. Fueron de bares. Robledo notó que su amigo no parecía el mismo: estaba agrandado. Decía que con las mujeres era un ganador y que le ofrecieron participar en el programa Música en libertad, que emitía Canal 9. Tomaba cerveza y cantaba la canción de Los Náufragos que pensaba interpretar en la tevé: "Subite, chiquita, subite. Subite a mi ritmo feroz. Cuidate. Estoy hecho un demonio, y la culpable sos vos".
Robledo sintió que algo se había roto entre él y su amigo. No era lo mismo que antes. Durante la noche, Ibáñez quería planear otro robo. Sabían que todavía no estaban listos para asaltar un banco, que eso podría venir más adelante.
"Tengo en vista un supermercado", le dijo Ibáñez. Pero para él no habría próximo golpe: el 5 de agosto, en la esquina de Cabildo y Quesada, en Núñez, Robledo chocó de frente contra un taxi. Manejaba la camioneta Siam Di Tella de su padre. Ibáñez, que era su acompañante, murió en ese accidente. Tenía 17 años.
Robledo salió corriendo y se llevó los documentos de su amigo. La comisaría 35a de la Policía Federal cerró la causa como accidente. Pero siempre existirán dudas: los familiares de Ibáñez dirán que fue un crimen (el número 12 del Ángel Negro) y que Robledo saltó del auto antes de chocar.
"Lo mató porque era la persona que más podía comprometerlo", dirán."Fue una desgracia. Yo me salvé de milagro", declaró Robledo. Los familiares de Ibáñez nunca le creyeron.
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