
Eugenio Pacelli no era cualquier cardenal cuando desembarcó en el puerto de Buenos Aires. En el Vaticano sobrevolaba la idea de que era el favorito del papa Pío XI quien, decidido a posicionarlo en el tablero del intrincado ajedrez de la Santa Sede, lo envió a diferentes misiones diplomáticas para que se foguease en el delicado arte tan único de la iglesia.
El papa Pío XI admiraba a ese cardenal romano que era su secretario de Estado. Ante la tormenta bélica que las potencias alimentaban, el pontífice vio en su funcionario a la persona ideal para difundir el mensaje de la Iglesia como la única esperanza espiritual y moral en un mundo que pronto se conmocionaría hasta sus raíces. Por eso quiso que lo representase en el XXXII Congreso Eucarístico Internacional que se organizaba en Buenos Aires entre el 9 y el 14 de octubre de 1934.
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El primero se había celebrado en 1881 en la ciudad francesa de Lille y de ahí en adelante se organizaban cada tres o cuatro años, y el último había sido en Dublin en 1932. Su objetivo era el de fijar la orientación de la misión de la Iglesia Católica. Sobre el congreso, el papa Pío XI afirmaría: “Tengo la firme esperanza de que va a superarlos a todos”. No se equivocaría: revelaría el profundo arraigo del catolicismo en nuestro país.
Monseñor Daniel Figueroa fue presidente del comité ejecutivo organizador y desde marzo de 1933 la Iglesia local lo venía preparando, con el envión que le dio la creación, en 1931, de la Acción Católica.
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Eugenio María Giuseppe Giovanni Pacelli había nacido el 2 de marzo de 1876 en Roma en una familia de abogados vinculados a la Santa Sede. En 1929 había sido ungido cardenal y en febrero de 1930 era el secretario de Estado en el Vaticano. Negoció concordatos con algunas naciones, y uno de los más importantes fue el que celebró en 1933 con la Alemania nazi, donde uno de los temas que preocupaba a la Iglesia era la libertad religiosa.
La tesis de John Cornwell, en su libro sobre Pacelli cuando ya era papa, fue que el viaje se preparó de tal manera para que el cardenal tuviese el mayor impacto posible. Zarpó el 24 de septiembre en el Conte Grande, un trasatlántico italiano que desde 1927 cubría la ruta entre Génova y Buenos Aires y que, a lo largo de casi cuarenta viajes, traería miles de inmigrantes.
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La multitud que se congregó en el muelle le brindó una despedida como si se tratase del mismísimo sumo pontífice, con bandas de música y vivas, mientras Pacelli repartía bendiciones a diestra y siniestra.

Su camarote, en popa, incluía dos habitaciones, despacho —con un radioteléfono para tener comunicación directa con el Vaticano— sala de estar y una capilla. Iba acompañado de media docena de obispos, secretarios, dignatarios de distintas órdenes religiosas y un puñado de diplomáticos latinoamericanos.
Durante el viaje, Pacelli nunca se mostró con el resto del pasaje. Cuando el barco atravesó la línea del Ecuador, hecho que tradicionalmente se festeja con una fiesta, el cardenal dispuso oficiar una ceremonia religiosa. Aprovechó el tiempo en alta mar aprendiendo el idioma español.
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Dos semanas después, avistaron Buenos Aires. Agustín P. Justo, presidente desde 1932, salió a recibirlo en el 25 de Mayo, un buque de guerra, que era acompañado por otras embarcaciones.
Se habían echado a volar bandadas de palomas, una escuadrilla aérea sobrevolaba el lugar y centenares de embarcaciones iban a su encuentro. Eran las tres y media de la tarde.

Cuando el mandatario subió a bordo, le manifestó al enviado del Papa: “Su Eminencia, saludo en la personal del legado papal al más importante soberano del mundo, ante cuya autoridad espiritual todos los demás soberanos se postran con veneración”, mientras que el intendente porteño afirmó: “Saludo en Vos al soberano más poderoso de la Tierra”.
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En una carroza especialmente acondicionada, Pacelli y Justo recorrieron las calles hasta la Catedral metropolitana, en medio de una lluvia de flores y fervor religioso.
Se alojó en el Palacio Fernández Anchorena, en avenida Alvear y Montevideo. Había sido mandado a construir por Juan Antonio Fernández y Rosa Irene de Anchorena, que casi no lo ocuparon porque vivían en París. En 1922 se lo alquilaron a Marcelo T. de Alvear mientras ejerció la presidencia y luego fue comprado por Adelia María Harilaos de Olmos, una viuda que había heredado una gran fortuna, miembro de la Sociedad de Beneficencia. Ella era una de las vicepresidentas del congreso. En su testamento, legó la vivienda a la Santa Sede y desde abril de 1952 funciona ahí la Nunciatura. Allí también se alojó Juan Pablo II y desde 2002 es monumento histórico nacional.
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Pacelli, asistido por su secretario padre Restrepo, ocupó las habitaciones del primer piso y los periodistas que se acercaban se sorprendían por el increíble silencio que reinaba a pesar del ir y venir de religiosos y laicos.
La expectativa era mucha. Una semana antes se abrió una muestra de arte religioso en el Museo de Luján, el 8 prestaron juramento constitucional los nuevos arzobispos de La Plata, Córdoba, Santa Fe y San Juan, y se abrirían nuevas iglesias, como fueron los casos de Santiago Apóstol, Corpus Domine, Santísima Cruz y San Juan Bautista.
En el Teatro Colón se daba la ópera Cecilia, dedicada a la vida de Santa Cecilia, una obra cuyo autor era monseñor Licinio Refice.
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Los actos centrales se planearon en el Monumento a La Carta Magna y las Cuatro Regiones Argentinas, popularmente conocido como “de los Españoles”, donde se armó una cruz de 35 metros de alto. Tanto la cruz y el escenario fueron armados de tal manera que tapaban las esculturas desnudas, que son una mujer indígena arrodillada, dos niños aborígenes y otras figuras que rodeaban la fuente. También, en lo alto del edificio Kavanagh, que se había comenzado a construir en abril, se levantó una cruz.
El 10, declarado feriado, fue la apertura del congreso y monseñor Santiago Copello —quien al año siguiente se transformaría en el primer cardenal hispanoamericano— ofició una multitudinaria misa. Ese mismo día, en España, era fusilado el argentino Héctor Vadivielso Sáez, en el marco de la revolución anarquista que había estallado en Asturias. El porteño, identificado con los Hermanos de La Salle, sería canonizado en 1999.
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Los actos congregaron a un millón de personas, que era un número sorprendente, teniendo en cuenta que la población del país era de ocho millones. Viajó gente del interior y de otros países y también había religiosos de todo el mundo.
Se armaron procesiones que vinculaban las plazas de Mayo y del Congreso y la Iglesia del Pilar, en Recoleta.
Todo era fervor: se lucían pines con el escudo del congreso, banderas argentinas y del Vaticano, sellos postales, y hasta los avisos publicitarios incluían referencias al congreso.
El 11, declarado “Día de los Niños”, se impartió la bendición con el Santísimo y se rezó por la paz entre Bolivia y Paraguay, enfrentados en la guerra del Chaco desde 1932. Por la noche hubo una impresionante marcha de antorchas llevadas por hombres. Sacerdotes confesaron y dieron la comunión, hasta el amanecer, en cuatro altares colocados alrededor de la Pirámide de Mayo.
Desde los balcones de la Casa Rosada Pacelli asistió a la misa oficiada por los arzobispos de Montevideo, Santiago de Chile, La Paz y Asunción.
El 12 se celebró la segunda asamblea del congreso, hubo una ceremonia en homenaje a los pueblos hispánicos y el 13 a la Virgen de Luján. Esa tarde se hizo la tercera asamblea, que sería la última.
El 14, “Día del triunfo eucarístico mundial”, se clausuró el congreso. Pacelli ofició misa con homilía pronunciada por él mismo, y se cerraron los actos con la bendición, en directo, pronunciada por Pío XI que recibieron cerca de un millón de personas bajo una lluvia persistente.
Esa tarde, Pacelli se trasladó desde la Iglesia del Pilar a Palermo en un catafalco especial, empujado por decenas de sacerdotes vestidos con sotanas blancas. El cardenal iba arrodillado frente al Santísimo.
En su visita se entrevistó con políticos con los que discutió el panorama local y regional, alterado por la guerra vecina.
En el acto central, en el Monumento a los Españoles, tanto el altar como el trono para Pacelli estaban protegidos por cristales a prueba de balas.
El enviado papal rechazó la invitación de ir al Teatro Colón para asistir a la ópera Cecilia, y lo cambió por un vuelo en aeroplano sobre la ciudad; la tarde siguiente repitió la experiencia pero en un avión militar.
Al partir, hizo una escala en Montevideo para saludar a la gente que estaba en el puerto y luego siguió a Río de Janeiro, donde recibió el tratamiento de jefe de Estado. Visitó el Cristo Redentor y hubo quienes dicen que, ya siendo pontífice, en actos públicos solía colocar sus brazos en forma horizontal, tal como aparece Jesús en la cima del cerro Corcovado. Hizo una escala en Barcelona y el 2 de noviembre, nuevamente en Génova.
El papa Pío XI murió en la madrugada del 10 de febrero de 1939. El cónclave comenzó el 1 de marzo de 1939 y al día siguiente, luego de solo dos votaciones, el mundo ya contaba con nuevo pontífice. Pacelli hacía historia: desde hacía 218 años no se había elegido un representante de Dios nacido en Roma. Durante la Segunda Guerra Mundial se lo acusaría de sostener “un silencio cómplice” e “insensible”, ya que aducían que no mostraba la suficiente compasión con el exterminio a los judíos. Otros sostenían que desconocía lo que ocurría y estaban los partidarios que decían que el Papa evitaba una confrontación más directa con la Alemania nazi porque pensaba que empeoraría las cosas.
Aún estaba fresco el recuerdo de su paso por Buenos Aires, donde todo había sido un renacer de fervor católico.
Fuentes: John Cornwell, El Papa de Hitler. La verdadera historia de Pío XII; Roberto Di Stefano y Loris Zanatta, Historia de la Iglesia Argentina. Desde la Conquista hasta fines del siglo XX; Revista Caras y Caretas
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