
Cuando estuvo cara a cara con Carlos Eduardo Robledo Puch, el psiquiatra forense tuvo una certeza:
–Ya no se parecía a Marilyn Monroe, el encierro lo había transformado –recuerda el perito Osvaldo Raffo.
En 1980 examinó la mente de Robledo Puch, que después de las pericias debía ser juzgado en los Tribunales de San Isidro por haber matado a 11 personas en 1972.
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El llamado Ángel Negro había perdido parte de la belleza que exhibió cuando fue detenido, a los 20 años, el 3 de febrero de 1972. Habían pasado ocho años y la cárcel lo había avejentado. Tenía el pelo corto, más oscuro, la mirada fija y no sonreía. Distinto al joven de rostro angelical y rizos dorados.

Raffo le hizo una serie de test y un largo cuestionario que fue de su infancia a su condición sexual. "Su mímica es amanerada, exagerada y pueril", anotó en su cuaderno.
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Después de dar por terminada la última sesión, Raffo le preguntó:
–Robledo, quiero saber algo. Más por curiosidad que por otra cosa. Pero lo que usted diga no tiene valor judicial.
Robledo lo miró intrigado.
–¿Usted mató a todas esas personas?
Robledo, según Raffo, asintió con la cabeza.
–¿Mató a más de 20?
Robledo volvió a decir que sí con la cabeza.
–¿Por qué los mató?
Robledo nunca llegó a contestar, quizá no pensaba hacerlo. Justo en ese momento entraron los guardias para llevárselo esposado.

Años después, Robledo Puch desmintió esa escena. "Raffo es un psicópata, inventó eso para tener prensa. Jamás le pude haber dicho algo así. Además yo pensaba que me estaban filmando", dijo Robledo.
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En su momento, los detectives tenían pruebas (la más importante, la confesión del acusado) para sostener que Robledo Puch había matado a 11 personas.
Sospechaban que la muerte del cómplice de Robledo, Jorge Ibáñez, ocurrida el 4 de agosto de 1971, no había sido un accidente pero reconocían que les faltaban indicios.
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Además investigaban los crímenes de los serenos Jacinto Novare y Gregorio García, que fueron asesinados en Constitución y en Florida, partido de Vicente López. En Olivos hubo otros dos asesinatos: balearon a una mujer y un luchador de catch de la compañía de Martín Karadagián, que en cada lucha interpretaba a un personaje llamado El hippie, fue fusilado en su auto.
Todos esos casos fueron adjudicados a Robledo, pero por falta de pruebas quedaron impunes. Es decir, si se probaban esos casos las víctimas del Ángel Negro hubiesen ascendido a 16.
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Desde la caída del asesino, cada crimen que ocurría en la zona norte de Buenos Aires era atribuido a Robledo. Incluso la Policía recibió llamadas anónimas que lo acusaban de robos y homicidios no esclarecidos.
"Creo que muchos delincuentes quieren aprovechar todo esto para salvar sus culpas. Quieren ponerle una mancha más al tigre. Robledo ya tiene suficiente con los crímenes que le probamos", dijo uno de los investigadores del caso.
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Cara a cara con el diablo
En 1980, Raffo fue convocado por el fiscal Alberto Segovia para examinar a Robledo Puch. El perito estaba presionado: tenía que demostrar que Robledo no era un esquizofrénico o un alienado, como aseguraba la defensa del acusado, en cuyo caso hubiese debido ser internado en un manicomio. Los familiares de las víctimas se oponían alegando que de allí podría escaparse.
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El fiscal Segovia quería usar el diagnóstico de Raffo para mandar a Robledo a la cárcel de por vida. Hasta ese momento, en las pericias psiquiátricas que le habían hecho, Robledo había hablado poco. Sin demasiados elementos para analizar, los médicos legistas lo definieron como "dueño de una agresividad ingobernable sin sentimientos de culpa".

En su primer encuentro con Robledo, Raffo estuvo impaciente. Lo esperó en una sala de los Tribunales de San Isidro. Era la primera de una serie de 25 reuniones de 5 horas cada una; cuando apareció el asesino, acompañado por dos guardias, Raffo lo notó cambiado. No se parecía al que vio en aquella foto en blanco y negro. Sus rasgos se habían endurecido. Era lógico: 8 años de prisión alcanzan para afear a una persona.
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Robledo ya no tenía el aspecto angelical de antes. Fruncía el entrecejo y hablaba con el dedo índice levantado, como si nunca dejara de estar enojado.
En las primeras charlas Robledo intentó dominar el diálogo. No era un examinado cualquiera: en los últimos años había sido revisado por más de 10 psiquiatras. Se conocía las pericias y los test de memoria, hasta sabía los nombres de los exámenes y para qué servía cada uno. Además estaba exultante porque venía de ganar un torneo de ajedrez en la cárcel de La Plata.

Raffo estaba obsesionado con su paciente: no dejaba de pensar en él, repasaba libros de psiquiatría y había leído el expediente dos veces.
—No vengo a empaquetarlo, vengo a decir la verdad —se presentó Robledo en el primer día de pericias.
–¿Usted es homosexual? —le preguntó Raffo.
–De ninguna manera —respondió Robledo enojado—, eso es un invento. Salí con chicas circunstancialmente. Eran muy lindas. A mi novia la amo, nos íbamos a casar. No le contesté las cartas porque la sigo queriendo y por cobardía nunca le toqué un pelo. Personalmente soy muy posesivo.
–¿A qué edad tuvo su primera relación sexual?
–A los 15 años, durante una de las fugas del hogar paterno. Fue con una chica que conocí en un hotel. Nunca anduve con prostitutas.
–¿Cuál era la frecuencia de las relaciones?
–Unas siete veces por mes. No me lo pedía el cuerpo. Nunca violé a ninguna.

El perito escribió en su libreta: "Niega firmemente la homosexualidad, aunque como interno está alojado en un pabellón que los agrupa".
Por entonces, y eso sí resultaba una aberración, se consideraba a la homosexualidad una desviación.
Cuando pasó a máquina de escribir esta parte de la pericia, Raffo diagnosticó: "En su historia vital, las amistades femeninas son excluyentes, las preponderantes son las masculinas; hay hacia el sexo opuesto, más que frialdad indiferente, una aversión activa. La homosexualidad se presume pero no puede probarse. En cuanto si el encausado tiene desviaciones sexuales, podemos decir que sadismo sí ha existido, y ésta es una forma de desviación sexual, que se manifiesta frecuentemente en la personalidad perversa".
En su pericia, que fue anexada a la causa, no dudó en calificar al asesino como incorregible: lo definió como un psicópata cruel y desalmado. Esa pericia fue decisiva para que Robledo nunca tuviera la posibilidad de salir de la cárcel. Lleva 46 años preso.
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