El edificio donde fue encontrada la anciana en el centro de Mar del Plata.
El edificio donde fue encontrada la anciana en el centro de Mar del Plata.

El hombre corpulento del noveno piso no tenía muchos amigos en el edificio en pleno centro de Mar del Plata, los vecinos le tenían asco y lo despreciaban en voz baja, hablaban entre ellos del olor fétido que salía de su departamento, arrugaban la cara ante su ropa manchada y su pelo ralo, grasiento de no lavarse. Había, por otra parte, cosas peores que ser un sucio. El hombre del noveno piso, S.T sus iniciales, nacido en Santiago del Estero, de poco más de 70 años, dueño de varios departamentos en el edificio por los cuales cobraba rentas, tendría la costumbre acercarse a niños que mendigaban en la calle en las zonas cercanas a la Catedral de Mar del Plata.

No sería un caso de caridad cristiana. El rumor era que los subiría a su departamento para darles un lugar donde bañarse, algo de comida a cambio de sexo, de abusarlos, a niñas y niños solos o acompañados de sus madres. Alguien llamó en febrero de 2017 a la línea 145 del Programa de Asistencia y Rescate a Víctimas de Trata, aseguró que el hombre del noveno piso, los subía "de a uno por vez", la denunciante aseguró que una niña le dijo "que les hacían cosas con la lengua", que les mostraba pornografía a chicos en una vieja videocasetera. La llamada anónima también denunció que en 2012 S.T se habría negado a devolverle a una niño a su madre: la mujer tuvo que ponerse a gritar para tener a su hija de vuelta.

Y después estaba G., la anciana ciega, una mendiga de la plaza.

Los vecinos que reconocían a G. de sus rondas de limosna alrededor de la Catedral se acostumbraron a verla en el portero eléctrico del edificio a la hora del crepúsculo para verla salir al amanecer, la ayudaban a encontrar el botón que hacía sonar el timbre del departamento del hombre corpulento.

A veces olía a pis: S.T la hacía esperar en la calle y la mujer se orinaba encima. Había comenzado a ser vista en el edificio cerca de 2013; los vecinos comentaban que G. y el vecino fétido tenían un cierto arreglo, que él le daba un lugar donde bañarse, algo que comer, a cambio de dinero. Alrededor de 2015 G. fue vista por última vez. Con el tiempo, los olores que venían del departamento del noveno piso fueron cada vez más ácidos, invasivos, mucho peores: se oía la voz de una mujer, quejándose.

El 14 de abril de 2017, la Prefectura Naval ingresó por la fuerza al departamento de S.T, la denuncia hecha a la línea 145 se convirtió en una causa por presunta trata de personas a cargo de la Fiscalía Federal N°1 de Laura Mazzaferri que pidió las intervenciones al teléfono del santiagueño y el rastreo de sus cuentas bancarias. La anciana reapareció: estaba ahí, en un sillón del living del departamento, envuelta en su propia suciedad, con claros signos de demencia senil.

G. solía frecuentar los desayunos de Cáritas en Mar del Plata antes de su vida en el edificio del santiagueño. Los directivos de la organización la recordaban como una mujer regordeta pero los prefectos la encontraron en el sillón hecha piel y huesos, desnutrida. Ya no controlaba su esfínteres, ponerse en pie le era sumamente difícil.

Así y todo, el hombre del noveno piso, de acuerdo a la imputación en su contra, había convertido a la mujer en su esclava, en su alcancía. S.T fue arrestado en el allanamiento por los delitos de trata y reducción a la servidumbre y permanece en un penal federal hasta hoy. La fiscal Mazzaferri lo elevó a juicio la semana pasada.

Los testimonios recolectados por Mazzaferri indicaban que S.T forzaría a la anciana a mendigar en la Catedral, llevándola y trayéndola para quedarse con las monedas que recolectaba. Pero G. tenía dinero a su nombre: cobraba una jubilación mínima y una pensión por viudez cada mes en un banco privado que en abril de 2017 significaban unos 20 mil pesos en conjunto. Había papeles en los cajones que fueron secuestrados por Prefectura: cuatro recibos a nombre de G., así como un certificado de un plazo fijo que le correspondía. S.T figuraba como su apoderado para ir a cobrar desde febrero de 2016 con trámites iniciados dos meses antes, algo que fue ratificado por informes del ANSES.

S.T fue indagado: su relato fue desconexo, poco coherente, aseguraba que le hacía a la anciana un favor. G. fue trasladada al Hogar Municipal de Ancianos, "ceguera" y "deterioro cognitivo" fueron diagnósticos inmediatos. No podía ubicarse a ella misma en tiempo y espacio, desgastada por meses de encierro en el sillón de S.T. Podía comer por sus propios medios, según el informe. Para cualquier otra cosa precisaba ayuda. 

G. habló en el Hogar, declaró ante una especialista de asistencia a víctimas de la Procuración. Aseguró que estaba contenta de ver a Prefectura allanar el departamento "porque le roban a muchos chicos en la calle", que estaba ciega "por una miopía congénita" y que había sido la hija de un hombre rico de Balcarce, que había terminado el secundario, cursado estudios universitarios. Sobre el hombre del noveno piso, "lo nombré apoderado porque tengo mucha plata ahorrada, le doy un poco a él y el resto para mí", aseguró. De inmediato, le pidió a la mujer que le tomaba declaración que le acerque el oído: "Usted no repita esto porque me compromete, me parece que me roba la plata."

G. siguió hablando: afirmó que S.T era "una muy mala persona", que le gritaba, que amenazaba con golpearla, que la comida que le daba "era basura" y que hasta había dejado de comer para limitar su digestión y no tener que defecarse encima, que S.T le pidió tener sexo con ella y que se negó. 

La anciana tenía un apodo, según las investigaciones ordenadas por Mazzaferri, "la dina" o "la ladina". El teléfono de S.T fue intervenido. Hay una escucha de marzo de 2017 en donde el hombre del noveno piso habla con una tal "Olga", en donde S.T habla de "la pendeja esa que mataron, doce años tenía y le hicieron la colita."

"La vieja ladina" aparece claramente en una línea, entre insinuaciones a primera vista pedófilas. El hombre habla al comienzo, aparentemente, de una niña. 

S.T: Le hice lo mismo que le hacía a la hija, los mismos chistes, que le hago el avioncito para que ella coma la comida…

"Olga": Muy bien…

S.T: ¿Sabés lo que es el avioncito, no?

"Olga": Sí…

S.T: ¡No es el doctor, eh! Es el avioncito, bueno, creeme que esta lo quiso comer.

"Olga": Estaría para jugar al doctor.

S.T: Claro, si ahora  los chicos tienen cuatro años y quieren jugar, a todo quieren jugar.

"Olga": ¿Y ahora qué vas a hacer?

"S.T": Una pajita. 

"Olga": ¡Jajaja! ¿No querés que te la haga yo?

S.T: No, la vieja ladina me la hace.

"Olga": Ah, bueno, ¡estás como querés!

Poco después, el hombre del noveno piso remata  la charla con un comentario desagradable: "Si la mano la tiene un poco callosa entonces me la puede joder." El contenido de la escucha disparó una vigilancia directa sobre cada charla del teléfono cinco días antes del allanamiento: fue la primera evidencia de la existencia de G. en la causa. 

Había, por último, otra mujer en el departamento, una supuesta enfermera que habría cuidado a la anciana, madre de tres hijos, que fue encontrada durante el allanamiento con la menor de ellos. La enfermera declaró en la causa como testigo dentro de una cámara Gesell. En su declaración, dijo que su trabajo era "cuidar" a la "abuela" de la que desconocía su nombre, que iba para "cambiarle el pañal tres veces por semana" y que "la abuela y S.T peleaban, la abuela no lo quería, maldecía la hora que lo puso de apoderado", que hasta ella pagaba productos para el cuidado de la anciana de su bolsillo porque el hombre "no le compraba nada." Durante todo el tiempo que trabajó allí, la enfermera creyó que trabajaba "para el PAMI." 

Mazzaferri, por su parte, sospechó un posible abuso de los hijos de la enfermera. La denuncia a la línea 145 contenía el nombre de un niño: se pudo ubicar a su madre, una mendiga de la zona de la Catedral que vivía con toda su familia en un rancho de chapa sin agua, colgados precariamente a la luz, siete hijos en total. El niño y la madre fueron entrevistados, sin signos de una posible trata, lo que llevó a un pedido de falta de mérito.