
La zona ya estaba aterrorizada. Pocos años antes, entre 1971 y 1972, habían tenido lugar los robos y asesinatos del Ángel de la Muerte, Carlos Robledo Puch, en distintas localidades del norte del Gran Buenos Aires.
También por esa época, en 1972, atacó al menos a cinco mujeres un misterioso asesino que los medios de la época apodaron "el Caníbal de San Isidro": luego de violar en descampados a sus víctimas y asesinarlas, el hombre culminaba su aberrante acción de manera atroz: les arrancaba a mordiscones distintas partes del cuerpo.
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Por eso, cuando durante el verano de 1975 comenzó a circular por San Isidro y alrededores el identikit con el rostro de otro presunto asesino de la zona, nadie se sorprendió.
"La policía de la provincia de Buenos Aires solicita al vecindario, en caso de observarse circular por las arterias de la zona a personas cuyas características fisonómicas guarden similitud con la imagen de más arriba, se dé inmediato aviso telefónico a la dependencia más cercana", rezaban los carteles que los vecinos de San Isidro y alrededores podían encontrarse en paradas de colectivo, plazas y lugares públicos.
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El objetivo: dar con el paradero de un asesino serial que con el tiempo sería identificado como Francisco Laureana y que, aunque en la historia criminal argentina pasa casi inadvertido, violó y terminó con la vida de alrededor de 15 mujeres y niñas.
Mucho más que otros personajes tristemente célebres y con frecuencia recordados por el folclore policial como Cayetano Santos Godino, más conocido como El Petiso Orejudo o el propio Robledo Puch.
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El asesino puntual
Según reveló en una entrevista con el diario Perfil en 2007 el forense Osvaldo Raffo, quien investigó a Laureana poco tiempo después de sus crímenes, el homicida elegía por lo general a sus víctimas mientras ellas disfrutaban del sol alrededor de las piscinas de los fastuosos chalets de la zona, en jardines y hasta plazas. Siempre mujeres y niñas.

"El predador acechaba desde afuera y daba el zarpazo ante el menor descuido. Atacaba los miércoles y jueves a las 18. Como todo serial, vivía una etapa de enfriamiento entre cada crimen", afirmó Raffo, quien luego de estudiar el caso en profundidad, también detectó que Laureana se quedaba con "souvenirs" de sus víctimas, por lo general cadenitas y pulseras, que fueron encontradas en su vivienda.
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Según pudieron reconstruir los investigadores, el llamado "sátiro de San Isidro" se movía en un viejo Fiat, desde donde observaba a sus potenciales víctimas.
Ágil, de cuerpo imponente pero manos pequeñas, se desempeñaba como artesano y se especializaba en tallar figuras de madera que después vendía por la calle. Había llegado hasta San Isidro en 1974, luego de viajar desde su Corrientes natal.
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Tiempo después se supo que allí, mientras cursaba sus estudios en un colegio religioso, había intentado violar y ahorcar a una monja colgándola desde un techo con una soga.
Entre 1974 y 1975, el criminal habría asesinado, violado y atacado al menos a 15 mujeres y niñas. Por lo general las víctimas presentaban signos de haber sido estranguladas. Otras fueron baleadas con un revólver calibre 32.
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Los crímenes se multiplicaban y la policía no lograba dar con asesino, porque él siempre lograba huir.

Llegaron incluso a colocarle anzuelos para ver si Laureana se veía tentado: policías con peluca se quedaban por la zona tomando sol cerca de piletas de la zona. Pero nunca cayó en la trampa.
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Hasta que en una oportunidad, mientras el criminal escapaba tras cometer uno de sus ataques, un hombre se cruzó con él. Cuando el delincuente lo vio, comenzó a dispararle. Pero el hombre, que se convirtió en un testigo clave, salió ileso y de inmediato alertó a los investigadores. Su descripción fue clave para que se confeccionara el identikit del sospechoso.
"Jamás olvidaría ese rostro y esa mirada", aseguró el testigo a los peritos que dibujaron al criminal que otra vez se había dado a la fuga.
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El final
Con toda la zona empapelada con el rostro del sospechoso, el 27 de febrero de 1975 fue el último día para Laureana.
"Una mujer domiciliada en (la calle) Tomkinson observó en actitud sospechosa detrás de un alambrado a un individuo joven que vestía de sport. El sospechoso había entrado por un camino, propiedad de la mujer, que colinda con una mansión en cuya pileta de natación había mujeres y niñas bañándose", reconstruyó la revista policial Así en su edición del 4 de marzo de 1975. La mujer decidió llamar a la seccional primera de San Isidro y una patrulla fue en búsqueda del sospechoso.

"Minutos después lo ubicaron en la calle Don Bosco. Lo que ocurrió después fue desconcertante. El individuo, cuando se le dio la orden de detenerse e identificarse, casi sorprende a la patrulla policial, porque en vez de sacar la cédula extrajo un revólver con el que hizo dos disparos que casi alcanzan al sargento Ledesma. Hubo un momento de confusión que el desconocido aprovechó para fugar. Se internó saltando los cercos por los parques de las mansiones", detalló Así.
El prófugo llegó entonces a una casa ubicada en Esnaola 666 a la que lo vieron ingresar los efectivos policiales.
Según relató el cuidador de ese domicilio a los medios de la época, la policía entró al lugar pero no consiguió dar con el sospechoso. Hasta que fue la perra de la vivienda, de nombre Rina, quien encontró al delincuente dentro de un depósito ubicado al fondo de los jardines, donde se guardaban trastos, víveres y algunas gallinas.
Los oficiales ingresaron al lugar y le dispararon. Laureana fue acribillado, por lo que nunca se pudo determinar de manera fehaciente la cantidad de delitos que cometió ni llegó a confesar sus crímenes.
"Con el auxilio de un perro y luego de dos tiroteos, matan en San Isidro al sátiro que en sus fechorías nocturnas asesinó a 15 mujeres en seis meses", fue el título de la nota que publicó el diario La Nación por entonces que anunciaba la muerte de Laureana, hace 43 años.
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