Adriana Belmonte y Diego Chomnalez (Martín Rosenzveig)
Adriana Belmonte y Diego Chomnalez (Martín Rosenzveig)

"¿Alguna vez el destino hizo que un hombre llevara carga más pesada que la mía?". Sinbad el cargador, Las Mil y Una Noches.

Durante mucho tiempo, mientras dormía, Adriana Belmonte creía escuchar que el teléfono sonaba en medio de la madrugada. El aullido la expulsaba de la cama y la atraía al aparato y un instante antes de atender la realidad le mostraba la pesadilla, ella se daba cuenta de que todo eso ocurría en su cabeza, que el teléfono había estado en silencio y que Lola Luna no iba a hablar del otro lado de la línea. Un edificio de tristeza se le caía encima todas las noches y siempre, cada vez, sus gritos de angustia cortaban el silencio nocturno de la cuadra de Caballito donde vio irse a su hija de 15 años por última vez.

"No se nos pasó el dolor, se nos pasó el sufrir", cuenta a Infobae Belmonte cuando recuerda aquellas madrugadas espantosas. Mil y una noches después del 28 de diciembre de 2014, el día que encontraron asesinada a Lola Luna Chomnalez en una duna del pueblo uruguayo Barra de Valizas, ella y también Diego, el papá de la adolescente, aceptan que pasaron a otra etapa en el proceso interminable de asumir la ausencia. Alcanzaron una nueva manera de estar con Lola a través del recuerdo de lo bueno, de las bellas fotos colgadas en toda la casa, de las anécdotas que recuerdan a su hija y sobre todo, de la búsqueda activa por la verdad.

Pasaron casi tres años, más de 15 sospechosos apresados y luego liberados y la causa sigue flotando en aguas impunes. Para entrar en una nueva fase de la vida sin Lola, los padres necesitan saber quién la mató. Ahora pueden. "Estábamos bastante enfermos y salimos, flotamos, y estamos concentrados en eso ahora. La causa misma nos llevó, no se soluciona y eso nos puso las pilas. Y la salud mental complicada nos obligó a revertir la situación. Tenemos que estar más despiertos para encarar la vida", asume Diego.

(Martín Rosenzveig)
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La luz de la tarde entra en la cocina de la casa de los Chomnalez. Ilumina la cara de Adriana y la de Lola que sonríe en una foto apoyada en el centro de la mesa (en toda la casa está Lola), sostenida por un ramo de flores blancas. El gato de la familia da unas vueltas alrededor de la imagen de la nena, la roza con su lomo y se acuesta enroscado al lado, anaranjado por el sol. Diego prepara café. Tiene una remera con la cara de su hija estampada. Detrás de la tela blanca hay un corazón herido. El año pasado le estiraron la vida con un stent, tras un ataque una noche -también- de diciembre.

La casa ahora parece un ambiente distinto al que fue meses atrás, cuando ellos eran capaces de decir que se sentían "50 y 70 kilos de tristeza"Diego y Adriana cuentan que, a pesar de la distancia, se pusieron "la causa al hombro".

"Yo sentía que éramos tristeza. Y ahora lo podemos ver desde afuera. Lo revertimos. El cambio se origina pensando en lo que era Lola. Ella era toda alegría. Era una alegre feroz. Era como una catarata de contentura. Y no puedo quedarme con la visión de que está muerta", dice su papá.

(Martín Rosenzveig)
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Es un expediente complejo. Tanto, que ellos no accedieron al documento aunque ya pasaron tres años. Y si bien tuvieron reuniones con la jueza Sahiana Sena y la fiscal Patricia Sosa, no saben qué hipótesis maneja la Justicia uruguaya, qué pistas tiene y por qué los investigadores no hallaron una muestra coincidente del ADN que encontraron en la toalla que tenía Lola cuando fue asesinada.

El instinto de padres, y tantos años de pensar en una sola cosa, les hacen creer que el asesino de Lola sigue en Valizas, un pueblito de pescadores y hippies a dos horas de Montevideo. Y que se mantiene impune, por impericia o complicidad policial. "Fue alguien del pueblo, el asesino está en Valizas", lanzan y repiten Adriana y Diego.

Los padres de Lola sienten que Sena y Sosa están "más conectadas con la causa" pero no saben si creen en la misma hipótesis que ellos; su sospecha está puesta en Ricardo Giamberini, el artesano y pescador que salió a buscar junto a sus hijos a Lola y la encontró muerta bajo la sombra de una acacia, en un páramo entre su casa (el último rancho de Valizas) y el pueblo vecino Aguas Dulces. El dice que llegó siguiendo huellas. Los padres no terminan de creerle.

(NA)
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Lola fue vista por última vez el mediodía del 26 de diciembre. Su madrina Claudia Fernández, el marido de ella, Hernán Tuzinkevich, y su hijo adolescente almorzaron junto a ella en el rancho que habían alquilado en Valizas. Se fueron a dormir la siesta y se cree que Chomnalez salió a caminar por la playa desierta, hacia Aguas Dulces, un paseo típico para todos los turistas "valizeros". Nunca volvió. Esa noche la madrina hizo la denuncia, pero el cuerpo apareció dos días más tarde. Estaba semi enterrado bajo una acacia. La autopsia reveló que murió asfixiada por la arena. Tenía marcas de cuchillo sin filo en el cuello.

Quizás, creen sus padres, no fue menos un paseo que un encuentro con alguno de los adolescentes que había conocido la noche anterior, durante un toque de tambores. Entre ellos estaba el hijo mayor de Giamberini.

La Justicia no halló pruebas contra el pescador y artesano pero los Chomnalez sospechan porque meses después del crimen, el hombre fue procesado después de que la Policía le encontrara en el fondo de su casa 75 plantas de marihuana (en Uruguay su cultivo es legal pero el máximo permitido son seis macetas). "El tipo es obvio que vendía porro y si lo hacía lo más probable es que contara con la connivencia policial. Eso no nos cierra", asegura Diego, quien de todos modos no descarta otras posibilidades, como que haya sido un habitante de Aguas Dulces.

Si Lola fue a comprar cannabis al hijo de Giamberini es una hipótesis que, al menos públicamente, podría correr por la cabeza de los papás de la víctima. No se sabe si en la causa hay pruebas del móvil ni información sobre a dónde fue Lola en la hora de la siesta. Sí que llevaba un su mochila un libro de Julio Cortázar y 2.500 pesos uruguayos que nunca aparecieron.

(Martín Rosenzveig)
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El hijo de Tuzinkevich le dijo a la perito psicológica de la causa que Lola no les daría bola a los chicos valizeros, entre los que estaba el hijo de Giamberini. Adriana supone que tal vez eso atrajo más a los jóvenes varones. El cuerpo de Lola no presentó en la autopsia signos de defensa ni de abuso sexual. Por eso Diego cree que la chica conocía a su asesino. "Lola hacía acrobacia, era una chica fuerte", aclara. Semanas atrás los papás de la víctima pidieron nuevas pericias psicológicas a la familia Giamberini y a los Tuzinkevich.

Un dolor lateral acompaña a los papás de Lola y es la actitud que, dicen, tuvieron Fernández y Tuzinkevich tras el crimen. "Fueron 25 años de amistad, que te hacen preguntarte qué no viste durante todo ese tiempo", admite Adriana. "Llamaron una sola vez, 22 meses después del crimen, y fue para cuidar su espalda, por no usar otra palabra más acorde. Si alguien no tiene algo malo adentro te llama y te dice algo, te ayuda. A nosotros nunca se nos ocurrió decir que eran los asesinos", agrega la mamá de Lola.

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El ataque cardíaco llegó a Diego Chomnalez días antes de que él y Adriana viajaran por primera vez a Valizas después de haber estado mientras buscaban el cuerpo. Diego tenía la imagen recurrente de su hija muerta. "El primer año y medio se me estallaba la cabeza. Todo el tiempo lloraba, no sabía para dónde arrancar para ayudar en el caso. Estaba en una situación extrema", admite el papá de Lola Luna.

El y Adriana empezaron terapia con una misma persona pero en sesiones separadas y aseguran que los ayudó mucho a cambiar la postura respecto del dolor. "Yo estoy en conversión y desde el lado de la fe considero que vamos a encontrar al asesino. Y si no, él ya está viviendo un infierno", cuenta Diego.

Belmonte se refugió en tres actividades silenciosas: la lectura, la respiración y la meditación, que practica todos los días. "Me noto más conectada con la causa desde este año. El escritor Julian Barnes dice que el duelo es como el ombligo, es algo en el ego. No es ni más ni menos doloroso que eso. A Diego le afectó de manera totalmente distinta que a mí, pero a los dos nos afectó", relata Adriana.

(Martín Rosenzveig)
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Ahora que algunas heridas cicatrizaron, que son marcas gruesas pero ya no hay carne viva, los papás de Lola tienen ganas de regresar a Valizas. Creen que estar ahí los puede ayudar a entender, desde cierta distancia emocional, qué pasó. "A mí me da miedo Valizas. Pero estos días pensando y meditando dije 'voy a volver'. Quiero ir, voy a ir, voy a caer, pero me da un poco de miedo. Quiero ir, ver, creo que ellos, los que viven ahí, saben. Y por ahí les pregunto. Me gustaría ir y preguntar. Es una comunidad chiquita", desafía Adriana.

La obsesión es pasar el umbral de la incertidumbre. Lo resume el papá de Lola, con entereza y sin emoción: "Llegar a saber eso sería un alivio. Lo pensamos todo el tiempo. A veces no se puede estar, no se puede vivir con no saber quién fue. Es el mayor demonio que tenemos en la cabeza. Es la oscuridad".

A diferencia de otro tiempo no demasiado lejano, Belmonte y Chomnalez pueden hablar de su tragedia sin sumergirse en lo peor de sus sentimientos. La mamá de Lola Luna tiene una explicación. "La víctima es Lola, no soy yo. Es ella. Nosotros somos los padres y acompañamos. Acá la que se llevó lo peor es Lola", reflexiona Adriana.

(Martín Rosenzveig)
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La luz del sol ya no estalla contra su cara. Pero todavía se ve a dónde apuntan sus ojos. La foto que ocupa el centro de la mesa. Belmonte la agarra y acaricia la cara de su hija, y dice, como si estuviera hablándose a sí misma, como si fuera un mantra sanador, un rebusque para el gobierno de su paz interior. "Yo soy Adriana, su madre y ella es mi hija. La víctima es ella. El duelo es algo en el ombligo, es el ego".