
A las nueve y media de la mañana del lunes 10 de septiembre de 1990, dos obreros de Vialidad Nacional encontraron, a siete kilómetros de Catamarca capital, sobre la ruta 38, la máscara del horror.
Un cuerpo de mujer violado, quemado con cigarrillos, sin orejas y un ojo, la mandíbula fracturada, aplastado su cráneo, sin cuero cabelludo, y arrancado de cuajo.
Su padre apenas pudo reconocerlo por una pequeña cicatriz en la muñeca izquierda. Y por si poco fuera, la autopsia probó que la muerte se debió a un paro cardíaco causado por una sobredosis de cocaína.
Ella, esa frágil muñeca despedazada con saña digna de un perverso asesino serial, era María Soledad Morales, 17 años, nacida en Valle Viejo, Catamarca –uno de los tantos feudos políticos y corruptos del Norte, el Este y el Noroeste–, y alumna de quinto año de un colegio religioso.

Sus padres, Elías y Ada Morales, vivían en una modesta casa de las cercanías. Una corajuda monja, Martha Pelloni, lideró incansables marchas de protesta que, con el tiempo, se multiplicaron en otras provincias, hasta llevar el caso al ámbito nacional.
Más temprano que tarde, el crimen apuntó a los llamados Hijos del Poder, que en la fiesta de un boliche de oscura fama la convirtieron en el cordero sacrificial del alcohol y la droga, moneda corriente en ese pudridero humano.
La investigación fue una farsa, incluida la intervención a la provincia decretada por el entonces presidente Carlos Menem. Sin embargo, gota a gota por presión de las marchas y del periodismo, se armó –en parte– el funesto rompecabezas, a pesar de que el jefe de Policía ordenó de inmediato borrar todas las huellas incriminatorias.
María Soledad fue llevada hasta ese antro con engaños, y los nombres de los presuntos asesinos quedaron bajo la luz: Guillermo Luque, hijo del diputado nacional Ángel Luque, Pablo y Diego Jalil, sobrinos del intendente José Jali, y Luis Tula, novio de la víctima.

El diputado llegó a decir "Si mi hijo la hubiera matado, el cadáver nunca habría aparecido". Esa miserable declaración de poder absoluto e impunidad le costó la expulsión de su cargo. Pero fue una nimiedad frente a la conspiración de silencio que tejieron el gobierno local, la policía y la justicia…
Recién el 27 de septiembre de 1998 –¡ocho años más tarde!– Guillermo Luque fue condenado a 21 años de cárcel por asesinato y violación, y Luis Tula a 9 como partícipe secundario de violación.
A lo largo de ese vergonzante período, y cuando la memoria de María Soledad era apenas un rústico templete en el lugar donde quedó su cuerpo, cubierto de estampas religiosas y flores marchitas que cada tanto alguien renovaba, decenas de periodistas porteños vivieron, literalmente, en Catamarca.

Tanto, que algunos se divorciaron y otros encontraron nueva pareja…
Extrañamente, porque una de mis vocaciones y especialidades fueron los casos policiales, me tocó ir a Catamarca por primera vez un día antes del juicio.
Ese día, por la mañana, llovió a baldazos, como si el dios de las tormentas hubiera querido barrer tanta mugre moral.
Al caer la tarde salí del hotel, enmarcado por montañas, y caminé alrededor de la plaza principal pensando –obsesivo– en las primeras líneas de esa historia. En cómo empezar mi crónica sobre hechos que sólo seguí por la prensa.

De pronto, al pie de la catedral, sobre la vereda todavía empapada y al pie de la escalinata bordó que llevaba al templo, me sorprendió un enjambre de insectos. Miles que, con gran esfuerzo para sus minúsculas patas, trepaban por los escalones y volvían a caer. Una y otra vez. Una y otra vez. Hasta que una de ellas –la única– derrotó al último peldaño y avanzó hacia el abierto portón. Pero a punto de entrar, un feligrés que salía, sin verla, la aplastó. Tuve entonces la metáfora perfecta. La triste iluminación.
En el feudo catamarqueño de los Saadi, las chicas como María Soledad, pobres y en el último tramo de la pirámide social, sólo podían ascender como aquellas juanitas –el nombre popular de esos bichos–, pero pagando el intento con su fracaso, y a veces, con su vida.
Tenía las primeras líneas de mi crónica, pero como una victoria pírrica…

La última visión de mi viaje fue Luque entrando a la cárcel –en la que pasaría apenas 14 de los 21 años– cargando sobre sus espaldas un celeste bidón de agua mineral: privilegio de condenado VIP. Cargando el bidón como una cruz, pero no por la misma razón que el Nazareno camino al Gólgota y hacia la crucifixión.

Post scriptum: mucho antes, el 10 de abril de 1972, llegué a Rosario en avión muy poco después del asesinato del general Juan Carlos Sánchez, ametrallado por un guerrillero del ERP desde una moto.
El cadáver ya no estaba, pero sí su auto, con los vidrios destrozados por la lluvia de balas. Y junto al cordón de la vereda, un gran charco de sangre todavía no coagulada del todo, en cuyo centro agonizaba una abeja, atrapada en esa roja prisión. La primera metáfora de una simetría repetida en Catamarca. La mínima pero clara visión de los horrendos años por venir.
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