
No tenía el physique du rôle del típico cantor de tangos. De hecho, en el imaginario colectivo, había quedado grabada la imagen de Carlos Gardel, a quien por algo habían apodado El Morocho del Abasto. Él, en cambio, era de tez blanca y cabello rubio algo rojizo. Y quizá, lo podían imaginar entonando alguna balada italiana como Doménico Modugno. O algún tema del cancionero americano, al estilo Frank Sinatra. ¿Pero tango? Tango no. Por eso, cuando en sus comienzos Roberto Goyeneche se paraba sobre el escenario para mostrar su arte, muchos lo miraban raro.
Pero el efecto duraba poco. Apenas abría su boca y dejaba salir esa voz áspera producto de una “garganta con arena”, tal como lo describió Cacho Castaña en la composición que le dedicó, todo cambiaba. Pero no porque su instrumento vocal fuera excepcional, sino porque con su fraseo lograba hacer sentir, de verdad, la letra de cada tango que decidía entonar. Y así era como este hombre de aspecto nórdico, terminaba conmoviendo hasta las entrañas a los más fieles amantes de la música del Río de la Plata.
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Claro que su aspecto seguía sin corresponderse, según los prejuicios de la época, al género que él hacía. Y por eso, allá por los años ‘50, cuando ambos cantaban en la orquesta de Horacio Salgán, el gran intérprete Ángel Paya Díaz decidió rebautizarlo como El Polaco. Desde entonces, fue conocido como El Polaco Goyeneche. Y, finalmente, se convirtió en un verdadero emblema del 2 x 4.

“¿Dónde aprendió a interpretar los tangos?”, le preguntó una vez Antonio Carrizo para su programa, La vida y el canto, de Radio Rivadavia. ”Aprendí de la vida, de la calle y de la noche... de todos esos lugares donde siempre fui punto, nunca banca”, respondió el Polaco.
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Había nacido el 29 de enero de 1926 en el barrio porteño de Saavedra, como descendiente de una familia de vascos, y cursó sus estudios primarios en la escuela Juan Bautista Alberdi. Su papá era tapicero y pianista, pero falleció el 14 de abril de 1931 cuando él todavía era un niño. Aunque su madre siempre contó con la ayuda económica de sus tíos, Goyeneche tuvo que empezar a trabajar siendo un adolescente para poder ayudar en la casa.
Fue taxista, colectivero y mecánico. Y soñaba con ser futbolista. Pero la música le ganó la pulseada a los potreros cuando, en 1944, se presentó en un concurso de voces del Club Federal Argentino y empezó a hacer sus primeras presentaciones junto a la orquesta de Raúl Kaplún. Al tiempo debutó en Radio Belgrano y, en 1946, grabó Celedonio, su primer tema. Su carrera siguió junto a Salgán, a quien se unió en 1952. En 1956, pasó a formar parte de la orquesta de Aníbal Troilo, quien lo alentó para que comenzara su etapa como solista.
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Era un bohemio de ley. De esos a los que el amanecer los encuentra siempre rodeado de amigos junto a una mesa de café, después de una larga noche de cabarets, música y discusiones. Luisa Mireda, que lo conoció en el club El Tábano, siempre lo supo. Pero el amor fue más fuerte y se casó con él en 1948. Ella fue la madre de sus dos hijos, Jorge Luis y Robledo. Y se convirtió, de alguna manera, en su contención. Nunca pudo alejarlo de la noche. Pero, gracias a algún que otro reto de los que hasta sus compañeros de orquesta eran testigos, pudo hacer que siempre se mantuviera en su camino.
El Polaco trabajó con Armando Pontier, Ernesto Baffa, Osvaldo Berlingieri y Raúl Garello, con quienes grabó temas emblemáticos como Sur o Como dos extraños. Luego debutó como actor en El derecho a la felicidad (1968), de Carlos Rinaldi, participó del musical El canto cuenta su historia (1976), de Fernando Ayala y Héctor Olivera, y tuvo un rol destacado en la película Sur (1987), de Pino Solanas. En 1982, se unió a Astor Piazzolla para ofrecer un recital en el Teatro Regina, llamado Piazzolla-Goyeneche en vivo, lo que marcó un verdadero hito.
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Pero eso no fue todo. Así como demostró que para cantar tango no había que tener un look específico, dejó en claro que la música ciudadana podía convivir con cualquier otro género. Grabó con intérpretes tan disímiles como Mercedes Sosa o el español Dyango, de quien terminó haciéndose íntimo amigo. Y abrazó al rock nacional uniéndose a artistas como Litto Nebbia, Fito Páez, Charly García y Andrés Calamaro, quienes a su vez le abrieron las puertas al tango gracias a él.

Tenía 67 años cuando, a fines del ‘93, su amigo Cacho Castaña entró a su camarín en el Teatro Alvear después de una presentación tarareando las estrofas del tema que había compuesto en su honor. “Ya ves, el día no amanece. Polaco Goyeneche, cantame un tango más. Ya ves, la noche se hace larga. Tu vida tiene un karma, cantar, siempre cantar... Tu voz, que al tango lo emociona, diciendo el punto y coma que nadie le cantó. Con tu voz, con duendes y fantasmas, respira con el asma de un viejo bandoneón”, rezaba la letra.
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El Polaco lo miró emocionado y le retrucó: “¡Che, pero todavía estoy vivo!”. De alguna manera, sabía que lo que buscaba Castaña era rendirle una suerte de homenaje. Y le dio su bendición. Pero puso como condición que fuera Adriana Varela, la cantante que él le había robado al rock para iniciarla en el tango a principios de los ‘90, la que cantara el tema por primera vez. Y así fue. La Gata, como la apodó tiempo más tarde Cacho, lo grabó en 1994. Y meses después, exactamente el 27 de agosto de ese año, el cantor que había servido como inspiración para ese legendario tango, murió.
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