
Ese llamado al teléfono que se repetía todos los días cuando el reloj marcaba las 20 horas de Londres, era lo único que le daba sentido a su vida. Eso, y los discos que escuchaba una y otra vez. Ava Gardner se había refugiado en su casa de Westminster a pasar sus últimos años sola. Y esa voz, que se escuchaba tanto del otro lado de la línea como en el gramófono, era ni más ni menos que la del gran amor de su vida: Frank Sinatra.
Para entonces, ya nada quedaba de la diva que había llegado a ser. En su juventud, la habían apodado “el animal más hermoso del mundo”, haciendo alusión a su impactante belleza. Y, en tiempos en los que las mujeres no se permitían vivir libremente su sexualidad, se había dado el gusto de disfrutar de más de un amorío. Sin embargo, para cuando murió, el 25 de enero de 1990, todo aquello no era más que un recuerdo lejano para esta mujer de mirada penetrante. Lo único que le quedaba era el aliciente de saber que ese hombre por el que había sentido y llorado tanto, no la había olvidado.
Lo había conocido en 1949. Pero, para entonces, Frank seguía casado con Nancy Barbato, la madre de sus hijos. Así que el romance comenzó en la clandestinidad. Y fue recién en 1951 que el cantante se decidió a pedirle el divorcio a su esposa para casarse con Ava. Pero hay quienes dicen que lo que empieza con una infidelidad, termina con otra. Y así fue. La relación estuvo teñida por los celos, las peleas y las reconciliaciones, que en general tenían que ver con las supuestas aventuras extra matrimoniales del cantante o las sospechas de él frente a los deslices de su mujer. Y, finalmente, en 1957 la historia se terminó. Aunque no el amor.
Sinatra no había sido el primer hombre en la vida de Gardner. Ni tampoco sería el último. Pero en los oídos de la actriz siempre siguieron resonando las estrofas de I’m a Fool To Want You, el tema que Frank había escrito en honor a ella junto a Jack Wolf y Joel Herron y que decía: “Soy un tonto por desearte. Soy un tonto por desearte. Por desear un amor que no puede ser verdad. Un amor que también está ahí para los demás. Soy un tonto por abrazarte. Demasiado tonto por sostenerte. Por buscar un beso que no es solo mío. Por compartir un beso que el diablo ha conocido”.
Ava Lavinia Gardner, tal su nombre completo, había nacido la noche del 24 de diciembre de 1922 en el seno de una familia pobre de Carolina del Norte. Era la sexta hija de Jonas y Molly, un matrimonio de campesinos que se dedicaban a sembrar algodón y tabaco, a los que lo poco que ganaban apenas les alcazaba para alimentar a su familia. Y, desde que sus padres perdieron su propiedad, no tuvo más remedio que deambular junto a ellos por distintas localidades de los Estados Unidos, tratando de buscar la manera de sobrevivir.
Aquella niña desvalida, sin embargo, se convirtió en una mujer físicamente imponente. Y era imposible que pasara inadvertida. A tal punto que, cuando tenía apenas 18 años, un cazatalentos de la Metro Goldwyn Mayer llamado Barnard “Barney” Duhan puso sus ojos en ella. El hombre había visto un retrato que el cuñado de Ava, que era fotógrafo, había decidido exponer en una galería de la Quinta Avenida. Y, de inmediato, le dio su boleto a Hollywood, seguro de que su rostro tenía que ser admirado en las pantallas grandes del mundo entero.
A lo largo de su carrera participó en unas 50 películas. Su primera aparición fue con un personaje secundario en Joe Smith American (1942). Y, tras algunos años trabajando en producciones de bajo presupuesto, desembarcó en el cine de oro con Whistle Stop (1946) y The Killers (1946). Y se convirtió en una de las favoritas de los directores, participando en films como Pandora y el holandés errante (1951), Las nieves del Kilimanjaro (1952), Mogambo (1953), La condesa descalza (1954), 55 días en Pekín (1963) y La noche de la iguana (1964).
Claro que, a las revistas del corazón de la época, les importaba más indagar en su vertiginosa vida sentimental que en su carrera. El primer hombre en aparecer en escena fue Mickey Rooney, con quien se casó el 10 de enero de 1942. Pero el matrimonio duró unos cuantos meses y ella lo olvidó de un día para el otro, sin hacerse ningún cuestionamiento. En 1945, en tanto, Ava contrajo enlace con el músico Artie Shaw, el “rey del clarinete”, pero al año siguiente llegó la separación. Y a ella tampoco le importó. De hecho, como era lógico, luego de eso tuvo muchos pretendientes. Pero ella no parecía estar dispuesta a enamorarse de nadie. Hasta que apareció Frank.

Tras seis años de un tortuoso matrimonio que sirvió de comidilla para la prensa, Gardner y Sinatra le pusieron fin a su relación. Y ella, con el corazón roto, se instaló en España, donde buscó consuelo en los brazos de varios toreros, como Mario Cabré y Luis Miguel Dominguín, ninguno de los cuales pudo volver a romper la coraza que ella misma se había impuesto. Hubo otros nombres importantes, como Burt Lancaster, Clark Gable, Robert Taylor, Gregory Peck y Robert Mitchum, entre otros. Pero, no por nada, hasta el final de sus días Ava siguió pensando en Frank.
De hecho, cuentan que a pesar de estar casado con su cuarta esposa, Bárbara Marx, cuando en 1986 ella sufrió el primero de varios ACV, Sinatra fue quien se ocupó de pagar los gastos de su traslado y tratamiento en los Estados Unidos. Y que, desde entonces, todos los días cuando el reloj marcaba las 20 horas de Inglaterra, la llamaba desde Nueva York para darle las buenas noches. Hasta que, con 67 años de edad, Ava falleció como producto de una neumonía. Y la historia de amor entre ellos quedó grabada en el imaginario colectivo como un cuento sin final feliz.
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