Cuando le preguntaban cuál era su lugar el en el mundo, contestaba: “No sé por qué, pero Buenos Aires”. Alberto Manuel Rodríguez Gallego González de Mendoza -o simplemente Alberto de Mendoza- nació el 21 de enero de 1923 en el barrio de Belgrano. Y tuvo una infancia marcada por la tragedia.
A los cinco años quedó huérfano. Y nadie imaginaba, por entonces, que ese niño de mirada triste se convertiría con el tiempo en una estrella del cine. Ni que sería ovacionado tanto en la Argentina, su tierra natal, como en España, la patria de sus padres a la que se vio obligado a viajar por causas de fuerza mayor. Pero así fue. Y cuando falleció, el 12 de diciembre de 2011 a los 88, contaba con más de 100 películas en su haber y el reconocimiento del mundo entero.
Hijo de un andaluz y una vasca, cuando se quedó solo no tuvo más remedio que viajar a Madrid para quedar al cuidado de su abuela Isidra. Ella se encargó de criarlo mientras él comenzaba a descubrir su vocación, frecuentando las salas del Cine Argüelles y colándose para ver las zarzuelas en el Teatro Lara. Pero eran tiempos difíciles para el Viejo Continente. Y, en 1939, volvió a recibir un duro golpe. “Mi nona murió a poco de empezar la Guerra Civil, donde perdimos todo. Fue ahí cuando empecé a laburar y a conocer la calle. A los 15 años empecé a gastar suelas”, recordaba Alberto.
Así fue como De Mendoza volvió a subirse a un buque, el Tucumán, que lo trajo de regreso al Río de la Plata junto a un grupo de refugiados que huían de los bombardeos. “Entre ellos estaba Carlos Cajaravilla, un actor, bailarín y galán uruguayo. Yo lo observaba cómo ensayaba, cómo zapateaba. Ahí me entró el bichito. Comencé como bailarín y, a partir de ahí, mi vida se fue dando arriba de los escenarios”, contó sobre sus inicios.

Claro que al principio no le resultó fácil. Empezó trabajando en un cabaret llamado El Avión, que quedaba sobre Paseo Colón, en el que le pagaban “un sandwich de mortadela y diez pesos” por bailar. Después empezó a tomar clases “en serio”, terminó como comparsa en el Teatro Colón y, gracias a su fuerza física, logró convertirse en un buen partenaire. Pero lo que más le interesaba era la actuación. Y contaba con una ventaja: era un hombre muy atractivo y las mujeres suspiraban por él.
“De joven era flaco, tenía pelo, era versero como buen hijo de andaluz, conocía la calle. Si vos medís 1,82m es más fácil ser ganador, aunque son siempre las minas las que eligen”, comentaba sobre sus tiempos de galán. Participó como extra en películas como …Y mañana serán hombres (1939) y El viejo Hucha (1942). Luego se destacó en Su mejor alumno (1944). E intervino en otros clásicos del cine argentino como El retrato (1947), Historia de una mala mujer (1948), Don Juan Tenorio (1949) y Marihuana (1950). Pero, sin lugar a dudas, su consagración llegó de la mano de Filomena Marturano (1950).
Dicen las malas lenguas que, por entonces, llegó a enamorar a la mismísima Tita Merello, que acababa de terminar su tormentoso noviazgo con Luis Sandrini. Pero la actriz y cantante, que encarnaba a su madre tanto en la versión teatral como en la película basada en el el libro de Eduardo De Filippo, le llevaba demasiados años como para poder romper con los prejuicios de la época. Así que la relación, si es que realmente existió, nunca pudo prosperar.

Alberto, en tanto, comenzó un romance con Mabel Taboas, quien acababa de separarse del padre de su hijo de seis meses. Y así fue como se convirtió en el padrastro de Daniel Mendoza, el periodista que tomó la triste decisión de quitarse la vida en 1992 y quien había decidido adoptar el apellido del actor cuando empezó a trabajar en los medios, dada la estrecha relación que mantenía con él. Después de comenzar la convivencia, en tanto, el actor y su pareja tuvieron dos hijos más: Fabián y Belén, quienes eligieron como campos laborales la publicidad y la psicología, respectivamente.
Los éxitos se fueron sucediendo uno tras otro para de Mendoza. La calle del pecado (1954), Caídos en el infierno (1954), Barrio Gris (1954), La mujer desnuda (1955), La bestia humana (1957) y El Jefe (1958), que lo terminó posicionando como uno de los rostros más destacados del cine, fueron algunos de los títulos que lo vieron triunfar.
Y, de inmediato, su carrera empezó a expandirse tanto en Hispanoamérica como en España. Actuó, entre otras, con figuras de la talla de Alberto Closas, Lucho Gatica, Carmen Sevilla, Analía Gadé, Lino Ventura, George Hamilton, Sara Montiel, Maximilian Schell, Raf Vallone, Jack Palance, Telly Savalas, Irene Papas, Peter Cushing, Christopher Lee y Silvia Pinal.
La televisión, en tanto, inmortalizó su rostro como El Rafa (1980), tira en la que encarnó al canillita Rafael Minelli que vivía una tensa relación entre su hijo Cholo, interpretado por Carlos Calvo, y Susana Del Mónico, en la piel de Alicia Bruzzo. Este trabajo le valió el Martín Fierro de honor que recibió en 2010 al cumplirse 30 años del estreno de esa emblemática telenovela. Y ese galardón se sumó a los dos Cóndor de Plata que había recibido por El Jefe (1958) y El infierno tan temido (1982). Y al premio como Mejor actor de habla hispana en TV que recibió por parte de la Asociación de Críticos de Nueva York por el programa El oriental (1982).

“Creo que será mi último trabajo en cine. Yo estoy más que satisfecho de cerrar mi carrera con esta película, a los 88 años. En 70 años de carrera, hice toda clase de papeles, espadachines, abogados, mafiosos, piratas... Lo que no hice y me hubiese gustado interpretar es a Don Segundo Sombra. Nunca interpreté a un hombre del campo”, dijo después de rodar La mala verdad de Miguel Ángel Rocca, trabajo por el que ganó un premio en el Festival de Málaga. Pensaba grabar una serie para la televisión argentina y subirse a los escenarios con Las brujas de Salem. Pero, poco después, la muerte lo sorprendió en la Clínica de la Luz de Madrid, donde había sido internado luego de sufrir una insuficiencia respiratoria.
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