Instalarse en otro país puede empezar con una relación, continuar en una ronda de amigos y, casi sin advertirlo, convertir una ciudad desconocida en el lugar donde transcurre la vida diaria. Para un estadounidense que llegó a Argentina hace casi dos años, ese proceso se fue afirmando en la convivencia, los vínculos y una forma de cercanía que no encontraba en su país. “Es algo que he buscado por muchos años en Estados Unidos”, dijo sobre la vida que empezó a construir en Buenos Aires.
Se trata de Zachary McKinley, investigador cultural y creador de contenido nacido en Dallas, Texas. Vive en el país desde hace casi dos años, está en pareja con una joven tucumana y dice que su proyecto ya no consiste en prolongar una visita. “Quiero vivir acá por siempre”, afirmó en diálogo con Infobae A las Nueve.
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La idea de quedarse fue tomando forma antes de que pudiera ponerle una definición. “Me enamoré muy rápidamente de la gente y la cultura”, relató.
Con el paso de los meses, Buenos Aires dejó de ser el escenario de una estadía y pasó a ser la ciudad donde empezó a armar una rutina, amistades y una vida en común. En esos vínculos encontró una clase de cercanía que, según contó, perseguía desde hacía tiempo en su país. “Es algo que he buscado por muchos años en Estados Unidos”, dijo.
Su vida en Argentina se fue armando entre amistades y encuentros cotidianos
McKinley cuenta que las relaciones pueden empezar con una facilidad que todavía lo sorprende. Un cruce casual en una plaza, una charla durante una actividad abierta o una presentación breve bastan a veces para que alguien deje de ser un desconocido y se incorpore a la vida cotidiana. “He encontrado gente, desconocidos en las calles, que se convierten en amistades verdaderas muy rápido”, sostuvo.
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En esa experiencia incluye lugares y dinámicas concretas: plazas, encuentros de intercambio de idiomas y reuniones de amistad rápida. “Es muy fácil hacer amigos argentinos porque son gente muy abierta y muy amable”, aseguró.

Ese modo de entrar en relación con otros es, para él, una de las marcas que explican su apego al país. Al describir qué valora de su vida en Argentina, no se detiene en una postal ni en un rasgo aislado, sino en la convivencia y en el lugar de los demás dentro de la vida personal. “Para mí lo mejor es la cultura, la gente, la habilidad de vivir juntos, el sentido de comunidad”, señaló.
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La misma proximidad aparece en los gestos más corrientes de la ciudad. Al caminar, conversar o compartir espacios, McKinley notó que la distancia física habitual en Buenos Aires es menor que la que conocía en Estados Unidos. “No hay un sentido de espacio personal acá como tenemos en Estados Unidos”, observó.
En su país, explicó, las personas suelen preservar un margen corporal más amplio, aun en situaciones ordinarias. El contraste se le hizo visible recién al habituarse a otra forma de ocupar la calle y de estar cerca de otros. “En Estados Unidos todos caminan con una burbuja fuera de nosotros”, describió.
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Una graduación en Buenos Aires le dio otra medida de lo colectivo
Esa experiencia de cercanía encontró una escena precisa frente a una facultad porteña. Durante varios días, el movimiento de graduados y familias le hizo pensar al principio que asistía a un festejo deportivo; después entendió que se trataba de personas que acababan de recibirse. “Por acá parecía que alguien había ganado el Mundial”, contó al volver sobre la imagen.
La primera vez creyó que era un episodio excepcional, limitado a esa jornada. Regresó un sábado y se encontró con nuevos grupos, con la misma ocupación de la vereda y con celebraciones que parecían continuar sin pausa. “Después volví el sábado y seguían. Y ahora estoy acá otra vez y sigue pasando”, relató.
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Para Zachary McKinley, la persistencia de ese ritual revelaba algo más que entusiasmo por un diploma. Detrás de las fotos, los abrazos y el ruido había años de estudio, acompañamiento y expectativas compartidas. “Como si Buenos Aires dijera: esto costó demasiado como para celebrarlo cinco minutos”, expresó.

La comparación surgió de inmediato cuando recordó cómo había terminado su propio doctorado en Estados Unidos. Estaba solo en su oficina cuando recibió el correo que confirmaba que había cumplido con el requisito; abrió una botella y volvió a sus tareas. “Abrí una botella de champagne, tomé un poco y después seguí trabajando”, recordó.
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No presenta ese recuerdo como una desgracia ni como una situación fuera de lo común en el ambiente del que proviene. En aquel momento lo vivió como una reacción natural ante una meta que se consideraba, ante todo, personal. “No digo esto con tristeza. En ese momento, para mí era normal”, aclaró.
La vida que construyó en Argentina le cambió, sin embargo, el sentido de esa memoria. Ver cómo amistades, familias y compañeros se apropian de la alegría de quien termina una carrera le permitió revisar lo que antes daba por sentado. “Después de vivir en Argentina, empiezo a entender que quizás había algo profundamente raro en eso”, sostuvo.
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El título, según su mirada, pertenece a una red de afectos
En Estados Unidos, según la síntesis de McKinley, la graduación suele tener una secuencia más acotada: una ceremonia formal, una fotografía, un agradecimiento y el regreso a las obligaciones. “Te sacás una foto formal, decís gracias, actualizás tu LinkedIn y seguís con la vida”, resumió.
Lo que observa en Buenos Aires es distinto porque el logro no queda restringido a quien rindió exámenes o presentó una tesis. El festejo incluye a quienes acompañaron el trayecto, desde la espera hasta el sostén emocional y material. “Ese título también pertenecía a los que esperaron, cocinaron, escucharon, abrazaron, bancaron y creyeron”, dijo.
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Ese reconocimiento de quienes rodean a una persona es el hilo que McKinley enlaza con su propia experiencia de vida en el país. La graduación fue una escena pública, pero para él respondió a la misma lógica que encuentra en amistades nacidas rápido y en encuentros que se prolongan. “En Argentina, recibirse no parece una victoria individual, parece una victoria compartida”, afirmó.
Su lectura tiene, además, una dimensión profesional. Como investigador cultural, había estudiado en el marco de una investigación sobre ventas internacionales cómo podían adaptarse vendedores estadounidenses a clientes de otros contextos. Ese trabajo terminó por devolverle preguntas sobre los hábitos de su propio país. “En Estados Unidos somos muy individualistas”, planteó.
Su formación como investigador le hizo revisar hábitos de Estados Unidos
A juicio de McKinley, el individualismo organiza expectativas extendidas en la sociedad estadounidense. Las personas tienden a pensar su recorrido a partir de sus objetivos, su carrera y sus decisiones personales, con menor presencia del entorno en esa narrativa. “Estamos muy enfocados en nuestras propias metas, nuestros propios destinos”, añadió.
No sostiene que en Argentina falten ambiciones individuales. La diferencia, explica, aparece en la manera en que esos proyectos conservan lazos con amistades, parejas, familias y grupos cercanos. “Quieren hacerlos con otros y quieren tener otros en tu vida”, comparó.
Para el investigador, esa distancia cultural alcanza incluso la forma de interpretar el mundo. Su conclusión, formulada a partir de los estudios que recorrió, es que el individualismo puede volver menos visibles las reglas culturales propias. “Entre todas las investigaciones académicas, nosotros tenemos la cultura más rara en el mundo, por culpa del individualismo”, expresó.
También relaciona esa tendencia con una cierta dificultad para salir de las referencias conocidas. Desde dentro de esa lógica, dijo, se puede quedar encerrado en costumbres propias sin advertir cuánto cambian las relaciones sociales en otros lugares. “Estamos en nuestra propia burbuja de cultura porque no sabemos mucho de otros países”, afirmó.
La decisión de permanecer en el país está ligada a esa revisión, pero McKinley busca nombrarla con precisión. No se considera un visitante temporal que conserva su vida principal en otro lugar, una diferencia que quiso subrayar cuando habló de sus planes. “Quiero aclarar que yo soy un inmigrante, no soy un expatriado”, remarcó.
Al proyectar su futuro junto a su pareja y sus amistades en Buenos Aires, insiste en que no piensa la ciudad como una escala ni como una experiencia con fecha de regreso. La intención, dice, es echar raíces en el lugar donde empezó a reconocer otra forma de estar con otros. “Quiero establecerme acá y convertirme en un argentino”, concluyó McKinley.
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