“Venid, los que nunca fuisteis a Granada. / Hay sangre caída, sangre que me llama. / Nunca entré en Granada. / Hay sangre caída del mejor hermano. / Sangre por los mirtos y agua de los patios. / Nunca fui a Granada”, escribió con versos dolientes el poeta Rafael Alberti al enterarse del fusilamiento clandestino de su amigo Federico García Lorca en aquella ciudad la madrugada del 18 de agosto de 1936. Corrían tiempos violentos en España: la Guerra Civil había comenzado un mes antes, con el levantamiento de un grupo de militares derechistas contra el Gobierno constitucional de la Segunda República.
García Lorca estaba en Granada desde el 14 de julio, cuando dejó Madrid para instalarse en la casa de sus padres. Lo hizo contra el consejo de sus amigos, que ante la inminencia del intento de golpe de Estado intentaron disuadirlo. Le dijeron que estaría más seguro en la capital que en Andalucía, una región sobre la cual podrían lanzar la ofensiva los insurrectos. Tampoco aceptó las ofertas de los embajadores de Colombia y de México, que le ofrecieron exiliarse en América. “A Federico lo vi por última vez dos o tres días antes de que se fuera a Granada. Las noticias de la guerra eran cada vez más preocupantes y, como todos, le pregunté si no era mejor que se quedara en Madrid. Me respondió que no, que iba a casa de su familia, a celebrar su santo y el de su padre, que no me preocupara que no le iba a suceder nada”, me contó una tarde de 2007 María del Carmen García Antón, la última actriz sobreviviente del grupo de teatro itinerante “La Barraca”, creado por García Lorca en 1931 para llevar las obras del Siglo de Oro al interior del país y poner el teatro al alcance de los campesinos. Cuando tuve esa charla con ella, casi siete décadas después de los hechos, Maricarmen, como todos lo llamaban, acababa de cumplir 88 años y llevaba más de sesenta viviendo en su exilio argentino. Ni siquiera luego de la muerte de Francisco Franco había querido volver a España. Cuando le pregunté por qué, me respondió recitando dos versos de Lorca: “Pero yo ya no soy yo / ni mi casa es ya mi casa”.
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Los temores de los amigos del autor de La Casa de Bernarda Alba eran más que fundados. La derecha española, en especial los falangistas liderados de José Antonio Primo de Rivera, lo tenía en la mira no sólo por haber ideado “La Barraca”, al que calificaba como un instrumento de propaganda política al servicio de la izquierda, sino también por su manifiesto apoyo a la República y sus reformas progresistas. El prestigio y la popularidad que había ganado con su producción poética y su obra dramática lo hacían un personaje peligroso, porque su voz era escuchada tanto en España como en muchos otros países de habla hispana. A todo esto, se sumaba su homosexualidad, una “perversión” criminal a los ojos de la pacata estrechez ideológica de los insurrectos.

Últimos días de un poeta
Cuando llegó a Granada el 14 de julio, García Lorca se instaló en la Huerta de San Vicente, la casa familiar de sus padres. La situación en la ciudad era todavía tranquila, pero una semana después los militares granadinos se unieron al levantamiento y desataron una represión implacable contra todo aquel que era visto como defensor o simplemente simpatizante de la República. Una de las primeras víctimas fue el alcalde socialista Manuel Fernández Montesinos, que fue fusilado, y el Gobierno civil quedó en manos de José Valdés, un antiguo militante de la Falange, que se puso a las órdenes del general Queipo del Llano, uno de los líderes de los golpistas.
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Mientras García Lorca estuvo alojado en la Huerta de San Vicente, la casa fue allanada dos veces por los militares sublevados. En esas ocasiones no lo molestaron. Buscaban al casero de la finca para hacerle confesar el paradero de sus hermanos, perseguidos por su militancia política y acusados falsamente de asesinato. La segunda vez, los uniformados ataron al hombre a un árbol y lo torturaron para que hablara. Federico y su familia se dieron cuenta de que tarde o temprano también vendrían por él. Tenía que buscar un lugar más seguro.
La noche del 9 de agosto, el chofer de los García Lorca llevó a Federico a la casa de uno de sus mejores amigos en Granada, el poeta Luis Rosales. Los hermanos de Luis eran destacados militantes de la Falange, pero lo conocían desde la infancia y lo apreciaban. Creyó que allí estaría a salvo. Al principio, los Rosales no creían que la vida de Lorca estuviese en peligro, pero a medida que crecía la represión, empezaron a pensar que quizá era más prudente trasladarlo a la zona republicana, porque no estaban seguros de poder protegerlo. Sin embargo, García Lorca se negó: temía que, si él desaparecía de la ciudad, los golpistas se desquitaran con su familia.
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El 15 de agosto, un escuadrón militar fue a casa de los padres de Lorca para detener a Federico. Al no encontrarlo ahí, destrozaron todo. Amenazaron también llevarse al padre de Federico para hacerle confesar el paradero de su hijo. Eso quebró a Concha, una de las hermanas del poeta, que temerosa de que lo torturaran como había visto hacer con el casero de la finca, les reveló que estaba en la casa de Luis Rosales.
Al día siguiente, fue a buscarlo allí un grupo de militares dirigido por Ramón Ruiz Alonso, un exdiputado de ultraderecha y prominente miembro de las escuadras que sembraron el terror en Granada luego de la sublevación. Llevaba una orden de detención donde se lo acusaba de ser espía ruso, homosexual y secretario del ministro republicano Fernando de los Ríos. Cuando presentó la orden, gritó que el autor de Bodas de Sangre había hecho más daño a España “con la pluma que otros con la pistola”. Viendo que no podían impedir que se lo llevaran, los Rosales negociaron con Ruiz Alonso que le permitiera al mayor de ellos, Miguel, acompañar a Federico al edificio del Gobierno civil, donde quedó detenido.
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Durante las horas que siguieron, los hermanos Rosales intentaron por todos los medios conseguir una orden de liberación para su amigo. Primero fueron a ver a Valdés, el gobernador civil, quien les exigió que hicieran una declaración escrita confesando que habían tenido a “un rojo” escondido en su casa. Entonces lo intentaron con el general Espinosa, la máxima autoridad militar de la provincia de Granada. Como tenían buena relación con él, consiguieron la orden de liberación para Lorca, pero cuando la presentaron en la sede del Gobierno civil les respondieron que esa orden no tenía ningún valor y que, además, el detenido ya no estaba allí. No quisieron decirles tampoco a dónde lo habían llevado. Ya no volvieron a verlo.

Desaparecido y asesinado
Pocas horas antes, García Lorca había sido trasladado en auto, junto con los toreros anarquistas Juan Arcoyas y Francisco Galadí, y un delincuente común conocido como “El Terrible”, al pueblo vecino de Víznar. Allí quedó confinado en “La Colonia”, una casona que los golpistas habían desalojado y utilizaban como cárcel improvisada. Había dos presos en la casa: un chico que había sido detenido por robo a mano armada y Dióscoro Galindo, un maestro que enseñaba a escribir a jornaleros analfabetos y que había sido acusado de negar la existencia de Dios en sus clases. Allí, con ellos, fue donde Lorca pasó sus últimas horas.
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Lo que siguió no se sabe con precisión. La versión más difundida es que la madrugada del 18 de agosto, García Lorca fue llevado a un camino rural cerca del barranco de Víznar, junto con el maestro Galindo y los toreros Arcoyas y Galadí, donde fueron ejecutados a tiros. No se sabe tampoco quién mató al poeta, aunque luego del asesinato el abogado falangista Juan Luis Trescastro, borracho en una taberna de Granada, dijo que había sido él. Lo escuchó Miguel Cerón, un amigo de Lorca, que luego contó que le oyó decir: “Acabamos de matar a Federico García Lorca, y el tiro de gracia se lo he dado yo. Le di dos tiros en el culo, por maricón”. El cuerpo del poeta asesinado y los de quienes murieron con él fueron enterrados en una fosa común abierta en los alrededores del lugar del fusilamiento cuya ubicación exacta se desconoce.

Hasta aquí los hechos tal como se conocen. Sin embargo, como homenaje a Federico García Lorca, me gustaría terminar estas líneas con un texto sobre su muerte que escribí en 2007, poco después de aquella charla que mantuve con María del Carmen García Antón, la única actriz del grupo de teatro itinerante La Barraca que seguía viva. Dice así:
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Federico marcha hacia la muerte
El poeta mira hacia atrás, hacia la noche, sabiendo que no habrá día, que sus estrellas se van borrando una por una, para siempre (¡ay, si su tiempo fuera el de contarlas!). El calor de agosto —aún en esa hora frágil que a otros les anuncia el amanecer— es apenas uno de los infiernos que se ciernen sobre Granada. Y sin embargo el poeta tiene frío (¿será fría la muerte?, se pregunta y descubre que no sabe la respuesta).
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Presiente otras cosas que son definitivas: que no lo sorprenderá de una cornada a las cinco de la tarde —para él ya no habrá esa hora—, ni que le pudrirá la sangre para aplastarle un deseo prohibido; que tampoco le cortará el aliento de un cuchillazo apasionado, o lo secará lentamente en una condena estéril. No será ninguna de esas.
Tantas muertes soñadas, piensa, y ninguna era su muerte.
El camión avanza con cautela, cada pozo del camino lo sacude como un sobresalto. Sentado en la caja, el poeta deja de mirar la noche y observa los rostros que lo rodean. Tal vez en ellos pueda encontrar una clave que lo ayude a descifrarla. Se sorprende al ver las caras de los hombres que llevan las armas. No muestran ninguna de las señales que busca: en ellas no hay pasión, ni piedad, ni odio, ni siquiera desprecio. Lo miran con ojos adormecidos, apagados, como si no lo miraran.
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Si ese es el rostro de la muerte, se estremece el poeta, entonces la muerte es nada.
Hay otros rostros que no quisiera mirar y sin embargo no puede evitarlos. Son tres… los de sus compañeros de viaje. Sentado enfrente está el maestro: la cara sin afeitar le brilla sudorosa a la luz de las estrellas. Los anteojos empañados impiden que el poeta pueda mirarlo a los ojos, pero no es necesario. El gesto que hay en su boca habla: resignación, dice… o quizás diga abandono.
A la izquierda del maestro, separado por uno de los rostros que no dicen nada, está el primero de los toreros. Tiene las manos aferradas en un rezo que sus ojos transforman en un ruego de una sola palabra: dios, dios, dios, dice y lo dice así, con minúsculas.
La cara del segundo torero está oculta por el cuerpo de otro de los hombres sin rostro. El poeta sólo puede ver de él unos brazos que terminan en puños. Y esos puños tiemblan. Por un segundo, el poeta cree leer en ellos un grito de rebeldía, pero es apenas un instante, porque sólo susurran impotencia.
Un infinito sentimiento de pudor invade al poeta. Ha tocado tres muertes con los ojos y al tocarlas ha violado sus secretos. Resignación, dios, impotencia, le dicen, y sin embargo no le dicen nada: ninguna de esas es su propia muerte. Intuye que, si cualquiera de sus compañeros lo mirara, podría descubrir la suya como él ha descifrado las de ellos. Pero sabe que jamás se la revelarían. Él tampoco se atrevería a hacerlo.
El camión se detiene y los hombres de rostro vacío lo obligan a bajar sin necesidad de dar una orden. Ya todo ha sido dicho, piensa el poeta mientras camina hacia la noche, de aquí en más sólo hablará la muerte.
Ahora, a sus espaldas, escucha el estampido seco de cinco palabras, y descubre que son esas cinco palabras, las últimas cinco que ha dejado escritas para siempre en la boca de Bernarda, las que le revelan el secreto: “Silencio, silencio he dicho, silencio”.
Entonces no muero, imagina por última vez Federico, ni aún muerto.
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