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Carolina Aló y el horror de morir con 113 puñaladas: la vigilia del padre que juró ser la sombra del asesino de su hija

Edgardo Aló transformó tres décadas de dolor en monitoreo permanente sobre Fabián Tablado, una fundación activa y una petición ante la ONU para que el 27 de mayo sea declarado Día Internacional de la No Violencia en el Noviazgo

Este informe audiovisual cuenta la historia de un padre que, tres décadas después, sigue de cerca al hombre que mató a su hija y hoy camina libre.
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Hace 30 años que para Edgardo Aló el Día del Padre dejó de ser una celebración. Desde que Fabián Tablado asesinó a su hija Carolina de 113 puñaladas, convirtió el luto en lucha y vigilia. Con una restricción perimetral inédita de 300 kilómetros y una fundación para asistir a víctimas de violencia de género, este padre no baja la guardia.

—A veces me sorprendo cuando digo treinta años —dice—. Treinta años. Y sin embargo, para mí, yo te estoy hablando como si hubiera sido ayer.

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En 1996 Edgardo Aló era un hombre de rutinas. Había formado una familia; tenía una esposa y dos hijos. Vivía en una casa amplia sobre una esquina de Tigre. Dirigía su propia inmobiliaria.

A 30 años, el reclamo de justicia de Edgardo Aló no cede y él advirte: sobre el asesino de su hija: "Va a volver a matar"
A 30 años, el reclamo de justicia de Edgardo Aló no cede y él advirte: sobre el asesino de su hija: "Va a volver a matar" (Gastón Taylor)

La noche helada del 27 de mayo de 1996, cuando su hija de 17 años fue asesinada por su novio de 20, lo puso en un punto de no retorno. Desde entonces, se dedicó a reclamar justicia. Cerró su inmobiliaria. Vendió sus autos, un departamento. Usó un Renault 12 de remís, “para que entrara un mango, cuando antes sobraba”.

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Hace 30 años y ahora, es un padre dispuesto a lo que sea en el nombre de su hija.

¿Yo qué más puedo perder? —pregunta y enseguida responde—. Perdí lo mejor que puede tener una persona, que es un hijo. De manera que no le tengo miedo a nada.

El reclamo es uno. Quiere que el asesino cumpla. Dice que cumplir encierra un castigo que la justicia debió darle y omitió: la prisión perpetua.

Este tipo en la calle mata en cualquier momento. ¿Y qué van a decir? ¿Que le surgió otra vez esa psicopatía?

Un padre que juró ser la sombra de un asesino que camina libre

El caso de Carolina Aló expuso una violencia de género que en 1996 todavía era nombrada como crimen pasional
El caso de Carolina Aló expuso una violencia de género que en 1996 todavía era nombrada como crimen pasional

A fines de marzo, la Justicia bonaerense extendió por un año —hasta abril de 2027— la restricción perimetral de 300 kilómetros que le impide a Fabián Tablado acercarse a Edgardo Aló. La medida le prohíbe encontrarse con él o establecer cualquier tipo de contacto, ya sea en persona, por teléfono, correo electrónico o a través de terceros.

La disposición no tiene antecedentes por la distancia que fija. Trescientos kilómetros equivalen al trayecto entre Buenos Aires y Rosario. El radio de exclusión atraviesa varias provincias y alcanza incluso a Uruguay.

La Justicia fijó un límite. Trescientos kilómetros. Esa es la restricción perimetral impuesta al asesino de Carolina Aló
La Justicia fijó un límite. Trescientos kilómetros. Esa es la restricción perimetral impuesta al asesino de Carolina Aló

Tablado camina bajo vigilancia. Una tobillera electrónica registra su ubicación para asegurar que respete el límite. Así lo dicta la norma.

—De cualquier manera me han dicho que a Tablado lo vieron en abril en Tigre —dice—. Pregunté cómo lo habían visto y me explicaron que había tenido una discusión en la calle. A los gritos. Hubo disparos. Por lo que cuentan, resultó herido. Fue para Pascuas, entre Jueves y Viernes Santo. Mandé mensajes a la policía, a mi abogado, a todos lados. No había personal.

Aló cree saber cómo hace Tablado para moverse. Asegura que la propia madre del asesino les contó a otras personas el mecanismo. Lo describe como una especie de alquiler de pierna: alguien cobra por llevar la tobillera electrónica mientras Tablado viaja y permanece en Tigre. Aló no comprende por qué, ante estas versiones, nadie verifica si el dispositivo está donde debe estar. Dice que un control sin aviso, sin darle el tiempo a Tablado de regresar, alcanzaría para despejar cualquier duda.

El último domicilio conocido de Fabián Tablado es Posadas, Misiones.

La violencia antes del crimen

—Carolina tenía un carácter especial —dice Edgardo—. Una forma de ser que le caía bien a todos. Vivía contenta. Le gustaba cantar, les ponía sobrenombres a todos y coincidíamos mucho. Estaba pegada a mí. Si yo salía, me decía: “Papá, te acompaño”. Éramos compinches. Hasta que apareció el psicópata de Tablado.

Carolina Aló conoció a Fabián Tablado en el verano de 1993, durante una fiesta. Ella tenía 14 años. Él, 17. Pronto el vínculo entró en un ciclo de rupturas y regresos que se extendió por tres años.

El primer indicio no fue un golpe ni una amenaza. Fue una tristeza al revés.

Edgardo está convencido de que la violencia hay que interceptarla antes, en las primeras relaciones afectivas, cuando los vínculos todavía se están formando y las señales son más fáciles de ignorar
Edgardo está convencido de que la violencia hay que interceptarla antes, en las primeras relaciones afectivas, cuando los vínculos todavía se están formando y las señales son más fáciles de ignorar (Gastón Taylor)

Edgardo notó que su hija estaba apagada cuando volvía a reconciliarse con Tablado y animada cuando se peleaba con él. La lógica era incomprensible hasta que alguien se la explicó: Tablado la presionaba en cada discusión con amenazas contra su hermano menor. “Si me dejás, lo agarro a tu hermano y lo mato”. La pelea era un respiro. La reconciliación, volver a la jaula.

Fabián Tablado era tres años más grande que Carolina Aló pero los dos compartían el mismo curso en el colegio Marcos Sastre en Tigre. A Carolina no le interesaba demasiado la escuela. Había repetido primer año y en su casa insistían con que siguiera estudiando. Buscaron una alternativa y acordaron que terminara la secundaria de noche.

—Carolina entra al Marcos Sastre nocturno porque se veía grande para seguir en un turno de mañana o de tarde —recuerda Edgardo—. Y Tablado, que había abandonado el colegio, se metió ahí. Después me enteré de que lo habían echado de tres escuelas. Entró al Marcos Sastre no para estudiar, sino para controlar.

El recorrido de Tablado era distinto. Según declararían después distintos testigos, los problemas de conducta lo acompañaban desde chico. Había pasado por una etapa punk y otra skinhead. Carolina se enamoró y creyó que podía ayudarlo. Años más tarde, el propio Tablado diría que ella lo empujaba hacia la calma y lo alejaba del odio y las drogas.

—Vivía de los celos —dice Edgardo—. Celos que él mismo inventaba por su inseguridad.

La violencia terminó por ocupar todos los espacios. También, la escuela.

En 1995, un año antes del crimen, Tablado le quebró el tabique de un golpe. Carolina les dijo a sus padres que había tropezado con una mochila y se había caído en la escuela. Inventaba excusas para ocultar las agresiones pero en la casa ya no le creían. Edgardo Aló fue al colegio Marcos Sastre.

Todavía recuerda la conversación con la directora.

—Muy fresca, me dijo: “Sí, pero le pusimos amonestaciones”. Yo pregunté: “¿Amonestaciones?”. “Sí”, me respondió. “Y a ella también, porque no denunció”.

Aló radicó una denuncia contra la autoridad y la escuela. Pero nada frenó la escalada. Días antes del asesinato, Edgardo Aló vio cómo Fabián Tablado le pegaba a su hija.

Una tarde, volvía del trabajo y los vio sentados sobre una pared baja, en la esquina de la casa. Le llamó la atención encontrar a Tablado a esa hora. Él le había dicho que iba a trabajar en la carpintería de su padre. Edgardo entró. Su dormitorio daba a la otra calle y desde la ventana alcanzó a ver la escena. Dice que Tablado le dio dos golpes a Carolina. Uno en el estómago. Otro en la espalda.

Salió de inmediato. Cuando dobló la esquina, Carolina ya corría hacia él: “Dejalo, papá. Dejalo”.

Edgardo le pasó de largo. Quería llegar a Tablado.

—Le pregunté: “¿Qué hiciste?”. Y me respondió: “Nada, estábamos hablando”. Entonces le dije: “Bueno, hablá conmigo como estabas hablando con ella”.

Aló le pegó tres piñas. Tablado no devolvió los golpes. Otros tuvieron que separarlos. Hasta entonces, dice, había evitado intervenir en la relación. Escuchaba a quienes le pedían que no se opusiera, que hacerlo podía empeorar las cosas.

—Ahí dije le basta. Ahí se terminó.

Según Aló, Tablado no aceptó la ruptura.

“El lunes, lo hago”

Días antes del crimen, Fabián Tablado ya había anunciado lo que pensaba hacer. Se lo confió a Luis Vallejo, un amigo que también asistía al colegio nocturno. No se lo dijo una ni dos, sino tres veces.

La primera conversación ocurrió el domingo previo al asesinato. Según declaró después Vallejo, los dos se encontraron en una plaza de Tigre para charlar y tomar vino. En medio de la noche, Tablado empezó a hablar de las novias que los dos tenían. Dijo que los engañaban, que les mentían y que había que matarlas. Vallejo creyó que hablaba el alcohol. Pero Tablado insistió.

Al día siguiente volvió sobre el tema. Vallejo recordó que seguía decidido. Pensó que se trataba de una broma o de una provocación. Que Carolina no corría peligro.

Las cartas de amor y de muerte que Fabián Tablado le escribía a Carolina Aló fueron analizadas por peritos
Las cartas de amor y de muerte que Fabián Tablado le escribía a Carolina Aló fueron analizadas por peritos

La tercera vez fue la tarde del 27 de mayo de 1996. Los dos se encontraron en la puerta del colegio. Eran cerca de las siete. Según declaró más tarde, Tablado le dijo: “Hoy voy a matar a Carolina”.

Los amigos entraron a clase. Poco antes del final de la jornada, Luis Vallejo vio a Tablado irse con Carolina. Edgardo Aló reconstruye esa escena.

—Vallejo cuenta que la saca del colegio. La lleva agarrada del hombro y del cuello. Y cuando se alejan, Tablado lo mira y se pasa un dedo por la garganta [como seña de que iba a degollarla].

***

Sobre una repisa en el living de la casa de Edgardo Aló hay una foto de Carolina.

Lleva una musculosa blanca, el pelo suelto apenas por encima de los hombros y varias pulseras en la muñeca. Sonríe. Parece una foto capturada en verano. Está sin marco, apoyada junto a un escudo del club Tigre.

Edgardo dice que a lo largo de los años fue entregando fotos a periodistas que nunca las devolvieron. Las que guardaba en el celular se perdieron cuando el aparato dejó de funcionar. Esa es la única imagen que conserva.

La única imagen que Edgardo Aló conserva de su hija Carolina, asesinada en 1996 por su novio, Fabián Tablado
La única imagen que Edgardo Aló conserva de su hija Carolina, asesinada en 1996 por su novio, Fabián Tablado

—Ella siempre usaba el pelo suelto —dice.

Lo aclara porque, para muchos, Carolina quedó detenida en otra foto: la de las dos trenzas y la sonrisa. La imagen, que acompañó durante décadas las noticias sobre el crimen, terminó por fijarse en la memoria colectiva.

Hace tiempo que Edgardo Aló intenta que el nombre y la imagen de Carolina remitan a algo más que a aquella noche de 1996. En 2017, fundó la Fundación Carolina Aló con el objetivo de que lo que le pasó a ella no le pase a otras. Sostiene la institución junto a un equipo que trabaja ad honorem. Asisten a víctimas de violencia de género: las orientan sobre dónde denunciar y cómo moverse dentro de un sistema judicial que, como él sabe bien, puede ser lento, sordo y esquivo. También, trabajan en prevención.

Edgardo está convencido de que a la violencia hay que interceptarla antes, en las primeras relaciones afectivas, cuando los vínculos todavía se están formando y las señales son más fáciles de ignorar. Carolina tenía 14 años cuando conoció a Tablado.

La fundación impulsó además una petición ante la ONU: que el 27 de mayo, fecha del asesinato, sea declarado Día Internacional de la No Violencia en el Noviazgo.

El 27 de mayo de 1996

Era lunes. Los padres de Fabián Tablado y sus cuatro hermanos habían salido a cenar. En la casa de Albarellos al 300, en Tigre, no había nadie. Tablado lo sabía.

Lo que pasó después solo se conoce por el relato de Tablado y por lo que reconstruyeron los peritos. Carolina no pudo contarlo.

Tablado la llevó a su habitación. Mantuvieron relaciones sexuales. En un momento, intentó eyacular dentro de ella sin protección. Carolina lo frenó, lo empujó y lo apartó. Poco después, Tablado declaró que quería tener un hijo con ella. Carolina dijo que no.

Casa de Fabian Tablado - fachada - Tigre
La propiedad de la calle Albarellos al 300 en el partido de Tigre. El ataque comenzó en la cocina. Cruzó el living. Terminó en el garaje (Franco Fafasuli)

La agresión comenzó en la cocina, siguió por el living y terminó en el garaje de la casa. Los forenses calcularon que el ataque duró entre cinco y diez minutos. Tablado utilizó tres cuchillos y un formón, una herramienta de su padre carpintero para tallar madera. Cuando una hoja se doblaba o se rompía, iba en busca de otra.

—Carolina se defendió como podía, con las manos —reconstruye Edgardo—. Tenía todas las palmas de las manos agujereadas por tratar de cubrirse. La atravesaban los cuchillos, hasta que llegó el corte de la vena cava, que prácticamente la degolló.

La autopsia registró 19 golpes y 113 puñaladas.

—Uno trata de no pensar, pero las imágenes se te vienen a la cabeza.

Edgardo evoca las paredes del fondo de la casa. Los muros conservaban trazos de sangre. Él miraba esas manchas y veía a su hija. La veía buscar la medianera. Aferrarse a la estructura. Escapar y volver a ser alcanzada por Tablado.

La hizo sufrir y le hizo ver la venida de la muerte.

Casa de Fabian Tablado - fachada - Tigre
(Franco Fafasuli)

El cadáver de Carolina quedó en el garaje.

Tablado volvió a su habitación. Se sacó la ropa, que estaba cubierta de sangre. Se bañó y cambió. Antes de irse, dejó al lado del cuerpo una hoja con un dibujo: un caballo y una figura con un cuchillo en la mano. Debajo, la palabra “jajajaja”.

Después salió.

Esa misma noche, el teléfono sonó en la casa de los Aló. Edgardo atendió.

¿Está Carolina? —preguntó una voz.

—No, está en el colegio. ¿Quién habla?

—Una compañera.

—Si sos compañera, sabés el horario que sale del colegio. ¿Para qué me lo preguntás?

Del otro lado de la línea, cortaron.

La llamada lo dejó inquieto. Caminó unas quince cuadras hasta la escuela Marcos Sastre. Se quedó frente a la puerta y esperó la salida de los alumnos. No vio aparecer ni a su hija ni a Tablado.

Desanduvo el trayecto. Buscó a su cuñado y le pidió que lo llevara en auto hasta la casa de Tablado. Los nervios lo desbordaban. Era incapaz de manejar.

—Cuando llegamos a la casa ya estaba la policía, estaba la ambulancia y lo peor cuando vi la morguera —recuerda—. En principio uno piensa: “bueno, le debe haber pasado algo a un pariente de la familia”. En esa época no había celulares. Carolina no podía avisarme.

Cruzó el pasillo largo que antecede a la vivienda y se encontró con la madre de Tablado.

—¿Qué pasó? —preguntó Edgardo.

—Nada, nada.

La mujer dio media vuelta y volvió a la casa. Un hombre que vestía sobretodo lo tomó del hombro. Empezó a empujarlo hacia la calle. Edgardo exigió saber qué ocurría. Preguntó una vez. Dos. Tres. Cuatro. El hombre repetía: “Pasó una tragedia”. Nunca dijo cuál. Edgardo supo después que era el comisario.

Minutos más tarde, un policía salió y le dijo a otro, sin reparar en quién estaba cerca: “Conté hasta 70, 80 y no pude contar más”.

—¿70, 80 qué? —quiso saber Edgardo.

El policía lo miró. Se dio cuenta de quién era y regresó a la casa sin responder.

Edgardo salió a la vereda. Caminó. En la vereda de enfrente, debajo de un naranjo, vio a Vallejo. Era casi la una de la mañana.

—Ahí está un amigo de él [por Tablado] —le avisó a uno de los policías.

El policía actuó de inmediato. Metió a Vallejo en un auto particular y salieron. El amigo habló: después de asesinar a Carolina, Tablado lo llamó y le contó lo que había hecho. Le pidió que lo ayudara en su plan de escape. “El Gordo”, como lo apodaban, no podía comprender lo que escuchaba pero se puso a buscar a Carolina. Primero llamó a la casa haciéndose pasar por una compañera y, al no encontrarla, fue hasta la casa de Tablado, donde lo demoró la policía y dijo dónde estaba Fabián.

Tablado estaba debajo del puente Tedín, en Tigre, esperando un remís. Había arreglado con Vallejo que el auto tocara tres bocinazos y él saldría.

Un auto sin identificaciones llegó al punto indicado. Tocó tres veces. Tablado salió de su escondite y se acercó. Del auto bajaron policías.

—¿Por qué le pegaste a tu novia? —le dijo uno.

—No le pegué —respondió Tablado—. La maté.

La puñalada 114

Jamás hubo dudas sobre quién había matado a Carolina. El escenario era brutal y explícito. Fabián Tablado había confesado el crimen al ser detenido y volvió a hacerlo en la etapa de investigación. Aun así, el juicio oral tardó en llegar. Recién empezó en diciembre de 1998.

Edgardo Aló asegura que, durante esa espera, recibió una explicación que no olvidó. Según relata, le dijeron que el caso de Carolina tendría que esperar porque el país seguía pendiente del juicio por el asesinato de María Soledad Morales. La razón, le explicaron, era que no convenía que coincidieran dos procesos de alta exposición. Había que administrar la atención pública: primero uno, después el otro. Aló interpretó aquella respuesta como una muestra de cómo se mezclaban la Justicia y la política. Era la primera de muchas desilusiones.

La defensa de Tablado apostó a que fuera declarado inimputable. Archivo
La defensa de Tablado apostó a que fuera declarado inimputable. Archivo

En los dos años y medios que demoró la elevación a juicio, Tablado construyó su defensa. Dijo ignorar sus propios actos. Habló de un escenario diabólico. De un impulso imposible de frenar. Se escudaba en la figura del inimputable. Esa estrategia definía su futuro. Si convencía al tribunal, terminaría en un psiquiátrico, sin condena.

Los peritos convocados por la defensa sostuvieron que, al momento del crimen, había sufrido un trastorno mental transitorio. Lo describieron como una persona borderline desde la infancia y plantearon la posibilidad de una crisis epiléptica que le hubiera impedido gobernar sus actos.

La fiscalía respondió con cuatro especialistas en neurología. Ninguno encontró evidencias que respaldaran esa hipótesis. Los estudios no mostraban alteraciones en su cerebro y los médicos señalaron otro dato: cada vez que un cuchillo se doblaba o se rompía, Tablado volvía a la cocina y buscaba otro. Para ellos, esa secuencia era incompatible con una pérdida de conciencia.

El tribunal lo consideró imputable. Es decir, podía ser juzgado y sancionado penalmente.

La discusión pasó entonces al máximo de la condena. La fiscalía y la querella pidieron prisión perpetua. Para sostenerla, presentaron tres agravantes.

Fabián Tablado, durante la realización del juicio oral. Archivo
Fabián Tablado, durante la realización del juicio oral. Archivo

El primero fue la alevosía. Sostuvieron que Tablado había llevado a Carolina a su casa y que había mantenido relaciones sexuales con ella antes del ataque, lo que la colocó en una situación de indefensión.

El segundo, el ensañamiento. La acusación dijo que Carolina había sufrido un dolor que excedía el necesario para causarle la muerte.

El tercero, la premeditación. Vallejo declaró que Tablado había anunciado el crimen. La querella también se apoyó en el dibujo que los peritos encontraron en la escena: la figura de una mujer muerta en el piso. Según esa interpretación, el dibujo había sido realizado antes del asesinato.

Dos de los tres jueces no compartieron esos argumentos.

Fernando Mancini y Celia Vázquez entendieron que no había ensañamiento porque, según sostuvieron, la herida en el cuello había provocado la muerte en pocos segundos. Tampoco vieron alevosía. Carolina sabía adónde iba y conocía esa casa. Sobre la premeditación, concluyeron que no había existido un plan previo.

Fernando Barotto votó en disidencia. Quedó en minoría.

Por dos votos contra uno, el tribunal condenó a Fabián Tablado por homicidio simple. La pena máxima era de 25 años. Le impusieron 24. Aquel día Edgardo Aló salió de la sala y frente a las cámaras y micrófonos dijo: “Estos dos jueces acaban de pegar la puñalada número 114. Ciento trece le dio Tablado. La ciento catorce fue de ellos”.

Un hombre de cabello canoso, camisa blanca, corbata y saco gris camina por una acera. Otros dos hombres y la fachada de un café se ven al fondo
Edgardo Aló, consternado, después de que Tablado fuera condenado a 24 años por homicidio simple

Después aplicaron el beneficio del 2x1, una ley que contaba dobles los días en prisión previos a la condena firme. La pena quedó en 22 años.

En 1998, cuando Tablado fue condenado, la figura del femicidio no existía en el Código Penal argentino. Se incorporó 14 años después, en 2012. Tablado había matado a Carolina motivado por el odio de género. Pero la ley de entonces no tenía nombre para eso. O lo mal llamaba “crimen pasional”.

El casamiento en el penal

Dentro de la cárcel, Fabián Tablado se había convertido en un preso de buen comportamiento. Estudiaba. Predicaba la Biblia. Y recibía cartas. Muchas.

No solo de su familia. También de mujeres que no lo conocían y que le escribían desde afuera. El FBI tiene un nombre para ese fenómeno: hibristofilia. La atracción que sienten algunas personas por quien cometió un crimen que excede todos los límites. A Tablado le llegaban ofrecimientos para visitarlo, para conocerlo, para tener visitas íntimas.

Tuvo una novia dentro del penal. La relación terminó mal.

Adentro de la cárcel, quiso clavarle la bombilla del mate porque tenía pantalones ajustados —asegura Edgardo.

La mujer no lo denunció. Nadie lo sancionó. Las visitas siguieron.

Así conoció a Roxana Villarejo. Era maestra y vivía a metros de la casa de la calle Albarellos donde Tablado había matado a Carolina. Le había empezado a escribir cuando él estaba en el penal de Sierra Chica y ella era menor de edad. Durante cuatro años intercambiaron cartas. Había un vínculo en común: la madre de Villarejo era pareja de un tío de Tablado.

Fabián Tablado, junto a su exesposa y madre de sus hijas
Fabián Tablado, junto a su exesposa y madre de sus hijas

En septiembre de 2007 se casaron en el penal de Magdalena. La fiesta incluyó 50 invitados. Él dijo que pronto tendría beneficios para salir y que se irían de luna de miel. De esa unión nacieron mellizas.

En 2008 Tablado obtuvo las primeras salidas transitorias. Edgardo Aló se quejó. La jueza Celia Vázquez y los jueces Raúl Borrino y Gustavo Deral le dijeron que era un derecho de Tablado. Aló siguió peleando. En 2010 la Cámara de Casación revocó las salidas y Tablado volvió a la cárcel. En 2011 recuperó el beneficio.

Habían pasado apenas unos meses cuando Roxana Villarejo se presentó ante la policía y denunció que Tablado las había amenazado de muerte a ella, a sus hijas y a su madre. Había grabado las llamadas.

En las llamadas se escuchaba a Tablado decirle:

Yo por cien pesos acá consigo un fierro. Vos haceme una denuncia y lo único que vas a ganar es tiempo, porque me cagás ahora y después gano yo. No te voy a hacer nada a vos. No te preocupes. Te voy a tocar donde más te duele. Va a ser tanto el dolor que hasta el último día vas a estar agonizando, acordándote de mis palabras.

Villarejo le había dicho que quería divorciarse. Tablado respondió:

No armés una vida con otro tipo, porque yo lo voy a abrir, le voy a sacar el corazón y me lo voy a comer delante tuyo.

En 2012, cuando había cumplido dos tercios de la condena, Tablado pidió la libertad condicional. La Sala III de la Cámara de Apelaciones y Garantías de San Isidro se la negó. Consideró que tenía un cuadro de inestabilidad emocional.

Documento oficial del Poder Judicial de la Provincia de Buenos Aires con el escudo de la provincia en la parte superior y texto enmarcado con líneas verticales
La imagen muestra un fragmento de un documento oficial del Poder Judicial de la Provincia de Buenos Aires, el cual aborda la inestabilidad emocional y la conducta de Fabián Tablado.

Un año después recibió una nueva condena. La Justicia lo encontró culpable de las amenazas contra su exesposa y le impuso una pena de dos años y medio. Esa sentencia se unificó con la que ya cumplía por el asesinato de Carolina.

Más adelante, obtuvo una reducción de seis meses por haber terminado la escuela secundaria y comenzar la carrera de Derecho en prisión.

El 28 de febrero de 2020, las cámaras de televisión se apostaron frente al penal de Campana. Fabián Tablado cruzó la última de las puertas. Era libre.

Su liberación generó repudio social y restricciones judiciales de distancia respecto a la familia Aló.

(Gustavo Gavotti)
(Gustavo Gavotti)

La misma casa

Al salir, Fabián Tablado volvió a instalarse en la casa de sus padres. Era la misma casa donde había asesinado a Carolina.

Edgardo Aló y su familia seguían en Tigre. La posibilidad de cruzarse con el hombre que había matado a Carolina ya no era una hipótesis lejana. Podía ocurrir en la calle, camino al trabajo, en cualquier esquina. Una jueza dispuso entonces una tobillera electrónica y le prohibió a Tablado acercarse a menos de trescientos metros de la casa y del lugar de trabajo de Aló. La restricción también alcanzaba a su exesposa y a las hijas mellizas.

Pero las restricciones duraron poco.

La tarde del 16 de octubre de 2020, las cámaras de seguridad de Tigre registraron a Fabián Tablado mientras cruzaba un puente de la mano de sus hijas. Eran tiempos de pandemia. Llevaba barbijo. En uno de los tobillos, la tobillera electrónica.

Fabián Tablado rompiendo la perimetral sobre el padre de la víctima
Fabián Tablado junto a sus dos hijas caminando por el puente Sacriste, a pocos metros del lugar de trabajo de Edgardo Aló

Las imágenes mostraban dos incumplimientos. Tablado tenía prohibido acercarse a sus hijas. También tenía vedado moverse a menos de trescientos metros de Edgardo Aló. El puente donde quedó filmado estaba dentro de ese radio. Las oficinas donde trabajaba el padre de Carolina quedaban a poca distancia.

Aló presentó una denuncia. Dos meses después, el 16 de diciembre de 2020, Tablado volvió a quedar detenido. La justicia condenó al asesino de Carolina a pasar un año más en la cárcel, ahora por el delito de desobediencia.

liberación de tablado
El 15 de diciembre de 2021 Tablado volvió a salir en libertad (Maxi Luna)

El 15 de diciembre de 2021 venció su pena. Había pasado en total 24 años preso y quedó otra vez libre. La restricción perimetral se elevó a 300 kilómetros.

Tablado fijó domicilio en Bell Ville, Córdoba, donde viviría con su novia. La estadía duró poco. Una medida de exclusión del hogar y denuncias de vecinos lo obligaron a mudarse. Intentó radicarse en San Clemente de Tuyú, en la costa bonaerense, en Cañada de Gómez, Santa Fe, y en Gobernador Virasoro, Corrientes. En cada uno de estos lugares los vecinos organizaron marchas en contra. Tuvo que irse.

El rechazo social lo obligó a peregrinar por distintos puntos del país. “En algún lugar tengo que vivir. Sino que entonces se ponga la pena de muerte para la gente como yo”, dijo en una entrevista televisiva.

Al recordarle esa frase, lo que menos se lee ahora en la cara de Edgardo Aló es compasión. No tiene por qué sentirla.

“Yo tengo que tener un lugar para vivir, yo tengo derechos”. ¿Perdón? ¿Qué derecho tenía Carolina de morir? Entonces, cuando te hablan así, realmente te hacen hervir la sangre, porque no puede decir: “Yo tengo derechos, yo tengo derechos”. No tenés ningún derecho. El único derecho es que estás respirando.

Hace una pausa.

Y lo que estoy haciendo en estos treinta años es hacer su vida lo más imposible que se pueda.

El último domicilio conocido de Fabián Tablado es Posadas, Misiones. Llegó hasta allí con ayuda. La agrupación cristiana Filipos lo cobijó. Una organización que, según Edgardo Aló, maneja el pastor Giménez.

Pero los kilómetros no son un escudo. En septiembre de 2024, la fragilidad del cerco quedó expuesta. La tobillera electrónica dejó de emitir señal. Edgardo Aló recibió entonces la llamada que no hubiera querido escuchar: Tablado estaba sin monitoreo.

La incertidumbre duró hasta que las autoridades lograron ubicarlo. Tablado explicó que había viajado al interior de Misiones para asistir a cursos en una escuela de oficios y que en esa zona no había señal telefónica. La Justicia le permitió continuar en libertad con la tobillera y le advirtió que la situación no debía repetirse.

Dos años después, frente a las versiones de que Tablado estuvo en Tigre durante el fin de semana de Pascuas de 2026, Aló mastica la sospecha. Se pregunta si el asesino de su hija volvió a caminar por su barrio. Si estuvo ahí, a metros de su puerta, como ya ocurrió.

“Hay muchas adentro del cajón”

Edgardo Aló es un hombre dañado que no llora.

—Salvo en el cementerio de San Fernando. Ahí te topás con la realidad. Te topás con un cajón que lleva el nombre de tu hija. Y ahí sí, te aflojás. Pero hay muchas. Hay muchas adentro del cajón.

En enero de 2020, cuando Tablado estaba a días de salir en libertad, Edgardo se sumó a una campaña que se llamó “Hombres contra el machismo”. La integraban otros padres que habían perdido a sus hijas en femicidios: Jorge Taddei, padre de Wanda, asesinada por el exbaterista de Callejeros Eduardo Vázquez; Miguel Pereyra, padre de Marisol, una de las víctimas del cuádruple crimen de La Plata; Hugo Capacio, padre de Dayana, asesinada por su novio en Rosario; Luis Basualdo, padre de Marcela, asesinada en Punta Lara junto a su pareja, y Gustavo Melmann, padre de Natalia, secuestrada, abusada y torturada por la Policía.

Es hora de que trabajemos para concientizar al hombre”, escribió Aló en su adhesión. “Tenemos que hablarles a ellos, que son los victimarios. Si nos sentimos tocados como varones cuando se habla de violencia machista, entonces salgamos a decir y hacer algo para que esto cambie”.

Edgardo tiene una crítica al Estado que repite hace años.

—Está la ley que reconoce el femicidio, pero no se concentra en la prevención. Se aplica una vez que la mujer está muerta. Para evitar esa muerte no hay herramientas. Hay que actuar antes.

Edgardo Aló sigue enumerando las señales que, según él, merecen atención. Les habla a los padres y a las madres. Les pide que miren si sus hijas se alejan de sus amigos, si cambian de personalidad, si aparecen moretones o si empiezan a tener miedo.

Y a las mujeres les deja una advertencia.

—Es muy lindo escuchar “Yo te amo”, pero si eso cambia en una sola letra por “Yo tu amo”, “Vos me pertenecés”, tienen que reaccionar porque pueden perder hasta la vida.

Edgardo lamenta que su fundación no tenga un lugar físico desde donde funcionar ni un sitio web para difundir su trabajo. Pide ayuda: un espacio donde recibir a las víctimas de género y un subsidio para cubrir los gastos de traslado e imprenta de los abogados que asesoran en las causas judiciales y no cobran.

—A veces quedamos en el pozo de decir: “¿Qué hace la fundación?”. Hace lo que puede. [...] Esto es difícil y tenés que ponerle la cara, tenés que ponerle todo. A veces te dan ganas de decir: “Tiro todo al diablo”. Pero después encontrás a chicas que vienen y dicen: “¿Qué hago, Edgardo?”. Y otra vez a tirar del carro.

Los legisladores, dice, no ayudan.

—Yo los veo en Diputados y en el Senado debatir como si se estuvieran matando uno a otro y se olvidan de la gente. Nadie está trabajando para la gente.

La tarde cae sobre Tigre. Edgardo toma el celular por primera vez desde que empezó la charla, dos horas atrás. Hay mensajes sin responder.

Hace treinta años atiende llamados, recibe mensajes y sigue pistas. A veces son denuncias. A veces, mujeres que piden ayuda. A veces, un dato sobre Fabián Tablado.

Porque hay algo que no abandonó aquella noche helada de mayo de 1996.

Y porque, mientras siga respirando, quiere ser el primero en saber dónde está el hombre que mató a su hija.

Producción audiovisual, entrevistas y narración: María Belén Etchenique / Realizador: Gastón Taylor/ Edición: Florencia Montenegro

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