
Fui al médico con los estudios en mano y con miedo. ¿Y si me daba una mala noticia?
Llevaba nueve meses con molestias fuertes en las costillas. Un gran esfuerzo durante una carrera me había dejado muy dolorido, y tantos meses sin mejorar no era algo tranquilizador.
Cuando entré en su consultorio me sorprendió su presencia. Un hombre alto, delgado, que transmitía mucha confianza. Le conté mi situación y le mostré los estudios. Para mi sorpresa no los abrió, sino que antes me hizo distintas pruebas. Cuando terminó, me dijo:
—Voy a mirar los estudios, pero puedo asegurarte que tu dolor de costillas no tiene nada que ver con las terminaciones nerviosas de la columna. Si no, no hubieras podido hacer todos los ejercicios que te pedí. Tu columna funciona con normalidad.
Sus palabras me tranquilizaron, pero la inquietud persistía. Si mi columna estaba bien y mis estudios eran normales, ¿por qué no me recuperaba? ¿Cuál era el diagnóstico?
Tratando de buscar hipótesis para mi problema, le dije:
—En mi columna tengo varios temitas…
—Tu columna es normal. Yo tengo sesenta años y si le pido a un dermatólogo un informe de la piel de mi cara, va a escribir tres carillas. Y sí, tengo patas de gallo, lunares, alguna cicatriz… son sesenta años de vida. Eso no quiere decir que sea patológica.
Transmitía tanta seguridad que me pareció una pérdida de tiempo estirar la consulta. Mientras me vestía, noté su estado atlético y le pregunté si era deportista.
—Corro y hago bicicleta seis días a la semana.
—¿Triatlón?
—No, nadar no me gusta.
—¿Y cuántos kilómetros a la semana corrés? —la mía era la típica pregunta que nos hacemos entre atletas de alto rendimiento para medir cuán entrenado está el otro.
—Setenta.
Su respuesta explicaba por qué estaba tan delgado y en forma, pero ¡tenía sesenta años! ¿Acaso ignoraba los riesgos de correr diez o quince kilómetros diarios a esa edad? Sus articulaciones, su columna, su cadera, todo debía de estar sufriendo la sobrecarga. Lo provoqué a ver qué decía.
—¿Y tu médico especialista en columna qué dice de ese entrenamiento?
—No le conté nada —me respondió sonriendo.
Me quedé pensando en su respuesta todo el día. Humana. Genial. Era la encarnación de la gran idea de Blas Pascal: el corazón conoce razones que la mente no comprende. Hay cosas que le hacen bien al espíritu, aunque racionalmente entendamos que no son lo mejor para nosotros.
Algunas personas aprenden temprano que la vida es mucho más que obligaciones y responsabilidad. Que no siempre podemos –y muchas veces no queremos– hacer lo correcto, lo que deberíamos. De hecho, yo acababa de encontrarme con un médico que desestimaba la razón para priorizar sus deseos.
Pensé en mi propia vida y los golpes que había sufrido al no darme cuenta de algo tan obvio. Recordé cuánto había luchado para no ponerme de novio a los diecinueve años, cuando estaba a punto de irme a vivir a otro país y no me convenía atarme sentimentalmente. O lo que peleé para no enamorarme de una compañera de la facultad porque yo estaba de novio y eso, supuestamente, estaba mal.
Hoy me río de esas ideas tan puras con las que pretendía organizar mi vida. Las cosas no funcionan de ese modo: la mayoría de nuestras decisiones tienen mucha más carga emocional que racional.
¿Cómo no hacerles caso a las emociones que nos atraviesan, aunque no sean convenientes ni oportunas, si el mundo emocional es el combustible real de nuestra vida? Es cierto que por ellas podemos perdernos, pero no es menos cierto que sin ellas estamos perdidos.
Yo aprendí a los golpes que no siempre podemos hacer lo correcto, aunque nuestra mente crea que sí. Mis esfuerzos por evitar engancharme con esa chica que me conmovía terminaron en que me puse de novio la noche previa a irme a vivir a otro país. ¡La noche previa! Mas inoportuno, imposible.

Tampoco pude evitar ponerme de novio con esa compañera de facultad con la que no debía porque yo estaba en pareja; mis valores no sirvieron para frenar a mi corazón. Luché contra esa realidad con todas mis fuerzas hasta que no pude más. ¿Cuándo fue que no pude más? Otra vez, cuando ya estaba jugado: la situación se me fue de las manos la noche de graduación, después de la que se suponía que no íbamos a volver a vernos más.
Dicen que es más fácil hacer una revolución que sostenerla y creo que es cierto. Nuestros delirios mentales, nuestras ilusiones, nuestras fantasías, nos impulsan a hacer cambios radicales, a hacer la revolución. Pero si no hay algo más profundo, no podremos sostenerla. La razón puede marcar el rumbo, pero para ser capaces de sostener la revolución, nuestro corazón tiene que estar de acuerdo. ¿O vamos a seguir creyendo que podemos llegar lejos sin él?
* Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”. www.youtube.com/juantonelli
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