
Había inquietud en Estados Unidos por la posición de Juan Domingo Perón, un coronel de 49 años muy respetado en el Ejército. En días en que los aliados estaban luchando en las playas de Normandía, el entonces ministro de Guerra alertó que si bien Argentina era un país pacífico, no podía ignorar la posibilidad de un ataque exterior, sin importar quien resultase triunfador en la contienda mundial. El país del norte lo interpretó como el germen de un proyecto totalitario y no hizo más que acrecentar el resentimiento hacia Argentina.
Estados Unidos había entrado a la segunda guerra el 8 de diciembre de 1941, un día después del ataque a la base de Pearl Harbor, cuando le declaró la guerra a Japón. Tres días después, tanto Alemania como Italia harían lo propio con Estados Unidos.
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Para 1942, Costa Rica, Cuba, República Dominicana, Guatemala, Haití, Honduras, Nicaragua, Panamá y El Salvador ya le habían declarado la guerra al Eje y había otros once países de la región que no. En la conferencia que reunió a cancilleres de todo el continente en ese año, Estados Unidos presionó para que todos estuviesen abroquelados, pero chocó con la intransigencia argentina, de la mano del canciller argentino Enrique Ruiz Guiñazú y de su par chileno.
Cuando la reunión terminó, todos los países habían interrumpido sus relaciones con el Eje, menos Argentina y Chile. Y Estados Unidos quedó con la sangre en el ojo, especialmente Cordell Hull, su secretario de Estado, representante de una postura de doblegar sí o sí a la Argentina, que a esa altura estaba aislada.
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A partir de ese momento, las relaciones con el país del norte fueron de mal en peor, ya que se sospechaba de una secreta relación comercial de Argentina con Alemania y Japón.

Estados Unidos recurrió a Gran Bretaña para convencer a los argentinos de alinearse, pero los ingleses no cedieron a las propuestas de imponer sanciones económicas a nuestro país.
Finalmente, el 26 de enero de 1944, el gobierno del General Pedro Ramírez decidió romper relaciones diplomáticas con Alemania y Japón, por el aislamiento internacional del país y por el temor a las sanciones económicas. A Ramírez se le cayó la estantería encima: gran parte de sectores nacionalistas que lo apoyaban dieron un paso al costado, los proaliados no quedaron conformes y el frente interno militar, fogoneado por Perón, hizo el resto. Fue reemplazado el 25 de febrero por Edelmiro J. Farrell.
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A los norteamericanos la ruptura de relaciones no los conformó y decidieron no reconocer a Farrell, al considerarlo “totalitario”. Además, sostuvieron que los que derrocaron a Ramírez eran elementos “pro Eje”, descontentos por la ruptura de relaciones con Alemania.

Estados Unidos decidió adoptar medidas para aislar al país porque estaba convencido de que el poder gobernante amenazaba la solidaridad continental. Para mediados de 1944, muchos de los países habían retirado sus representaciones diplomáticas, y el embajador argentino en Washington, Segundo Storni, fue llamado por el gobierno.
El presidente Franklin Roosevelt presionó al primer ministro inglés Winston Churchill para que retirase a su embajador en Buenos Aires, y éste lo hizo de mala gana. Es más, el embajador inglés les aclaró a Farrell y a Perón que se iba por presiones de los Estados Unidos. Confesó que Gran Bretaña no quería romper relaciones con nuestro país, proveedora de carne que consumía el trabajador británico, y quería resguardar sus inversiones en el país. Es más: pretendían mantenerse como principales socios y evitar el expansionismo comercial norteamericano.
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Algunos analistas sostuvieron que la velada intención de Estados Unidos era hacerlo caer a Farrell, pero el plan se frustró cuando Chile, Paraguay y Bolivia reconocieron al gobierno argentino.
El historiador Page reveló que Perón envió emisarios a Estados Unidos con mensajes tranquilizadores, que incluían planes para que el país tuviera en el corto plazo un gobierno constitucional.
En un encuentro secreto entre Perón y Norman Armour, embajador norteamericano, éste le pidió que sugiriera una lista de medidas que llevasen a la ruptura con el Eje, pero Perón le respondió que si lo hacía, admitiría actuar bajo la tutela del gobierno norteamericano.
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El Departamento del Tesoro congeló los depósitos en oro de Argentina, los puertos de nuestro país fueron declarados zonas prohibidas para buques norteamericanos y se recortaron las exportaciones, lo que provocó que Gran Bretaña, Sudáfrica y otros países americanos aumentasen su comercio con nuestro país.
Estados Unidos denunció que Argentina se convertiría en un asilo de criminales nazis y que el gobierno era fascista. A los norteamericanos esa campaña les salió el tiro por la culata porque hizo que Perón apareciese como el que le ponía un freno al imperialismo yanqui.
El gobierno argentino contraatacó, denunciando ante la Unión Panamericana que en América se estaban creando divisiones que eran incompatibles con el espíritu de fraternidad. Pidió una reunión de cancilleres americanos para analizar la situación que se había planteado.
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Estados Unidos, sorprendido con la movida, instruyó a sus embajadores que persuadiesen a los cancilleres de no tratar el tema propuesto por Argentina.
Algunos países intentaron poner paños fríos, como Colombia, Ecuador, Uruguay y Venezuela, que apoyaban al país, mientras en la vereda de enfrente se ubicaban Brasil, Cuba y Perú.
Estados Unidos presionó para que Argentina no participase, cosa que se logró. La conferencia se celebró el 22 de febrero de 1945 en el Palacio de Chapultepec.
Cuando se trató el caso argentino, se aprobó una declaración en la que amonestaba a Argentina por no tomar las medidas correspondientes. Y formulaba sus votos para que Argentina prestase su conformidad y adhesión a los principios y declaraciones de esa conferencia.
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Argentina declara la guerra a Alemania
El gobierno argentino, con la intención de romper el aislamiento en el que estaba y poder participar de la Conferencia de San Francisco -donde nacería la ONU - decidió entonces declarar la guerra al Eje el 27 de marzo de 1945.
A esa altura los aliados, luego de derrotar a los alemanes en las Ardenas, habían cruzado el Rin, mientras que los soviéticos avanzaban a toda marcha por Polonia y estaban a pocos kilómetros de Berlín.
A través del Decreto 6945, el gobierno declaró, por un lado, la guerra al Japón, y por otro a Alemania, y anunció que adhería al acta final de Chapultepec.
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En un mensaje al país, el presidente Farrell dijo que la medida obedecía a una solidaridad con los países del continente, ya en guerra con el Eje. Aseguró que la guerra en el Pacífico afectaba a los países americanos. Declaró que “todo el esfuerzo se encamina hacia la paz, la libertad y la justicia. Al aceptarse la invitación a suscribir el acta final de la Conferencia de México, se confirma que cada Estado es libre y soberano y ninguno podrá intervenir en los asuntos internos o externos de otros”. Manifestaciones de nacionalistas por las calles de Buenos Aires gritaban “Patria sí, guerra no”.
Según consigna Félix Luna, Perón le había confesado que, a esa altura, no se podía mantener más la neutralidad, y contó que se había reunido con algunos amigos alemanes que lideraban la colectividad en el país, y que les dijo: “Vean, no tenemos más remedio que ir a la guerra, porque si no, nosotros y también ustedes vamos a ir a Nuremberg. Declaramos la guerra a Alemania pero, ¡claro!, fue una cosa puramente formal."
Un mes después, Adolf Hitler se suicidaba en su búnker en Berlín y el 8 de mayo Alemania capitulaba. Se produjeron incidentes callejeros en Buenos Aires cuando se festejaba la caída de la capital alemana.
El 4 de abril, Argentina firmó el Acta Final de la Conferencia de Chapultepec. Cuando sorpresivamente murió el presidente Roosevelt, volvieron a tomar fuerza en la Casa Blanca los funcionarios más antiargentinos.
Al mes siguiente, en nuestro país se dio a conocer el Estatuto de los Partidos Políticos y en julio el gobierno anunciaría la convocatoria a elecciones. Otra guerra sobrevendría, de la que Perón saldría más que fortalecido.
Fuentes: Juan Archibaldo Lanús – De Chapultepec al Beagle – Tomo I; Joseph Page – Perón. Primera parte (1895-1952); Félix Luna – El 45
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