
Hubo voces que definieron la identidad del tango en Buenos Aires, y la de Edmundo Rivero siempre ocupó un lugar singular. Con un registro grave y poco común, Rivero se convirtió en referente del género desde sus primeras presentaciones en la década de 1930. Su manera de cantar, pausada y precisa, transformaba cada interpretación en un acto de intensidad emocional, acercando la poesía del tango a públicos de todos los barrios y generaciones.
Nacido en 1911, Rivero desarrolló su carrera como cantor y guitarrista, y brilló como figura central en la orquesta de Aníbal Troilo durante los años cuarenta. Su estilo austero, su voz profunda y su presencia escénica imponente lo consolidaron como un símbolo porteño. En 1969 fundó El Viejo Almacén, un espacio que se volvió refugio y santuario para el tango en Buenos Aires.
Redefinió la interpretación del tango con una poética de barrio, de nostalgia y de ciudad que sigue latiendo en cada nota, en cada frase, en cada palabra cantada. Su voz de bajo, profunda y varonil, rompió con los moldes de su época para otorgarle al género una crudeza emocional sin precedentes, convirtiéndose en el máximo guardián del lunfardo. Murió el 18 de enero de 1986 a causa de una insuficiencia cardíaca, dejando un vacío que solo puede llenarse volviendo a escuchar su emblemática versión de Sur.
La infancia en Valentín Alsina y una voz sin igual
Leonel Edmundo Rivero nació el 8 de junio de 1911 en Valentín Alsina, un barrio donde el pulso fabril se mezclaba con el latido del suburbio, y que más tarde marcaría su sensibilidad artística. Solía contar que su bisabuelo materno, Lionel, de origen inglés, había sido lanceado por los indios pampas a mediados del siglo XIX. De él heredó el pelo rubio y el primer nombre, completando así la identidad que lo acompañaría toda su vida.
Cuando llegó al mundo, supieron que tenía acromegalia (enfermedad rara endocrina crónica, causada por una secreción excesiva de la hormona del crecimiento), una condición que, en la adultez, definió sus facciones marcadas, su estatura y, en parte, la profundidad de su voz. Siendo aún muy pequeño, la familia se trasladó al pueblo de Moquehuá, en la provincia de Buenos Aires, cuando su padre, empleado ferroviario, fue designado jefe de la estación local. Allí, Edmundo enfermó gravemente y, ante la falta de diagnóstico, su padre renunció y regresaron a la capital, donde finalmente pudo recuperarse.
En Buenos Aires, los Rivero se instalaron en una casona de Saavedra, en la esquina de Av. del Tejar y Manuela Pedraza, junto a los abuelos. Más tarde vivieron en distintas casas del barrio, en calles como Tronador, Cramer, García del Río y Juana Azurduy. Entre esos patios y habitaciones, Rivero descubrió la música: los valses, las zambas y los tangos que sus padres interpretaban llenaban la casa. Su tío Alberto le enseñó las primeras notas en la guitarra, y en la primaria del Colegio Molinari debutó recitando versos del Martín Fierro durante un acto patrio, dando sus primeros pasos como artista.

Durante la adolescencia, su curiosidad por el lunfardo creció. Aprendió las primeras palabras de su tío y luego se adentró en los aguantaderos de Saavedra, donde escuchó el lunfardo más crudo y encriptado, el que circulaba entre malandras y vecinos del barrio. Esa conexión con la calle y sus lenguajes clandestinos enriquecería su estilo, haciendo de su voz un instrumento que hablaba al corazón de la ciudad. También estudió música clásica, técnica vocal y composición.
A los 18 años, Rivero ya era un guitarrista conocido en el barrio y tocaba en bodegones y bares como El Cajón, cerca del puente Saavedra, un refugio de payadores, carreros y personajes del arrabal. Tras esa escuela callejera, inició estudios formales de canto y guitarra clásica en el Conservatorio Nacional de Música, mientras acompañaba a cantores locales y, más tarde, a figuras como Nelly Omar.
En 1932, cumplió con el servicio militar en el Regimiento de Granaderos a Caballo “Gral. San Martín”. Esa experiencia, contó, le dejó el uniforme, la disciplina y la camaradería, que marcaron su carácter, aunque su corazón siempre latió al compás del tango y del arrabal.

La consagración: Troilo, las noches porteñas y el nacimiento del mito
El gran salto de Rivero llegó en los años cuarenta, cuando Aníbal Troilo lo convocó a su orquesta. Pichuco buscaba una voz capaz de enfrentar la densidad poética del tango de su tiempo, y Rivero era eso: espesor, gravedad, dramatismo. “Vos no cantás, hermano… vos sangrás", le dijo Troilo y no hizo falta más... Con él, cada tango se transformaba en un diálogo entre cantante y orquesta; cada pausa, cada silencio y cada respiración eran parte de una arquitectura emocional que hacía del tango algo solemne, intenso y profundamente porteño.
Pero antes de esa consagración, Rivero aprendió a conquistar al público a fuerza de perseverancia. Apoyado por su tío músico, recorrió bares, boliches y cafés con su guitarra —su infaltable “viola”—, musicalizando películas mudas en cines del barrio y acompañando a cantores de géneros diversos, desde Nelly Omar hasta Agustín Magaldi. A veces la audiencia reaccionaba con indiferencia o incluso con enojo. Rivero recordó en una entrevista cómo, al cantar por primera vez en la película Resaca, los espectadores golpeaban el piso y protestaban porque no estaban acostumbrados a escuchar voces. Lo repitió el día siguiente y fue despedido... Pero él no se rindió: cada tropiezo fue un aprendizaje, cada fracaso un peldaño hacia su estilo único.
En esos primeros años también formó dúo con su hermana Eva, haciendo conciertos para Radio Cultura y participando en emisiones de radio Brusa y radio Buenos Aires. Tocaban música española, clásica o lo que el día exigiera, a veces sin más remuneración que un trueque. Su primer sueldo artístico fue, según contaba con humor, un pescado a elección del artista.
Entonces, llegaron los años 40 y Troilo; y la historia cambió de golpe. Su primer baile en el Tigre fue un impacto para él, cuando el bandoneonista le indicó “Ahora usted, Rivero…”, los aplausos parecían extraños, exageradamente largos, casi burlones. Y cuando Edmundo empezó a cantar, la pista se silenció y el público se acercó al palco... lejos de calmarse, comenzaron a gritarle y tirarle cosas. ¿Qué les ofendía? La voz grave de Rivero, a la que no estaban acostumbrados...

Troilo, ya inseguro porque supo que la audiencia se estaba mofando, le recomendó a Rivero que bajase del palco, pero “El Feo” (apodo que tomaba con gracia) seguro de sí mismo, bromeó: “Ah, pero a mí en los bailes siempre me aplauden así”. Aquella confianza marcó el inicio de una alianza artística indestructible.
Pese a eso, no todos los músicos de la orquesta recibieron bien su presencia: algunos intentaban sabotearlo, quitarle el micrófono o hablar mal a sus espaldas. Pero Troilo lo protegió, admirando en Rivero una voz que trascendía mezquindades y rivalidades. Su estilo austero y su porte imponente lo convirtieron en un símbolo del tango porteño y en una figura indispensable de la noche de Buenos Aires. Fue parte de esa orquesta hasta 1950, cuando inició su carrera solista.
A fines de los años cuarenta, Rivero ya era reconocido como una de las voces mayores del tango. Participó en películas como El cielo en las manos (1949) y Al compás de tu mentira (1951), y en 1952 registró uno de sus sencillos más recordados, “Cuando me entres a fallar”. Más tarde, en 1969, fundó El Viejo Almacén, espacio que se transformaría en un santuario para el tango, consolidando su rol de guardián del género y de la poética porteña que tanto lo definía.

Encuentros que marcaron su arte
El encuentro entre Rivero y Jorge Luis Borges representó la fusión definitiva entre la erudición de la biblioteca y el barro del arrabal. Ese vínculo alcanzó su punto máximo en 1965 con la grabación del álbum El Tango, donde Rivero se convirtió en el vértice de un triángulo creativo sin precedentes junto a la música de vanguardia de Astor Piazzolla. Bajo la dirección de Piazzolla, su voz de bajo dio vida a las milongas borgeanas, transformando en seres de carne y sombra a los cuchilleros y guapos que poblaban la literatura del escritor. Aunque Borges prefería la sencillez de la milonga silbada, este disco rompió esa distancia: la literatura de élite y la modernidad sonora se encontraron, sellando una complicidad intelectual que acompañaría a ambos hasta 1986, año en que Rivero y Borges partieron, dejando huérfana a la cultura argentina.
Sin embargo, la historia artística de Rivero no se explica sin Horacio Salgán, su verdadero “padre musical”. En una época donde las orquestas buscaban voces agudas y brillantes, Salgán tuvo la visión de rescatar a ese joven de registro cavernoso que otros directores consideraban “antidichoso”. Bajo su ala, Rivero comprendió que su voz profunda no era un defecto, sino una virtud y su sello inconfundible. Fue gracias a esta confianza que más tarde floreció junto a Troilo, dejando grabadas piezas como el himno Sur, que consolidaron su lugar en la historia del tango.
Más allá de sus alianzas con los grandes maestros, Rivero cultivó un compromiso íntimo con el lunfardo, al que defendió como un idioma con gramática propia. Como un arqueólogo de las palabras, rescató términos populares destinados al olvido, integrándolos en sus letras y grabaciones con una precisión y respeto que lo convirtieron en referente de la Academia Porteña del Lunfardo. Por eso, no fue solo un intérprete sino que se erigió como guardián de la memoria lingüística de Buenos Aires, asegurando que el pulso de la ciudad siguiera latiendo en cada frase cantada, en cada tango que su voz hizo eterna.

El tango como casa: los últimos años y el legado eterno
Por el escenario de El Viejo Almacén pasaron leyendas, músicos jóvenes, poetas, bohemios, turistas y porteños que buscaban un lugar donde el tango todavía respirara auténtico. Rivero lo sabía: el tango necesitaba una casa y él se la dio. En el mientras tanto, su carrera solista continuaba y grabó discos memorables, interpretó tangos clásicos y contemporáneos, y llevó su voz a escenarios de América y Europa.
Su prestigio no siempre le jugó a favor: en 1977 fue convocado para viajar a Venezuela como parte de la comitiva que acompañó al dictador Jorge Rafael Videla en visita diplomática, con la excusa de que su presencia servía para validar la “identidad nacional” en el exterior. Aunque nunca se expresó sobre ese viaje, los estudiosos de su vida destacan que mientras participaba en estas comitivas oficiales, Rivero popularizó el tango Bronca (con letra de Mario Battistella), cuya letra es una crítica feroz a las injusticias sociales, la corrupción y los abusos de poder. Muchos seguidores interpretaron su decisión de cantar este tema como una forma de resistencia o de expresar el descontento popular “entre líneas”.

Años más tarde, en diciembre de 1984, asistió a un homenaje a Carlos Gardel en la Quinta Presidencial de Olivos. Allí, el presidente Raúl Alfonsín, admirador de su arte, celebró efusivamente su actuación. En 1985, Rivero recibió el Premio Konex de Platino como Mejor Cantante Masculino de Tango, un reconocimiento merecido a toda una vida dedicada al género.
El 24 de diciembre de 1985 sufrió una miocardiopatía que lo dejó internado durante tres semanas en el Sanatorio Güemes. Falleció el 18 de enero de 1986 a las 10:35 horas, dejando un vacío imposible de llenar.
Con más de 700 canciones registradas y al menos 23 álbumes de estudio, entre ellos antologías de lunfardo y colaboraciones históricas con Borges y Piazzolla, su voz de bajo se desplegó en toda su magnitud. Aunque su paso por la orquesta de Troilo fue breve, dejó 22 piezas maestras, incluyendo himnos como Sur. Durante su etapa solista convirtió cada grabación en un documento vivo de la identidad porteña, en un canto que sigue resonando, inmutable, eterno.
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