
(Enviado especial a Pinamar) En La Frontera, la extensa playa virgen al norte de Pinamar, la mezcla de velocidad, vehículos todoterreno y falta de precaución genera cada temporada numerosos incidentes graves, a menudo evitables. Aunque existen corredores seguros señalizados por la Municipalidad, muchos conductores ingresan igual a áreas restringidas, lo que aumenta los riesgos.
El escenario se complica por la topografía —médanos altos, valles ciegos, viento impredecible— y la cantidad de participantes que, alentados por la adrenalina, circulan a alta velocidad o entregan el control a conductores menores de edad, incluso sin el equipo de protección requerido.
La preocupación latente se transforma en angustia concreta con episodios como el accidente que dejó gravemente herido a Bastián, el niño de ocho años que permanece internado en la Unidad de Terapia Intensiva del Hospital Comunitario de Pinamar. Afortunadamente, el último parte médico indicó que presenta una leve mejoría.
Testimonios recabados por Infobae revelan la cotidianeidad de prácticas peligrosas y una percepción generalizada de impunidad ante la falta de controles efectivos dentro de La Frontera.
Álvaro Romero, quien trabaja en la zona hace varias temporadas, relató: “Esta es mi cuarta o quinta temporada trabajando acá. En este tiempo, prácticamente todos los días se escuchan choques o accidentes. En años anteriores, todos los días entraban la ambulancia y los bomberos a buscar gente que chocaba".

Relatos del riesgo en La Frontera
Otra voz consuetudinaria de La Frontera es la de Iván, trabajador local en la zona de la banana, quien describió a Infobae el predominio de la búsqueda de emociones fuertes: “Lo que más se busca es la adrenalina. Si bien hay quienes disfrutan la playa, ponen un gazebo y preparan algo para comer, la mayoría viene a correr en la arena o incluso en el agua, especialmente con motos. La adrenalina es lo principal. Mayormente la gente circula sin casco, incluso haciendo wheelies o maniobras peligrosas. Se ven muchos menores, claramente muy chicos, manejando vehículos de alto porte, como UTV o cuatriciclos de alta cilindrada". La observación de menores de hasta doce años conduciendo motos de gran potencia, como la CRF 450, se repite en la descripción de los habituales de la zona.
Para las familias, el panorama no es menos inquietante. Grupos familiares y jóvenes llegan temprano en sus vehículos, se instalan frente al mar y estacionan fuera de los sectores autorizados. Se observa la costumbre de entregar el volante a menores, la circulación sin casco es habitual, y, en algunos casos, los adultos sostienen a bebés mientras conducen. El uso de antenas reglamentarias —obligatorias para cuatriciclos y UTVs, según la normativa local— es una excepción en el panorama cotidiano, a pesar de los riesgos de visibilidad que implica la ausencia de estos dispositivos de seguridad.
La normativa vigente en Pinamar exige que cada conductor de cuatriciclos y UTV utilice casco, posea licencia específica, demostración de titularidad y seguro vigente, además de que el vehículo esté equipado con una antena de dos metros con banderín. Las infracciones son sancionadas conforme a la Ley Nacional de Tránsito.

Sin embargo, el cumplimiento es irregular, tal como subraya Gastón Flores, vecino de General Madariaga, quien señaló a Infobae: “En los últimos años suele haber controles en la entrada a La Frontera, pero por acá solo pasa a veces un móvil y no he visto que paren a nadie”. Flores reconoció la importancia de la protección personal: “Lo fundamental es usar casco, pechera, antiparras, botas, todo lo necesario para protegerse. Así, muchas de las cosas que pasan no sucederían. Pero también es cierto que no hay un control estricto, nadie te dice ‘no andes rápido’, porque acá cada uno hace lo que quiere”.
En el mismo sentido, Romero recalcó la ausencia de controles efectivos en el interior del predio: “Controles hay, pero solo en la entrada. Acá adentro lo máximo que pusieron fue un dron, pero más allá de eso, no hay control de nada y cada uno hace lo que quiere”. Esta situación, sumada al volumen de tránsito y a la topografía accidentada, convierte a La Frontera en un espacio vulnerado por la anarquía vehicular, más allá de los ocasionales puestos de control municipal.
El ambiente dista de la austeridad habitual de las playas urbanizadas. La Frontera, situada en el límite norte del partido y extendida hacia la Ruta Provincial 11 —frontera natural con General Madariaga—, aglutina zonas de costa familiar y sectores donde se concentran las carreras y la presencia de alcohol y conductas temerarias.
Según describe Facundo González a Infobae, las precauciones individuales hacen la diferencia: “En cuanto a las precauciones para andar en camioneta o en alguno de estos autos, no hay problema mientras uses el cinturón y no hagas locuras. Vas despacio, sobre todo si hay menores, y no hacés nada raro; siempre hay que ir atado”. González distingue entre espacios seguros para la familia y zonas más riesgosas: “Es más complicado si vas a la olla; si andás por acá, casi nunca pasa nada. En la olla es más fácil cruzarse imprevistamente con alguien, hay un poco más de locura”.
Las intervenciones médicas ante los accidentes suelen determinar la gravedad de la situación. El caso de Bastián, el niño internado tras un choque entre vehículos, es paradigmático. El último parte del Hospital Comunitario de Pinamar destaca que “tras la intervención quirúrgica y desde su regreso del quirófano, no necesitó nuevas transfusiones de sangre”, aunque permanece bajo soporte inotrópico para estabilizar presión arterial y función cardíaca. Por la criticidad de su estado, los médicos descartan su eventual traslado a un centro de mayor complejidad.

El flujo de visitantes de La Frontera se compone de un público heterogéneo, desde adolescentes sin licencia hasta adultos experimentados, según relataron los entrevistados. González ilustró la diversidad: “Hay desde chicos que no tienen ni carnet hasta gente grande, porque me ha tocado verlo”. Esta heterogeneidad se refleja asimismo en las prácticas: mientras algunos buscan la tranquilidad de la costa, otros toman riesgos innecesarios, motivados por la emoción de la velocidad, la capacidad de los vehículos o la falta de regulación presente en ese “mundo aparte”.
La problemática se intensifica en determinadas franjas horarias, como afirman los testigos. Las jornadas de sol y temperaturas benignas congregan a cientos de personas que, en muchos casos, se manejan al margen de la normativa. La lejanía del núcleo urbano y la geografía del lugar refuerzan la sensación de espacio sin ley. Micaela Visconti, visitante habitual, expresó a Infobae: “Como no hay rutas o caminos marcados, cada uno va por donde quiere y eso puede hacer que se crucen autos. Por eso está bueno no ir a velocidades muy altas, para poder frenar si se cruza alguien de repente”.
Finalmente, persiste la percepción de que los accidentes fatales o los episodios de gravedad podrían condicionar el futuro de este espacio libremente disfrutado. Iván, el trabajador de la banana, lamentó: “Da lástima escuchar sobre accidentes o fallecimientos, porque por culpa de personas irresponsables se puede perder la posibilidad de disfrutar este espacio que, aunque no esté habilitado formalmente y sea todo un poco improvisado, es un lugar que se disfruta mucho”.

La dimensión multitudinaria de los visitantes resulta llamativa a la par que desafiante para la fiscalización. Las imágenes atestiguan el tradicional desfile de camionetas 4x4, carpas y gazebos apostados junto al mar en una suerte de convivencia entre turismo familiar y prácticas extremas. Los médanos conectan con el partido vecino y dibujan rutas de paso que, si bien están delimitadas en teoría, se diluyen en la práctica cotidiana.
El municipio de Pinamar estudia, además, la implementación de una Ecotasa para los vehículos que ingresen a La Frontera desde la localidad de Costa Esmeralda —ubicada dentro del Partido de La Costa—. El proyecto, pensado para financiar servicios públicos, sorprendió tanto a vecinos como a turistas, quienes calificaron como “insólito” el pago de un tributo para desplazarse entre dos puntos de la misma franja costera.
Algunos de los concurrentes, como Iván, reconocen que disfrutan más del lugar fuera de temporada alta: “Nosotros solemos disfrutar el lugar más en invierno, cuando no hay tanto desorden y es más tranquilo. En esa época viene gente de familia, que tal vez hace una travesía por los médanos, pero de manera tranquila, sin carreras ni el descontrol que suele haber en la olla durante el verano”.
Mientras tanto, la advertencia oficial busca combatir la percepción de impunidad. El municipio reitera la necesidad de cumplir con la normativa, aunque la práctica verifica una vigilancia intermitente. Los controles, tal como coinciden los testimonios, se restringen casi exclusivamente a los accesos; adentro, rara vez circulan los móviles municipales o la camioneta rotulada de Seguridad en Playas, y la vigilancia mediante drones no logra disuadir ni registrar la totalidad de las infracciones.

La consigna básica de seguridad —casco, cinturón, documentos y antena reglamentaria— convive con una realidad en la que los vehículos a menudo son conducidos por menores, circulan sin protección mínima y ocupan áreas no habilitadas para su tránsito. Facundo González se refirió al último siniestro: “Fue cuestión de suerte que subieron en un médano y no se encontraron despacio. No sé quién venía fuerte, si la camioneta o el otro vehículo”.
El fenómeno de La Frontera se explica así por un entramado de naturaleza desafiante, apetito por la adrenalina y normativas que, aunque claras, resultan débiles ante la magnitud del fenómeno. Gastón Flores lo sintetizó: “Cuando el día está lindo nos venimos, estamos acá nomás, así que venimos a pasar el día. El lugar tiene varias cosas: hay zonas muy tranquilas y otras donde están los chicos con toda la adrenalina y, bueno, pasan cosas”.
De este modo, el cóctel de imprudencia, falta de controles y una geografía propicia para la aventura mantiene vigente el ciclo de accidentes en La Frontera, al norte de Pinamar.
*Fotos: Pablo Kauffer
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