
Guillermo señala la diapositiva que llena el escenario. “Esta es Lilian, mi vieja. Debe haber juntado a toda esa gente que tiene alrededor para no salir sola en la foto”. En la pantalla, Lilian aparece sonriente en la escollera de un bote, rodeada de sombreros de ala ancha y gafas de sol. Una mujer expansiva, social, de esas que uno imagina siempre en ronda. Guillermo pudo terminar el secundario, estudiar arquitectura, construir una vida que su madre soñó antes que él. Y sin embargo —contó con la voz quebrada— recién de adulto entendió cuánto esfuerzo había detrás: cuando él de chico quedaba a cargo de una tía, no era porque ella se iba a pasear. Era porque se iba a limpiar los baños de la estación para seguir cuidándolo.
“Mi madre y sus amigas tenían un grupo de WhatsApp que se llamaba Las Perras —dijo—. Un día me pidieron: ya que sos arquitecto, ¿por qué no nos hacés unas casitas para ir a envejecer juntas?”. Lilian no llegó a verlo: murió sola y aislada durante la pandemia, como tantos y tantas. Pero el sueño de Las Perras sobrevoló esta semana la Usina del Arte de Salta, donde más de 400 personas debatieron cómo diseñar la nueva longevidad. El encuentro, organizado por Colmena Desarrollos, se llamó “Bienestar +50”, pero podría haber llevado otro título: ¿dónde, cómo y con quién vamos a vivir los próximos treinta o cuarenta años?
El auditorio estaba atravesado por esa pregunta. Participaron personas mayores de 50, especialistas en salud mental, gerontólogos, deportólogos, médicos, urbanistas, arquitectos y estudiantes. Esa mezcla dice mucho: la longevidad ya no es un tema individual ni una preocupación doméstica. Es un asunto urbano, económico y sanitario. Y también cultural: una generación que llega a los 60 distinta a todas las anteriores, con más años de vida por delante y menos modelos disponibles para habitarlos.
Colmena trabaja en los primeros proyectos de barrios comunitarios para mayores de 50 en Argentina. Están en Salta, pero hay otros en Mendoza, en la provincia de Buenos Aires. Las comunidades para envejecer entre amigos comienzan a ser un sueño hecho realidad. Arquitectos jóvenes diseñando espacios para la vejez de sus propios padres. No se trata solo de construir casas; se trata de imaginar un modo de convivencia. Una forma de responder a un fenómeno que ya no se puede negar: vivimos más y vivimos distinto. La longevidad dejó de ser un tema de especialistas y pasó a ser un diseño social.

Entre las historias que se compartieron en el encuentro estuvo la de Mateo Lanusse, miembro también de Colmena. Mateo es arquitecto y desarrollador, además de nieto de aquel presidente argentino de principios de los setenta. También llegó al diseño del cohousing por una historia personal, un camino que se repite. Su padre, militar retirado; su madre, apasionada de las plantas y los viveros. Una pareja proactiva, emprendedora, luminosa. Siete hijos desperdigados por el mundo. Hasta que un día los miró, los miraron con los hermanos, y de pronto entendieron estaban quedando solos, que la vida se les iba haciendo más pequeña. “Se estaban apagando”, dijo Mateo. Les quedaba tiempo, pero no red. Ese fue el impulso: armar un proyecto de cohousing, pero también acompañar a su madre a montar una huerta y un vivero que hoy abastece a toda la zona de Salta.
Mateo tenía en su mano un despertador: el que suena y suena avisándole a la generación que hoy ronda los cincuenta que es tiempo de comenzar a diseñar su propia vejez. Si vamos a vivir largo, hagámoslo con salud y felicidad.
Porque detrás de cada intervención reaparecía el diagnóstico que recorre silenciosamente a toda la región: la soledad no deseada. No como una anécdota personal, sino como un fenómeno demográfico y sanitario. Argentina —como toda América Latina— envejece rápido. Crece el número de personas mayores que viven solas, especialmente mujeres, y se deteriora la trama de convivencia familiar que antes funcionaba como red de contención. La soledad empieza a ser riesgo, no sólo malestar. Y la vivienda —tradicionalmente pensada en clave patrimonial— aparece como uno de los factores centrales del problema.
Las investigaciones acompañan esta preocupación. Una revisión sistemática publicada en 2023 mostró que los programas intergeneracionales —los que reúnen a niños, jóvenes y mayores en actividades regulares— reducen la depresión, fortalecen el sentido de pertenencia y mejoran el bienestar emocional de las personas mayores. Otra revisión, en Public Health Reviews, encontró que los modelos de cohousing y vivienda cooperativa se asocian con menor soledad, mayor participación social y más sensación de seguridad.

Los estudios cualitativos publicados este año van un paso más allá: muestran que la calidad del vínculo cotidiano —el vecino que toca la puerta, la amiga que comparte una comida, el espacio común donde se cruza la vida— pesa tanto como la calidad del edificio. La arquitectura no es solo hormigón; es también posibilidad de encuentro.
Europa lleva ventaja en este debate. En Países Bajos, la residencia Humanitas aloja desde hace años a estudiantes universitarios dentro de hogares para mayores, a cambio de horas de convivencia. En España, programas como ValènciaConviu ofrecen vivienda gratuita a jóvenes que acompañan a mayores que viven solos. El modelo francés We Share We Care ya tiene protocolos, perfiles y sistemas de seguimiento profesional. Ninguno de estos proyectos se piensa como beneficencio. Son descripciones de un problema real y soluciones que mezclan urbanismo, economía y salud mental.
En América Latina, las experiencias aún son incipientes, pero empiezan a multiplicarse. Desde proyectos comunitarios en Chile y Uruguay hasta iniciativas piloto de convivencia solidaria en provincias argentinas. Lo que se vio en Salta forma parte de esa ola: jóvenes diseñando viviendas para mayores; mayores pidiendo comunidad antes que metros cuadrados; especialistas poniéndole nombre a algo que siempre existió pero ahora se volvió urgente.
Y ahí aparece un concepto que atraviesa la discusión global: el dividendo de longevidad. Según el Global Roadmap for Healthy Longevity del National Academy of Medicine, una población que envejece con salud, apoyo social y oportunidades de participación genera beneficios económicos, culturales y sanitarios. Pero para que ese dividendo exista, hay que modificar la estructura social que rodea a la vejez: abrir posibilidades de trabajo flexible, garantizar accesibilidad tecnológica, rediseñar el transporte, crear viviendas adecuadas y fortalecer redes de cuidado.

El cohousing —bien entendido— no es una tendencia arquitectónica “simpática”: es una herramienta clave para activar ese dividendo. Porque promueve autonomía, colaboración, seguridad y participación. Reduce costos individuales y presiones familiares. Crea comunidad donde antes había aislamiento. Y, sobre todo, permite que las personas mayores sigan ejerciendo ciudadanía: no como objeto de cuidado, sino como sujetos que deciden cómo quieren vivir.
El mensaje que dejó el encuentro de Salta es claro: la longevidad no se hereda; se diseña. Y se diseña entre todos. No es solo responsabilidad del Estado, ni del mercado, ni de las familias. Es un nuevo capítulo de política urbana, salud pública, igualdad de oportunidades y cultura del cuidado.
Las generaciones que hoy cumplen 60 —la generación X, la primera que sabe que probablemente viva treinta o cuarenta años más— no quieren repetir viejos mandatos. No quieren ser carga ni destino. No quieren ser confinadas ni quedarse solas. Quieren elegir con quién vivir, cómo organizar la vida cotidiana, qué proyectos sostener, qué vínculos cultivar. Quieren comunidad.
Por eso, mientras Guillermo y Mateo proyectaban barrios cooperativos para la nueva longevidad, el auditorio entero parecía escuchar una idea que ya dejó de ser abstracta: vivir más puede ser una gran noticia, pero solo si esos años están acompañados. Porque el futuro no será de quienes acumulen patrimonio, sino de quienes puedan construir red.
Si el siglo XXI tiene un desafío urgente, es este: convertir los años ganados en vida vivida. Y eso implica revisar la arquitectura, la vivienda, el urbanismo, las políticas de cuidado y las creencias culturales que heredamos hace más de cien años.
La nueva longevidad no será un privilegio si logramos lo que ayer se vio en Salta: pasar de la pregunta individual —“¿dónde voy a vivir mi vejez?”— a la respuesta colectiva: vamos a vivirla juntos, en comunidad, con diseño, con propósito y con alegría.
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