Durante años, Marta Medrano creyó que aquel episodio había sido apenas una rareza dentro de sus guardias interminables. Una anécdota profesional más. Pero con el tiempo, y después de volver a escuchar el nombre de Yiya Murano en documentales, series y conversaciones en televisión y radio, entendió que quizá había orbitado mucho más cerca de la historia de lo que imaginaba.
“Las comía. Nadie se las quería recibir, pero yo sí”, recuerda ahora, entre risas que esconden un escalofrío tardío. Habla de las masitas y facturas que, en 2003, la mujer conocida como la Envenenadora de Monserrat le llevaba prolijamente envueltas en un paquetito con moño y lazo de color, cada vez que visitaba a su último esposo, Julio Banín, internado en el Sanatorio Colegiales.
Marta no era una enfermera improvisada. Se había recibido de Licenciada en enfermería, formada en la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF), con décadas de experiencia en internación general, cirugía, ostomía y piso clínico. Pero incluso para alguien acostumbrada al límite humano de cada guardia, aquello fue desconcertante.

“Cuando me dijo ‘las otras chicas no quieren recibir nada, viste las cosas que se dicen’, ahí me cayó la ficha”, cuenta. Aun así, las aceptó.
El día que apareció la visita más inesperada
Era 2003. Marta llegaba, como siempre, a tomar la guardia cuando una compañera la interceptó entre bromas:
—Hoy tenemos una acompañante VIP, la mujer de un paciente...
Ella sonrió. Sus colegas sabían que Marta siempre estaba muy informada sobre los casos periodísticos tanto de la actualidad como de los históricos, que le apasionaban esas investigaciones. Pero nadie la preparó para lo que estaba por ver. Solo cuando entró al cuarto lo entendió. “La miré y me di cuenta inmediatamente. Era ella”, dice. No hicieron falta presentaciones.
Murano —alta, de polleras largas, los inseparables anteojos gruesos que ampliaban su mirada y una corrección encantadora— estaba allí acompañando a su marido, internado por una intervención quirúrgica. Según Marta, él era Julio Banín, se acuerda que era ciego. Admite que la memoria, dos décadas después, puede confundir detalles. Pero no su sensación: “Era amable, seductora. Tenía algo… un encanto raro”.

El primer paquetito con masas
Al día siguiente, Marta apenas había llegado al piso cuando le avisaron:
—Te andaba buscando la esposa del paciente con facturas o masitas.
Cuando salió al pasillo, Yiya se acercaba con una bandejita envuelta en papel cristal y un moño de colores que brillaba.
“Aquí te traje para que tomes el café, Marta”, le dijo con ese tono suave que aún recuerda. Las demás enfermeras miraban de lejos. Ninguna tocaba nada. “No, nadie quería agarrar las facturas ni las masas. Yo las abrí”, recuerda y sonríe.
Yiya fue sincera en su manera indirecta: “‘Ninguna quiere —me dijo—. Viste las cosas que se dicen. No hay que creer todo lo que repite y repite hasta el cansancio la gente’”. Ahí, recién ahí, Marta conectó los puntos. “Me cayó la ficha: claro, hablaban de las muertes de sus amigas, había estado presa por eso”, admite.

La única que se las aceptaba
Mientras sus colegas rechazaban cualquier obsequio, Marta seguía aceptando los paquetitos. “Yo me las comía, las llevaba a mi casa, las compartíamos con mis hijos y mi marido. Pensaba, ‘¿por qué va a querer envenenarme a mí si no tiene ningún interés ni hay nada económico en el medio’”, dice, hoy, con buen criterio, una mezcla de incredulidad y alivio.
Ella misma se reía con una compañera, Tania, que la cargaba diciéndole que estaba loca. “‘No me va a venir a envenenar a mí, ¿qué tengo que ver yo?’, pensaba. Si no le debía plata ni ella a mí tampoco”, insistía Marta con razón.
Lo sorprendente para Marta no eran solo las masas ni las facturas: era la insistencia de Yiya, su educación impecable, su interés en charlar, su aparente vulnerabilidad. “Yo la veía casi como una mujer buena. Me daba pena. Tenía ese lado seductor que te envolvía”, confiesa hoy. Pero aclara algo más profundo: “Quizás mi costado de enfermera me impedía ver otras cosas. Uno tiende a tener misericordia. A humanizar, incluso cuando no debe”, reflexiona.

Los días en que la cárcel también habló
Años después, Marta comentaba aquella experiencia con una amiga. Pasaron más de quince. Y de pronto esa amiga dijo algo que abrió otra puerta:
—Mi mamá fue celadora de Yiya en la cárcel. La enfermera se quedó muda.
La celadora, según ese relato, recordaba a Murano como una presa sociable, educada, siempre prolija, amable, cordial y por supuesto seductora a más no poder. “Decía que ella repetía una y otra vez que no había sido. Tenía un discurso constante, muy firme”, rememora Marta. Ese contraste, la mujer amable que llevaba masitas contra la figura criminal que negaba todo, aún la intriga.
En ese tiempo, la enfermera llevaba una vida laboral intensa. Trabajaba turnos dobles, noches enteras sin descanso. “Hacía 16 horas seguidas. A veces volvía a mi casa, me bañaba y regresaba. Vivía en el sanatorio”, recuerda. Era una profesional de internación general en el Sanatorio Colegiales, antes de pasar a CEMIC, donde consolidó su carrera. Con tantos pacientes, historias y límites humanos, es natural que una persona quede grabada por encima de las demás. En su caso, esa figura avasallante fue nada menos que Yiya Murano.

Yiya, un poco de historia
Nacida en 1930, María Bernardina de las Mercedes Bolla Aponte de Murano fue detenida en abril de 1979, acusada de envenenar con cianuro a tres mujeres de su entorno: Nilda Gamba, Lelia Formisano de Ayala, y su prima, Carmen Zulema del Giorgio Venturini. Todas tenían relación directa con deudas de dinero que Yiya mantenía con ellas. El caso tuvo una enorme repercusión mediática. En 1985 fue condenada a 16 años de prisión por homicidio reiterado, agravado por el uso de veneno, y pasó por las cárceles de Ezeiza y Devoto. En 1995 salió con libertad condicional y vivió en el barrio de Once. Ya anciana, pasó sus últimos años casi recluida, con episodios en televisión que la mostraban lúcida, seductora y negadora. Murió en 2014, a los 83 años, en un geriátrico de Belgrano. Fue sepultada en el cementerio de la Chacarita. Su hijo Martín —con quien mantuvo una relación difícil, marcada por el resentimiento y el abandono afectivo— la sobrevivió, distanciado. Él escribió el libro “Mi madre, Yiya Murano”, en el que habla de su conflictiva infancia, describe haber sufrido abusos psicológicos y reconoce que su madre fue una asesina serial.
¿Qué quedó en Marta después de todo?
Hoy, a más de veinte años de aquellas jornadas de trabajo en el Sanatorio Colegiales, Marta repite los detalles como si todavía estuviera viendo a esa mujer alta, de pollera larga y anteojos gruesos, que avanzaba por el pasillo con un paquetito entre las manos. “La gente la despreciaba. Yo veía cómo no querían ni tocar lo que ella traía. Pero ella jamás se mostró débil. Estaba convencida de sí misma. Fuerte, segura, como avasallante”, la define.
Cuenta que a menudo, por las noches, cuando apoya la cabeza en la almohada, vuelve a pensar en eso. “Parecía una pobre mujer. Yo la veía así. Eso me confundía”, admite. Pero la evidencia la obliga a otra lectura: “Evidentemente tenía algo… una patología, un modo de seducir desde todos los lugares. Era alguien que no se quebraba nunca”, explica.

Marta no se envenenó. Su familia tampoco. Nadie resultó herido. Las masitas y facturas, al final, fueron solo eso. Pero para ella, como profesional de la enfermería, la historia quedó latiendo, como un recordatorio inquietante. “Hoy la cuento en el grupo de trabajo que encabezo con el que asistimos a domicilio a pacientes que nos necesitan, ya sea en enfermería general o aquellos que asistimos luego de haber pasado por el procedimiento quirúrgico llamado ostomía, y los nuevos colegas que se suman se sorprenden”, detalla.
Así, en un sanatorio donde cientos de pacientes pasaban sin dejar huella, Yiya dejó una marca distinta: la de una presencia que era amable pero inquietante, cordial pero recargada de contenido, seductora pero imprevisible. Marta lo resume de un modo que revela tanto prudencia como humanidad: “Más allá de lo que haya hecho, conmigo se comportó muy respetuosa. Nunca fue maleducada. Y yo cumplí con mi trabajo”.
Quizás por eso esta historia, que podría haberse perdido entre tantas guardias, sigue viva. Porque muestra algo que rara vez se observa: la intimidad mínima y doméstica de una criminal célebre con una enfermera que, sin saberlo del todo, aceptó aquello que nadie quería recibir.
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