
Tendría unos ocho años cuando experimenté mi primera traición. Jugaba con un gatito que no era mío. Había aparecido en la vereda, flaco, desconfiado, con ese aire esquivo y encantador que tienen los gatos cuando no saben si quedarse o seguir su camino. Yo quise acariciarlo. Él, al principio, pareció dejarse, ronroneaba, se cruzaba entre mis piernas. Hasta que, confiado y feliz con mi nuevo amigo, intenté abrazarlo y me rasguñó la cara. Un zarpazo seco, inesperado. Me dejó una marca de varios centímetros que me ardió y sangró un poco. Me quedé entre perplejo y enojado. ¿Cómo podía ser? ¿Qué le había hecho para que reaccionara así? En la emocionalidad de un chico de ocho años, esa marca significaba muchas emociones: rechazo, hostilidad, desconfianza.
La herida se fue en pocos días, pero la sensación de que me habían traicionado, no. Es sentimiento permaneció casi cuarenta años. Durante todo ese tiempo, cada vez que me cruzaba con un gato, me invadían un sinnúmero de emociones, todas negativas. Si podía los molestaba, los corría. Como si al hacerlo, el ocasional gato sufriera un poco lo que me había hecho sufrir aquel gatito.
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Hasta que llegó la pandemia, y con ella el encierro, el tedio, y ese deseo urgente de encontrar pequeñas alegrías. Fue entonces cuando mi hijo más chico me pidió tener un gato. Mi primera reacción fue un “ni loco”. Pero en su insistencia percibí que para él era importante, así que finalmente accedí.
No fue fácil resignarme a perder cierta libertad, poner redes en los balcones para que no se pudiera caer y matar, aceptar que rompiera algunos muebles. Adoptamos uno y al principio lo observaba como si fuera un enemigo disfrazado de mascota. Me costaba confiar. Pero con el tiempo algo me empecé a aflojar y la desconfianza recíproca fue desapareciendo. Jugábamos, nos buscábamos, a veces me rasguñaba, incluso más fuerte que aquel de mi infancia. Me dejaba algunas marcas. Pero yo ya no lo vivía como una traición. Era parte del vínculo.
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Hoy al recordar aquel hecho de infancia me pregunto: ¿por qué viví ese rasguño como algo terrible? ¿Por qué me aferré tanto tiempo a esa herida? ¿Por qué asumí ese arañazo como una traición imperdonable? ¿Por qué marcó mi conducta tantos años?
Lo primero que pienso es en la sensibilidad de un niño. Por eso la desproporción entre lo que pasó y cómo lo viví yo. También, viéndolo ahora a la distancia, me doy cuenta de algo incómodo: el rasguño fue la excusa perfecta para justificar el miedo a acercarme, a confiar, a que no me lastimen. Me dio licencia para quedarme a salvo, alejado, en control.
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Esta anécdota tan sencilla de mi niñez me resulta hoy una metáfora de la vida. A veces una herida pequeña es todo lo que necesitamos para convencernos de que es mejor no volver a intentarlo.
Porque si “me lastimaron” puedo justificar no confiar, no abrirme, no arriesgar. Porque si tengo una herida, tengo una razón. Y esa razón me protege. Me permite quedarme quieto, a salvo, cristalizado. Lo que no nos animamos a nombrar es que, muchas veces, esa herida es más útil que dolorosa. Nos evita el miedo más grande: volver a sentirnos vulnerables.
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Claro que esa protección tiene un costo alto: dejar de vivir. Congelamos emociones, evitamos relaciones, nos quedamos en zonas cómodas, seguras, por miedo a repetir un dolor que, muchas veces, ya no duele, pero nos pone “a salvo” de nuevos eventuales dolores. ¿A salvo?
¿Cuántas de tus heridas todavía te sirven para justificar el miedo que te impide entregarte, abrirte aún asumiendo el riesgo de salir lastimado? ¿Qué parte de ti necesita seguir creyendo que aquel rasguño fue imperdonable, cuando tal vez solo fue una forma torpe del otro de defenderse?
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¿Y si no se tratara de perdonar, sino de dejar de usar ese viejo dolor como escudo? ¿Qué heridas sigues necesitando para no tener que volver a confiar?
* Juan Tonelli es speaker y escritor. El texto es parte del libro “Un elefante en el living, historias sobre lo que sentimos y no nos animamos a hablar”. www.youtube.com/juantonelli
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