
Su sonrisa terminó suspendida en el aire un segundo antes del estallido. El set de Telefe, donde se grababa la comedia se transformó en una escena de guerra. Las cámaras, la escenografía, los guiones con gags divertidos quedaron a un costado. Nadie había previsto que ese 10 de julio de 1992 terminaría con un actor herido de gravedad, otro conmocionado y una vida que, pocos días después, se apagaría para siempre.
César Pierry sostenía una granada de utilería. Era para hacer una especie de broma. Tiraba de la espoleta, aparecía una especie de vapor y él hacía el clásico remate: “ya sé, es una bomba de humo”. Así estaba escrito. Su personaje era un torpe querible, uno de esos que la televisión argentina había aprendido a adoptar con ternura. Pero cuando tiró del anillo, el artefacto no lanzó lo que debía sino fuego. Y luego explotó.
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El estruendo sacudió el estudio. Pierry cayó al piso, su mano izquierda estaba mutilada. Tres dedos destruidos entre quemaduras y un baño de sangre. A centímetros, sus compañeros actores Fernando Lúpiz y Ricardo Morán quedaron paralizados. La ficción, en segundos, fue desplazada por una realidad cruda, irreversible.

Un luchador
Pierry tenía 37 años. Estaba en pleno rodaje de su salto más importante, con un contrato que le daba por fin protagonismo real. Y en cuestión de segundos, todo eso quedó reducido a dolor. Lúpiz sintió la onda expansiva como una patada brutal. “Me tiró al piso. No entendía nada. Cuando miré a César... no puedo olvidarlo”.
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Lúpiz además sufrió heridas visibles, pero también una más inquietante: una esquirla de metal se había incrustado cerca de su pecho, apenas a centímetros de su corazón. Fue intervenido días después. Si el fragmento hubiera sido más grande, alcanzado mayor velocidad o variado su dirección apenas, las consecuencias pudieron ser más graves. “Fue una lotería —recordó años más tarde—. Me tocó seguir. Pero es algo que me marcó para siempre”.
Aquellos minutos en el estudio fueron de desesperación absoluta. Técnicos y asistentes corrían en busca de ayuda. Nadie sabía exactamente qué había fallado. Los camarógrafos soltaban los equipos, algunos lloraban. Morán, que había estado a menos de un metro, no reaccionaba. Uno de los asistentes médicos del canal intentó contener a Lúpiz, que aún aturdido, se incorporaba con dificultad. “No lo podía mirar. Verlo así... tan destruido, fue insoportable. Era mi amigo. Mi hermano en la ficción”, expresó consternado su colega.
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César fue trasladado al Hospital Británico. Lo operaron de urgencia. Y luego tres veces más en menos de veinte días. Cada intervención buscaba evitar una infección, reconstruir parte de su mano y frenar el desgaste físico que avanzaba como una sombra.
Durante su internación, recibió a colegas, amigos, familiares. No siempre con la misma energía. A veces estaba animado, se reía, preguntaba por el rating. Otras, caía en largos silencios. Algunos testigos aseguraron que repitió una frase más de una vez: “No quiero que me operen más”. Una expresión inquietante, que sonó a cansancio, a presentimiento, o a ambas cosas.
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“Una noche entré y lo encontré con la mirada fija en el techo —relató un técnico del canal que lo visitó varias veces—. Me saludó apenas. Le pregunté si estaba bien y me dijo: ‘Va a salir todo bien, pero yo estoy cansado’. Nunca lo había visto así. Siempre tenía una respuesta rápida o un chiste. Esa vez, no”.

El 29 de julio entró al quirófano por cuarta vez. La cirugía duró siete horas. Nunca salió. Un paro cardiorrespiratorio acabó con su vida. Su muerte fue recibida con incredulidad. Esa misma jornada, los médicos intervenían también a Fernando Lúpiz, para extraerle la esquirla que, sin exageración, podría haberle perforado el corazón.
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La revista Flash no dudó en titular: “No me operen”. En páginas interiores, desarrollaban la idea de que César Pierry, de alguna forma, había intuido su final. Algunos familiares aseguraron que lo sintió desde la segunda operación: no estaba preparado para una cuarta. Era como si supiera que no volvería más.
Los inicios de Pierry
No era un improvisado. Se había hecho desde abajo. En su juventud alternó changas con clases de teatro. Comenzó en escenarios chicos de La Plata, luego en el circuito de revistas y musicales de Buenos Aires. Participó en obras como Calígula, Sugar, El mago de Oz y De aquí no me voy, entre tantas otras del under.
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No era el actor que se llevaba las tapas, pero tenía algo que no todos poseen: era querible. El público lo recordaba, incluso en papeles menores. Se lo notaba cómodo en la comedia, pero también sabía cuándo frenar, cuándo mirar distinto, cuándo conmover. Tenía oficio, intuición y una actitud generosa en escena.
En televisión había brillado en Matrimonios y algo más, donde formó parte de un elenco repleto de figuras. Y cuando llegó Detective de señoras, ya nadie dudó: tenía pasta para más. Esa serie, que mezclaba acción, humor y efectos especiales, fue un éxito. Su dupla con Fernando Lúpiz funcionaba a la perfección. Se entendían, se cuidaban en escena. Se notaba que disfrutaban lo que hacían.
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Gustavo Yankelevich, director artístico de Telefe, no tardó en armar un nuevo proyecto con ellos. Mi socio imposible era una comedia en clave policial, con situaciones delirantes, acción y personajes torpes pero adorables. A Pierry le ofrecieron algo que no había tenido hasta entonces: protagonismo, margen creativo, libertad para opinar en guiones. “Estaba feliz —contó su hermana, María Eugenia—. Decía que por fin lo trataban como alguien importante. Esos tiempos los vivió más que entusiasmado”.
La tragedia truncó toco
Después de la muerte, vinieron las preguntas. ¿Qué falló? ¿Fue negligencia, un accidente evitable o una cadena de errores? El responsable de los efectos especiales, Eduardo Cundom, quedó bajo la lupa de la prensa. “No hay día que no lo recuerde —dijo en 2006—. Me destruyó. Me enseñó que ningún efecto debe probarse por primera vez en el estudio. Ese error me persigue”.
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La causa judicial no avanzó. No se probó responsabilidad penal ni médica. Algunos hablaron de mala praxis en la última operación. Otros, de imprudencia en la preparación de la escena. Pero nunca se encontró una explicación concluyente. La muerte de César Pierry quedó suspendida en un limbo legal y emocional.
Mi socio imposible nunca se emitió. Las grabaciones fueron archivadas. Telefe no lo pensó dos veces. “No tenía sentido insistir —explicó años después un productor del canal—. Nadie estaba en condiciones de continuar. Fue como si todo se hubiera roto”.
César fue velado en su ciudad natal, La Plata, rodeado de familiares, amigos, colegas, seres queridos... La despedida fue íntima, sin cámaras, como él lo hubiese dispuesto. En su lápida, una frase sencilla: “Gracias por hacernos reír”.
Fernando Lúpiz volvió a trabajar meses más tarde. Con reservas. “No me resultó fácil —confesó en una nota años después—. Volvés, pero algo te falta. César no estaba más. Y yo no podía dejar de pensar que esa granada le explotó a él… pero podría haber sido yo”.
Con el paso del tiempo, se animó a contar un poco más. “Esa esquirla estuvo demasiado cerca. Me lo dijeron los médicos: si entraba un par de milímetros más, no llegaba a la ambulancia. Me lo dijeron con esas palabras. No es algo que uno pueda olvidar, por más que quiera”.
También contó lo que sintió en el quirófano: “Mientras me dormían pensaba en él. En lo que había pasado días antes. En cómo lo habíamos planeado juntos, cómo nos ilusionábamos con ese programa. Y de pronto, uno estaba muerto y el otro acostado, con una bala en el pecho. Porque eso era: una bala”.
Lúpiz nunca quiso sobreactuar su lugar en esta historia. Nunca dio entrevistas buscando lástima. Pero cuando habló, fue claro: “No se lo deseo a nadie. Estar tan cerca del final, tan de golpe, tan sin aviso... es algo que cambia tu manera de mirar todo”. Esa claridad deja una certeza incómoda: su nombre bien podría haber estado grabado junto al de César. El destino, o el azar, o el fragmento metálico que desvió apenas su curso, decidió otra cosa.
Aquella explosión, que todos recuerdan como la que se llevó a Pierry, también dejó marcada otra vida, la de Fernando Lúpiz, su íntimo amigo, un verdadero sobreviviente a la tragedia.
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