
Nunca más volvió a tocar un arma el ingeniero químico Horacio Aníbal Santos después de aquel mediodía trágico del sábado 16 de junio de 1990 cuando a los 42 años mató de un balazo en la cabeza a cada uno de los dos ladrones que le habían robado el estéreo de su Cupé Fuego. “Jamás hubiese querido estar en esa circunstancia y actuar así”, reflexionó décadas después ante su abogado, Eduardo Gerome. Pero ese día fatal terminó marcando su vida para siempre cuando decidió perseguirlos y hacer justicia por mano propia, un proceder que sigue abriendo y provocando discusiones e interminables polémicas hasta nuestros días.
Cómo fue el robo al ingeniero Santos
Santos estaba alrededor de las 11.30 horas acompañando a su esposa, la arquitecta Luisa López, mientras ella compraba zapatos en una galería de la calle Nueva York en Villa Devoto cuando escuchó que sonaba la alarma de su auto. Corrió hacia él y alcanzó a ver a uno de los dos delincuentes que sacaba medio cuerpo del coche y se llevaba el pasacasete. Maldijo porque según luego trascendió ya le había pasado lo mismo una docena de veces. Pero en esta oportunidad reaccionó con hartazgo.

Entonces decidió con su mujer a bordo seguir la Chevy dorada en la que huían Carlos González de 31 años, alias El Pollo, y Osvaldo Aguirre, de 29, conocido como El Topo. La persecución duró unas veinte cuadras, hasta que los superó y logró cruzarles el auto en la intersección de Pedro Morán y Campana. Luisa, presa del pánico, no pudo contener el alarido: “Nos van a matar”, expresó asustada. Los ladrones y Santos alcanzaron a cruzar las miradas. Luego uno de los criminales se agachó dentro de su vehículo. El ingeniero pensó que estaba buscando un arma y no dudó. Le acertó un disparo con un revólver calibre 32 en el cráneo a ambos y decretó el final de una locura que recién comenzaba.
Luego del tiroteo, en el espejo retrovisor de la Chevy modelo 74 podían verse colgados e intactos un rosario y un chupete. Uno de los delincuentes, quien iba al volante, yacía con la cabeza inclinada contra la ventanilla izquierda. El otro, con la boca entreabierta, la tenía sostenida por el apoyacabezas. El escenario era desolador.
Santos, vecino de la zona, llegó a recorrer algunas cuadras de contramano para regresar rápidamente con su mujer aterrorizada a su casa donde se descompuso. Un familiar los asistió y estacionó el auto que había quedado abandonado en la calle. Hasta que tiempo después llegó la policía. Y el ingeniero terminó detenido en la comisaría 45, ubicada en Mercedes y José Cubas.

La defensa de Santos
El ingeniero, que era un experto en el manejo de armas con prácticas de tiro incluidas, argumentó para defenderse que no recordaba nada. Su abogado, Eduardo Gerome dio detalles acerca de que entre él y sus familiares habían sufrido en una docena oportunidades esa clase de robos y que en ese momento su cliente estaba sobrepasado y cansado por las repeticiones de tantos hechos. Sostuvo además que atravesó un estado de amnesia luego de comenzar la persecución de los delincuentes que recién recuperó cuando volvió a su hogar. El juez Luis Cevasco que instruyó al principio la causa solicitó la opinión de especialistas que expresaron que el ingeniero sufrió una “momentánea alteración morbosa de las facultades”.
La acusación que pesaba sobre él era la de doble homicidio simple. Los primeros días preso los pasó en la cárcel de Caseros, pero por su estado de salud debió ser internado en el Instituto Cardiovascular de Buenos Aires, donde tiempo antes le habían colocado un bypass y venían controlando y monitoreando su evolución.
Luego, en julio de ese año, Cevasco lo liberó argumentando que con el informe que había recibido de los médicos que refería la momentánea alteración morbosa de las facultades antes mencionada no podía prolongar más la detención sin dictar la prisión preventiva, ya que era legalmente lo que había que hacer más allá de que no fuera su convicción. Pero estaba obligado a actuar a derecho. Mientras tanto, el expediente y la investigación siguieron su curso bajo la responsabilidad de otro magistrado porque Cevasco pasó a ser juez de sentencia.

En 1994 Santos fue sentenciado a 12 años de prisión por “homicidio simple reiterado”. Pero su abogado apeló la medida y logró un año más tarde que la Sala I de la Cámara del Crimen integrada por Carlos Tozzini, Guillermo Rivarola y Edgardo Donna revocara tal decisión y lo condenara a tres años de prisión en suspenso, considerando su conducta dentro de la figura penal de exceso en la legítima defensa. Por lo tanto jamás volvió a prisión.
El eco mediático del caso
Su caso recorrió los medios periodísticos con todo tipo de polémicas y hasta expresó su opinión el entonces presidente de la Nación, Carlos Menem: ”No sé cómo habría obrado en una situación similar. Tendría que haber estado dentro de su piel. Como abogado desde lo puramente técnico no estoy de acuerdo con la actitud del ingeniero. Es muy posible que haya actuado en defensa propia o estado de emoción violenta”, señalaba de manera textual frente al periodista Bernardo Neustadt en su programa, Tiempo Nuevo.
Mientras tanto, el abogado defensor siempre argumentó que “fue realmente imposible que Santos haya tirado a matar”, pese a la opinión de las familias de los asesinados que sostenían lo contrario. Por otro lado, la justicia civil resolvió en 2003 que Santos debía resarcir a los familiares de Aguirre. En primera instancia estableció un monto superior a 100.000 pesos, pero luego la Sala B redujo esa cifra a 20.000 alegando la responsabilidad que tuvo el ladrón en el hecho. En lo concerniente a González, el otro fallecido, se resolvió en forma particular.

A lo largo de los años, transcurrida semejante tragedia, Horacio Santos no quiso volver a tocar un arma y se alejó aún más del centro de la escena. En 2008 volvió a sufrir otro intento de robo cuando dos jóvenes entraron a su casa de Villa Devoto, pero el hecho se resolvió con la intervención de la policía que logró detenerlos. Con el tiempo la familia decidió mudarse al norte del conurbano bonaerense, intentando alejarse de los peligros de la gran ciudad.
Lo apodaron El Justiciero y el mote se mantiene hasta hoy, pese a que hay quienes lo siguen tildando de asesino. Su abogado siempre intentó dejar en claro que era un hombre común, asediado por las circunstancias que lo rodeaban: “Es un excelente padre de familia, buena persona, buen amigo, un tipo por demás tranquilo, que defendió lo suyo. Quien obra fuera de la ley es aquel que nos quiere sacar nuestras cosas. Les puedo asegurar que mi cliente no es un hombre violento, para nada”.
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