En Japón hay máquinas expendedoras que venden desde sopa caliente hasta ropa interior. Durante el año que vivió en la ciudad de Tokio, “Pancho” Ferreyra —un diseñador gráfico neuquino de 29 años— se cruzó con ella en cada rincón. Tanto en la ciudad como en el campo.
Esta lógica de consumo directo, sin contacto humano y disponible las 24 horas, ya forma parte del paisaje urbano japonés; tanto como los trenes bala o la invasión de carteles de neón en calles y avenidas.
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Pancho se instaló en la capital de Japón en el verano de 2024, cuando decidió que era tiempo de hacer una pausa en su carrera. “Sentía que estaba encerrado en la rutina”, contó. En busca de un giro, aplicó a la visa Working Holiday (una de las más accesibles para argentinos, según su experiencia) para tomarse un año sabático en el país asiático.

Llegó sin trabajo, buscó oportunidades por su cuenta y terminó consiguiendo empleo en el rubro de la construcción. Cinco meses después lo contrataron como guía turístico de Tokio, una experiencia que lo llevó a recorrer la ciudad en kartings junto a extranjeros y entrar en contacto con la cultura urbana de forma directa. Allí también conoció uno de los íconos del paisaje japonés: las máquinas expendedoras.
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En Japón hay más de 4 millones de máquinas expendedoras, según la Asociación Japonesa de Fabricantes de Expendedoras. Algo así como una máquina cada 30 habitantes. “Están en todos lados: estaciones de tren, paradas de colectivos, escuelas, barrios residenciales y rurales, hoteles y hasta esquinas alejadas de centros comerciales”, describió.
De hecho, en su primer empleo, descubrió que era habitual que se colocaran estas máquinas hasta en los accesos a las obras. “Era lógico. Los trabajadores hacen tres pausas diarias y tener ahí mismo la posibilidad de comprar una bebida caliente o fría. Termina siendo una solución funcional que también tiene sentido comercial”, explicó.
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Para Pancho, el aspecto más llamativo es la normalización de su uso y su presencia como parte de la infraestructura urbana: “Podés tener una en la puerta de tu casa y convertirla en un pequeño negocio. En ciudades más chicas se ve mucho eso: vecinos que alquilan o compran una máquina y venden productos propios, desde alfajores hasta salsas picantes o snacks exóticos a basa de insectos”, contó.
Durante sus recorridos por distintas ciudades, Pancho observó que la industria de máquinas expendedoras se diversifica. “Además de las marcas tradicionales, hay emprendedores que ofrecen sus productos artesanales. Vi una de alfajores hecha por un fanático japonés de Boca, que es muy conocido en Argentina. Otras vendían platos locales, snacks inusuales o merchandising de animé, como cartas de Pokémon o figuras coleccionables”, contó.
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También remarcó que hay máquinas especializadas, como las que requieren escanear un DNI para comprar alcohol o cigarrillos. “Tienen un sistema que valida la edad antes de permitir la compra. Todo automatizado. Japón tiene un nivel de desarrollo en esto que está muy por delante del resto del mundo”, enfatizó.

Al ser consultado sobre si las máquinas expendedoras son más caras que un comercio, Pancho lo descartó por completo. “La diferencia de precios es mínima, y en las tiendas, un mismo producto pueden costar algunos centavos menos. Sin embargo, mucha gente prefiere la máquina si la tiene más cerca”, ejemplificó.
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Estas tiendas, contó, cumplen una función distinta. “No es que las máquinas reemplazan a las tiendas, sino que son ideales para el consumo rápido y sin contacto con la gente”, comparó Pancho al hacer hincapié en que la cultura japonesa valora la eficiencia y el bajo nivel de fricción en las transacciones.
“No tenés que interactuar con nadie. Ponés tu tarjeta o tus monedas, apretás un botón y sale el producto. Es muy útil cuando estás apurado o simplemente querés evitar una fila”, comentó.
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Los productos que ofrecen estas máquinas son de lo más variado y hay algunos que resultan insólitos para el estilo de vida argentino. Están las más tradiciones, que ofrecen bebidas frías y calientes, platos de comida elaborados (se pueden pedir freezados), comida rápida, postres, frutas y verduras, flores, diarios y revistas.
También están aquellas que permiten comprar boletos de tren, entradas a eventos, tarjetas SIM, teléfonos celular o simplemente cargar tarjetas prepagas para el transporte.
En cuanto a las más impensadas se encuentran las máquinas para comprar huevos frescos, cangrejos vivos, anillos de compromiso, accesorios para lluvia (como paraguas o pilotos), cepillos de dientes, cápsulas con regalos sorpresa, amuletos o predicciones de la fortuna escritas en papel.
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Pancho contó que durante su estadía en Tokio, el producto que más consumió “fue el café en lata, especialmente en invierno”. En su caso, utilizó pocas veces las de comida: “No es algo que me atrajera demasiado. Prefería cocinar o ir a un local. Pero entiendo que para alguien que vive solo o llega tarde del trabajo, es una opción válida. Te salvan cuando no hay nada abierto”.
Uno de los aspectos más llamativos para este joven neuquino fue el grado de adaptación de estas máquinas al entorno, al tipo de usuario, y también a las estaciones del año. “En invierno, muchas de las máquinas que antes te daban bebidas frías, empiezan a ofrecer café, té y hasta sopas calientes. Lo mismo pasa en verano, cuando se llenan de helados”, explicó.
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Esta lógica de rotación estacional no es casual. Está diseñada para acompañar los ritmos del clima japonés, que puede ser muy extremo: inviernos con nieve en buena parte del país y veranos húmedos y abrasadores. En ese sentido, es común ver en las calles máquinas expendedoras de peluches que, al calentarse, ofrecen una fuente de confort térmico, especialmente populares entre adolescentes.

Para quienes no dominan el idioma japonés, el sistema no representa un obstáculo. “Todas las máquinas tienen la opción en inglés. Además, son muy visuales. Te muestran fotos o directamente el producto físico. Y los sistemas de pago son variados: aceptan monedas, billetes, tarjetas de crédito o la tarjeta Suica, que es como la SUBE argentina”, explicó.
Uno de los contrastes que más le impactó fue que estas máquinas no son “blancos vandálicos”, a diferencia de lo que ocurre en Argentina. “Están expuestas en la vía pública sin protección especial y nadie las vandaliza. No se le cruza a nadie romperlas o robarlas. No porque haya policías en cada esquina, sino porque culturalmente está mal visto. Es delito y también una falta ética fuerte. No hay cámaras vigilando cada máquina, simplemente no pasa”, aclaró.

Tras un año viviendo en Japón, Pancho volvió a su ciudad natal este verano. Aunque valora la experiencia, asegura que extraña un poco la cotidianeidad de cruzarse con las máquinas expendedoras en cada esquina, ya que en la capital de Neuquén su presencia es casi nula.
“Al principio te impactan, querés probar todo. Después se vuelven parte del paisaje. Pero siguen siendo un símbolo fuerte de lo que es Japón”, concluyó Pancho al resaltar en que estas máquinas no son solo una curiosidad pintoresca, sino símbolos silenciosos de cómo sus habitantes gestionan el tiempo, el espacio urbano y la experiencia del consumo.
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