
Cada mañana, Mónica Agoltti atraviesa los caminos de tierra que la llevan hasta uno de sus lugares favoritos, la Escuela de Frontera C.A.S N°12 de Monte Caseros, Corrientes, donde es maestra y directora. A su alrededor, el paisaje es una postal donde abunda lo verde: campos infinitos, eucaliptos que se mecen con el viento y dejan al paraje Totora extasiado con su aroma.
La escuela, que sólo tiene turno mañana, fue fundada hace más de 100 años, está en la frontera tripartita entre Argentina, Uruguay y Brasil, y es un punto de encuentro para niños que recorren algunos kilómetros a pie o en bicicleta para llegar a clase. “Los chicos viven a uno o dos kilómetros de la escuela. Caminan con sus familias o vienen en moto. El año pasado recibimos catorce bicicletas, y eso les cambió la movilidad”, cuenta la docente, con la satisfacción de quien sabe que cada pequeño avance hace la diferencia.
Cada 14 de marzo, se conmemora en Argentina el Día de las Escuelas de Frontera en homenaje a la creación del Programa Nacional de Escuelas de Frontera, establecido en 1972 con el objetivo de garantizar el acceso a la educación en zonas limítrofes del país. Estas instituciones cumplen un rol fundamental en la integración cultural y social de comunidades alejadas de los grandes centros urbanos, muchas de ellas con alta presencia de pueblos originarios y diversidad lingüística. Por eso, la fecha busca visibilizar la importancia de estas instituciones y el esfuerzo de docentes y alumnos que enfrentan desafíos particulares, como la lejanía, la falta de infraestructura y las dificultades climáticas.

Una pequeña escuela
La geografía no es el único desafío para las tres docentes y los 36 alumnos y alumnas que ingresan a las 7:20 y se retiran al mediodía luego de almorzar. Durante los veranos, el calor seco es abrasador, y las temperaturas a veces superan los 40 grados. En invierno, el frío se hace sentir con marcas térmicas que llegan a los 5 grados. Antes, en las aulas que eran precarias y de material liviano se sentía como un golpe.
“Era insoportable, en verano un horno, en invierno helado. Los chicos no podían aprender en esas condiciones”, recuerda la mujer de 52 años. Pero gracias a la ayuda de los padrinos del programa ACAS (que construye escuelas de frontera y desarrolla proyectos educativos) y de donaciones, la escuela logró ampliarse, sumando aulas nuevas y un jardín de infantes. “La educación depende de la comodidad y el bienestar de los chicos. Ahora pueden disfrutar un espacio más lindo y digno”, cuenta la docente correntina sobre la escuela de Totora, cercana a Bella Unión, Uruguay, y Barra do Quaraí, Brasil.
En ese contexto, la escuela no solo funciona como un lugar de aprendizaje, sino también como un centro de apoyo comunitario. Allí las niñas y niños reciben desayuno, almuerzo y la contención necesaria para sobrellevar la vida en una zona de difícil acceso. “Nosotros esperamos a los chicos con el desayuno. Sabemos que para muchos, la escuela no es solo un lugar para estudiar, sino donde encuentran su única comida del día”, dice Mónica.

El establecimiento, de categoría rural, fue evolucionando con el tiempo. “Cuando llegué, la escuela solo tenía una sola aula de material viejo y era de personal único. Hoy tenemos 36 alumnos en total y hemos conseguido ampliar las instalaciones”, dice con orgullo. Gracias a la colaboración de padrinos, lograron sumar una nueva sala para los alumnos de segundo ciclo y un jardín de infantes con más comodidades.
“Estamos tan agradecidos con quienes nos ayudan, porque sin ellos no podríamos haber logrado estas mejoras”, agrega sobre la escuela que fue fundada en 1917 por Cándida Silvera de Silva, quien comenzó el proyecto escolar dentro de su casa, en el campo de sus padres y lo llevó adelante durante 30 años.
Más tarde, en 1972, Cándida, que era la única maestra, dona el terreno al Ministerio de Educación y el gobierno provincial construye una escuela en durlok. Recién en 2017, con la llegada de A.CA.S se amplió en material hasta lograr la construcción actual.

“La seño Moni”, un pilar de la comunidad
Mónica no solo es directora, sino también maestra de grado. Su vocación, que prácticamente nació con ella, es inquebrantable. “Me gusta enseñar a los más chiquitos. Para una maestra, la mayor satisfacción es cuando leen y escriben sus primeras palabras”, dice con emoción la docente que cada día viaja 9 kilómetros para dar clases y organizar los detalles escolares.
En esta escuelita, que tiene a niñas y niños de Jardín de Infantes a Sexto Grado, la educación trasciende los libros y cuadernos para insertarse más allá: es un lazo de comunidad. Padres y vecinos colaboran con rifas y donaciones para mejorar el lugar, la interacción entre la treintena de familias es constante y la conexión entre ellos y las maestras es profunda. “No somos solo maestros, también ayudamos a las familias en lo que necesitan. Vemos sus realidades”, afirma.
El compromiso personal de Mónica con su escuela y sus alumnos también va más allá del aula. La docente recuerda un caso que la marcó: un alumno que fue diagnosticado con cáncer que fue derivado al Hospital Garrahan. “Todos nos unimos para ayudar a su familia, para que el nene pudiera estar con su mamá en Buenos Aires. Eso es la escuela de frontera: solidaridad, lucha y amor por nuestros chicos”, cuenta. La comunidad se organizó haciendo lo imposible para poder enviarle dinero, ropa y hasta un celular para que el niño pudiera mantenerse en contacto con el resto de su familia durante su internación.

Las escuelas de fronteras del programa ACAS reciben el apoyo de madrinas y padrinos solidarios que, año tras año, colaboran con materiales, útiles y regalos para los alumnos. “Nosotros tenemos una madrina que es de Amistad, Santa Fe. Se llama Mabel Angelucci y nos ayuda mucho porque entiende lo difícil que es sostener una escuela en una zona rural. Para ellos no es solo lo material, sino lo espiritual también. Nos mandan mensajes, videos, y los chicos sienten ese cariño constante”, dice agradecida.
Los desafíos continúan. La escuela sigue creciendo y con ella las necesidades. “Siempre estamos en busca de mejoras. El año pasado logramos que nos construyan un escenario para los actos escolares. Ahora estamos juntando fondos para instalar cámaras de seguridad”, detalla Mónica.
La maestra de vocación dejó todo de lado por su carrera. “Siempre quise ser maestra y renuncié a mi trabajo anterior, en un hospital, porque amo la docencia. Puedo decir con mis 52 años que soy docente por vocación”, dice orgullosa. Para ella, la escuela de frontera no es solo un espacio educativo, sino un símbolo de resistencia y compromiso en un rincón olvidado del mapa.
El camino a la escuela es largo y, a veces, difícil. Pero Mónica lo transita cada día con la certeza de que allí, en esa pequeña escuela rodeada de campo y de una comunidad que vive del trabajo agrícola y del cultivo de cítricos, está haciendo la diferencia.
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