
Una mujer consigue dos botellas de agua de esas que se llevan en la mochila. Otra, agua oxigenada. De un botiquín aparece algodón. Adolfo pone el brazo izquierdo: tiene 71 años y dos balazos de goma.
“En el momento me dolió. Pero lo que más me dolió fue que fue con saña: me dispararon a dos o tres metros, nada más”, le cuenta a Infobae. Los disparos policiales lo alcanzaron en Callao y Perón, una de todas las veces que, montados a sus motos, los agentes de seguridad apuntaron y dispararon, a veces contra cuerpos, a veces contra el suelo.
Este miércoles, la ya tradicional marcha de los jubilados que reclaman que sus haberes no sean de pobreza, que se prorroguen las moratorias para jubilarse y que se reintegre la gratuidad de algunos medicamentos, no fue solo de jubilados. Hubo jóvenes, hubo manifestantes de mediana edad, hubo barras de fútbol que llegaron solos con las camisetas de su club y hubo también hinchadas agrupadas y organizaciones de izquierda que llegaron hacia las 16 a la Plaza de los Dos Congresos.

“Nos fuimos de la plaza porque empezaron a volar piedras de algunas hinchadas, que se pecheaban con la Policía o la Gendarmería, y palazos o gases de las fuerzas de seguridad”, dice Elena, refugiada en la puerta de una cafetería cerrada a cualquier nuevo cliente. Falta poco para que escuche a las cientas de personas que se amontonan sobre Callao cantar que “el que no salta es un botón” y unos minutos más para que la Policía pase con sus motos, apunte y siga su marcha.
“No griten, no corran”, ruega Elena, que tiene 42 años y es docente. Vino a la marcha con su mamá jubilada: “Con mi marido la ayudamos, pero cada vez nos alcanza menos”, cuenta Elena.
Ana, su mamá, ahora le abraza la cabeza y le pide que se tranquilice. “Tranquila, no mires, no mires, están parados cerca, pero enseguida se van”, dice. Primero, sobre el grupo que insulta a la Policía, a sus madres y a sus hermanas. Después, sobre la Policía, que acelera, frena y vuelve a acelerar.
En el aire se respiran los gases lacrimógenos y el humo de dos contenedores que unos treinta hombres de mediana edad prendieron fuego.

Elena llora y trata de no correr, pero un poco corre. Se mete en un banco, uno de los pocos locales sobre la avenida Callao dispuestos a dar refugio a los manifestantes que intentan escapar de las corridas, del humo, del gas. “No tengas miedo”, le dice su mamá, e intenta que las dos aminoren el paso.
Carlos tiene la camiseta de Excursionistas y un cartel que dice “Basta”. “Yo vengo todos los miércoles, hoy vine con la camiseta. Sé que hay barras metidos hoy y que se puede poner feo. Pero a nosotros la Policía nos faja todas las semanas y yo aporté treinta años y cobro 450.000 pesos. No llego a nada, así que vengo igual. Si me pegan, es como todos los miércoles”, dice a Infobae, entre la angustia y la furia.
Cerca suyo, dos jóvenes de no más de 25 años arrancan pedazos del cordón de la vereda y los alistan para tirarlos contra las fuerzas de seguridad.
“Hay que matarlos a estos ratis hijos de puta”, dice uno de ellos, y tiran las piedras contra las motos casi a coro. Juntan maderas para prenderlas fuego y otro se acerca a un tacho de basura para hacerlo arder.

“Qué vergüenza, qué vergüenza, pegarle a un jubilado por dos pesos con cincuenta” cantan los manifestantes, y también “qué feo, qué feo, qué feo debe ser pegarle a un jubilado para poder comer”.
Las camisetas de fútbol van y vienen: Boca, River, Rosario Central, Racing, San Lorenzo, Defensa y Justicia, Deportivo Morón, Central Córdoba, Nueva Chicago, Argentinos Juniors y varias de la Selección con el número diez y un “Maradona” impreso en la espalda.
“Hay que ser muy cagón para meterse con los jubilados”, dice el cartel colgado de un antiguo colectivo, ploteado con imágenes de distintos momentos de la vida de Maradona. Es una frase de esas que convirtió en historia una vez que le preguntaron por los reclamos de los jubilados en los años noventa.
En la esquina de Callao y Corrientes, subido a un semáforo, un hombre escupe a la Policía. Una mujer tira un botellazo. Veinte policías subidos a diez motos apuntan a la multitud, hacen sonar los motores de sus vehículos, avanzan con sus armas largas por Corrientes y por Callao. A veces en contramano, a veces por la mano que va la calle. A veces con el tránsito cortado, a veces con el tránsito funcionando casi como si la escena fuera normal y no un caos.
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