
Nuestro recorrido nos lleva hasta el norte de América del Sur, más precisamente al encuentro de Colombia con el Océano Atlántico, en las costas caribeñas. Después de haber visitado Cartagena de Indias, una ciudad con mucho encanto, arribamos a Santa Marta, un sitio con no tantos atractivos, pero si, ideal como punto de partida para nuestro itinerario. En sus calles llegamos hasta las oficinas de una de las cinco agencias autorizadas para llevar personas hasta la Ciudad Perdida, un enclave redescubierto tiempo atrás en el medio de la selva y que aspira, con el tiempo, a erigirse como un competidor del sitio arqueológico de Machu Picchu en Perú.
Nos subimos a una combi y nos movilizamos durante aproximadamente una hora en dirección a la Sierra Nevada. Hacemos una escala y minutos después, luego de transitar por un camino de ripio, llegamos a la base de la excursión: el pueblito de Mamey, también conocido como Machete. Antes de partir, nos alimentamos, y sin perder un instante, nos ponemos en movimiento junto a un grupo bastante heterogéneo: nuestro guía colombiano, Carlos, con un bigote espeso y una sonrisa fácil, un traductor para los de habla inglesa y luego dos argentinos, un uruguayo, un mexicano, una inglesa, dos franceses, dos irlandeses y un polaco. Diferentes nacionalidades, pero un objetico común: llegar a lo más alto de la Sierra Nevada.

El trayecto nos muestra una pendiente que alterna tramos suaves con otros pronunciados, con frecuentes descansos donde Carlos nos explica acerca de la naturaleza del lugar y de los indígenas que lo habitan, algunos de los cuales divisamos y con los que intercambiamos unas pocas palabras. El sendero es angosto y en la primera parte nos sorprende al cruzarnos con algunas motos que nos obligan a apartarnos a un lado en su tarea de transportar a turistas a los que les cuesta movilizarse, o burros, que cumplen la misma función con la gente, además de otra adicional: acarrear la mercadería hacia las zonas altas más alejadas, en donde los vehículos de dos ruedas ya no tienen acceso. En el camino comemos sandías, conocidas por los lugareños como patillas, bananas, guamas machetonas, una especie de nutritivas semillas, a la vez que descubrimos granos de café, tan característicos de la región, e incontables plantas de marihuana, con sus flores desbordantes de amarillo, cultivadas por los residentes del lugar.
Sobre el atardecer llegamos a la primera escala del itinerario: las cabañas de Don Alfredo, un complejo con duchas y una gran cantidad de cuchetas y hamacas paraguayas que nos permiten recobrar energía durante la noche. El segundo día lo iniciamos junto con la salida del sol, listos para recorrer los quince kilómetros que nos separan de las próximas cabañas, las del Paraíso. Por supuesto que cada instante transcurrido va matizado con la desbordante información que nos proporciona Carlos acerca del rico entorno que atravesamos. El panorama que nos rodea no deja de asombrarnos por la presencia de un verde que se hace omnipresente variando sus tonalidades. El entorno selvático nos regala rincones en donde el paisaje se abre con vistas de cerros que se pierden en el horizonte y enseguida rincones ocultos que sólo permiten que aquello por observar apenas de distancie un par de metros. Hacia lo lejos, y a nuestro lado, hacia arriba y a ras del suelo, la naturaleza nos recuerda que en esta zona del norte colombiano la mano del hombre apenas interfiere en su exuberante escenografía.

La tercera jornada también exige que madruguemos, levantándonos aún de noche, a las cinco de la mañana, con el objetivo de llegar a la Ciudad Perdida con las primeras luces y poder obtener las imágenes del sitio despejadas de turistas. Cruzamos un río que no transporta mucha agua y comenzamos a ascender por el tramo final: 1200 escalones tallados en la piedra que nos depositan en la puerta del Parque Nacional de Sierra Nevada, escala en donde verifican nuestra documentación e inclusive en donde nos dan un pasaporte casero que certifica nuestra presencia en la zona.
Sin apuro, comenzamos a deleitarnos con lo que nos rodea. La Ciudad Perdida es muy grande, fue construida en el Siglo VII y habitada hasta el XVI, ocupando unas treinta hectáreas, de las cuales solo algunas están despejadas de la desbordante vegetación reinante. En su época de esplendor vivieron unas dos mil familias de los aborígenes del lugar, los Tayrona, cuyos rastros descubrimos a cada paso. Desciframos un mapa, tallado en una piedra inmensa y los restos de las viviendas, distribuidas de acuerdo a las distintas jerarquías sociales.

Llegamos hasta la parte más alta, punto desde el cual disfrutamos de una increíble vista de todo el entorno de la Sierra Nevada, matizada con los centenarios restos arqueológicos de las construcciones tayronas. Terrazas, muros, plataformas, centros ceremoniales, construcciones para almacenamiento, desciframos cada rastro de la presencia humana a través de los siglos, con el desbordante verde que enmarca su alejada ubicación de la zona costera y de los modernos sitios urbanos. Nos sentamos bien en lo alto y permanecemos en silencio. No hacen falta las palabras. El silencio que nos rodea parece tener mucho por decir.
Redescubierta recién en 1977, apenas comienza a asomarse al mundo moderno. La Ciudad Perdida, el Machu Picchu colombiano.
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