
Partiendo desde Ammán, la capital de Jordania, planeamos un día de visitas en una región muy cercana a la ciudad. Alquilamos un coche y partimos con tranquilidad en un día bastante fresco, algo lluvioso, situación que siempre complica nuestra actividad cámara en mano. Nuestro primer objetivo nos lleva hasta Jerash, una increíble ciudad de la época en la que los romanos dominaron esta región tan alejados de la península itálica. La recorrida nos insume unas tres horas, después de lo cual, volvemos a subirnos al auto para continuar el itinerario previsto.
La calefacción ayuda a recuperar el calor perdido y enseguida avanzamos hacia nuestro siguiente destino: el Castillo de Ajlun. Lo que parece sencillo en la aplicación de nuestro celular, a tan sólo unos veinte kilómetros, poco a poco a comienza a complicarse por el camino sinuoso y lo poco confiable que resulta ser la tecnología finalmente en un escenario tan alejado. Dejamos nuestro teléfono a un lado e intentamos avanzar a la vieja usanza, es decir, bajando el vidrio y preguntando. Con un pequeño detalle, todos los interlocutores que nos encontramos hablan sólo árabe.
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Entramos en un pueblo de un tamaño intermedio, en realidad no tengo la más mínima idea su nombre, y en las cercanías de una construcción religiosa nos detenemos junto a un auto con cinco jóvenes de unos veinte años en su interior. Amables a más no poder, intentan ayudarnos pero sin saber cómo. Al final, uno de ellos cree interpretar lo que repetimos una y otra vez en nuestra seguramente errónea pronunciación de Ajlun y nos hace señas de que los sigamos. El vehículo se pone en movimiento y avanza lento hasta que nos lleva hacia una orilla del pueblo, se detienen y el chico más desenvuelto, supuestamente el entendedor, se baja del auto y no señala con su dedo índice bien extendido, con una sonrisa más ancha que su boca lo que parece ser, a lo lejos, una colina que se eleva por sobre el territorio que la rodea, a unos cinco o seis kilómetros.

Shkran, es decir gracias, una y mil veces, y otra vez solos, apuntamos hacia la colina, sin quitarle los ojos, como si apenas un pestañeo fuera a hacerla desaparecer. Por supuesto que el trayecto entre el índice de nuestro amigo y la colina es un camino mucho más tortuoso que una simple recta, pero, victoriosos, casi media hora después arribamos a nuestro Castillo, bien sobre la hora, con el sol casi llegando al horizonte y con el sitio a punto de cerrar. Un punto a favor, llegamos tan tarde que no hay ningún turista, a nadie se le ocurriría ir a un lugar tan alejado y llegar diez minutos antes del cierre.
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El castillo de Ajlun, a 1100 metros sobre el nivel del mar, fue construido por Saladino, el legendario líder islámico, en el siglo XII, para defenderse del avance de los cruzados cristianos, los cuales nunca pudieron tomarlo. De afuera vemos sus seis torres que se elevan en el perímetro para defenderlo y cruzamos por un puente levadizo que sortea un foso que impresiona con sus dieciséis metros de ancho y doce de profundidad. El castillo fue construido como un nexo con otras fortificaciones islámicas y como control de varios valles, a la vez que protegía las minas de hierro existentes en la región.

Circulamos por cada una de las salas y pasillos, ambientados por una luz tenue que no hace más que acentuar un ambiente de épica medieval presente en cada uno de los rincones. Descubrimos como la fortaleza tiene aún un eficiente sistema de drenaje, con caños en las paredes o plantas y vegetales usados como filtros para purificar el agua. La construcción era habitada por militares de diferentes rangos. En la edificación se ven los diversos tipos de usos, como habitaciones, establos e inclusive una escuela militar. Con la caída de otra fortaleza, la de Al Kerak en 1187, el castillo perdió parte de su importancia, pero no por eso dejó de ser usado, renovándose su estructura a lo largo de los años.
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Apreciando cada detalle, subimos hasta la parte superior del edificio. En una especie de terraza, tomamos conciencia de la increíble posición estratégica de la fortaleza, con vista hacia los cuatro puntos cardinales. Desde allí se ve El Líbano, Jerusalén en Israel y el lejano Mar Muerto, situado a unos noventa kilómetros de distancia. La ondulante geografía que rodea al castillo queda en evidencia no importa donde fijemos la mirada. Testigo del paso del tiempo su figura fue relevante en los tiempos de los caballeros de la Edad Media. Hoy en día su silueta luce imponente, bien en lo alto, controlando todo a su alrededor.
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