“En un momento, se me paralizaron los músculos del tórax y no podía respirar. Sentí cómo mi cuerpo dejaba de responder... Sentí que me iba a morir”. Minutos antes, Belén Domizio trotaba con normalidad.
Era la mañana del 17 de noviembre de 2020 cuando todo eso se desmoronó. Como un cristal golpeado por la fuerza del destino, la vida de Belén se partió en mil pedazos.
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El día que se le apagó el cuerpo
Como lo hacía todos los días, había salido a correr, pero, de pronto, sintió un dolor agudo en el pecho. Fue una especie de aviso incomprensible que se mezcló con el temor de que pudiera tratarse de una secuela del COVID que había padecido poco tiempo antes. Trató de mantener la calma mientras su cuerpo comenzó a apagarse como si alguien hubiera desconectado un interruptor. Primero, dejaron de responderle las manos; luego las piernas. En apenas dos horas, el mundo físico dejó de pertenecerle.
Hasta ese momento la veterinaria mendocina recibía el amor de sus pacientes animales y vivía sus días con la rutina que había elegido. Por las tardes corría por las calles de su ciudad, sentía el viento en la cara, el pulso acelerado, la libertad más pura. Esa era su identidad: el movimiento, la autonomía, el cuerpo fuerte que la conectaba con el mundo.
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“Quedé cuadripléjica en unas horas”, dice Belén, cuatro años después ante el público que la acompañó en un restaurante de Chacras de Coria, en Mendoza, durante la presentación de su libro El Camino de las Magnolias, la novela autobiográfica en la que cuenta todo lo que vivió.

La desesperación
“Yo estaba corriendo. Empecé a sentir que me dolía el pecho. Un dolor muy fuerte y pensé que me estaba dando un infarto porque las secuelas de post COVID eran muchas y se relacionaba a infartos o isquemias. Entonces fui a mi casa y le avisé a mi novio que me estaba sintiendo muy mal. Llamé a la ambulancia, me atendieron y a los 10 minutos sentía cómo se me adormecían las manos y fui al hospital. A las dos horas, mi cuerpo ya no respondía, quedé cuadripléjica. Pero alrededor mío, nadie se preocupaba por lo que me estaba pasando. Sentí que había cosas más importantes en ese momento. Me dijeron que era un ataque de pánico, me mandaron a comprar un clonazepan para tomar y que me durmiera... Nadie imaginó la dimensión que esto tomaría si hasta me dijeron que era porque estaba haciendo dieta. No sé, un montón de cosas así y subestimaron mucho el caso. Eso demoró el diagnóstico y demoró también el tratamiento; sabiendo que los primeros son minutos claves en esas cosas”, revive la joven.
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Belén cuenta que en el hospital tardaron un día recién en hacerle una resonancia y con ese estudio vieron que su médula cervical “estaba comida por esa lesión”. “Al tratarse de una lesión cervical en el transcurso de dos horas, ya no me podía mover del cuello para abajo”, relata.
En todo ese tiempo, sintió cómo su cuerpo se volvía ajeno. “Recuerdo la desesperación porque no podía mover los dedos, ni respirar bien”. Andrés, su actual marido, se convirtió desde ese momento en el ancla que la sostuvo durante esa caída libre hacia lo desconocido.
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Mientras estaba en la camilla del hospital volvió a sentir un dolor insoportable en el pecho y la espalda. Su voz quedó reducida a un hilo y le alcanzó para pedir clemencia. Fue cuando apareció un enfermero, para ella “un ángel”, que tomó una decisión que salvó su vida: le inyectó corticoides y eso detuvo el avance de la inflamación.
El enfermero salvador
“Sé que él no debería ni siquiera habérmelo puesto, pero siguió su intuición y lo hizo. Gracias a eso estoy viva, pero creo que mi destino era o terminar intubada o la muerte, porque estaba generándose una parálisis generalizada y yo ya no podía respirar. Por eso, digo que si no hubiese sido por él, hoy estaría muerta”, afirma Belén sin dramatismo.
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Mientras revive ese momento bisagra, al que le es imposible retornar sin emocionarse, asegura que no se ancla en la tragedia, sino en los pequeños milagros que le permitieron regresar. Al día siguiente, el diagnóstico fue mielitis transversa, una inflamación de la médula espinal. Su propio sistema inmunológico había atacado esa parte vital de su cuerpo, dejando un daño inmenso.

La batalla interna
Belén estuvo internada más de un mes. Los primeros diez días los pasó en terapia intensiva. Su voz era frágil, su cuerpo no respondía. La corredora, la jugadora de hockey, la mujer activa que nunca se quedaba quieta, ahora debía aceptar la parálisis como parte de su nueva realidad.
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Lo bueno de su historia —o de ella como deportista— es que perder no era una opción. “Un kinesiólogo me pidió que intentara mover el dedo gordo del pie”, cuenta. Lo intentó con todas sus fuerzas, se concentró como nunca en hacerlo... Hasta que el dedo se movió. “Ahí me dije: si moví uno, puedo mover el otro”.
Ese pequeño movimiento se convirtió fue su primera batalla ganada. La esperanza crecía en su interior y el deseo de recuperación se transformó en un objetivo absoluto. Cada paso en el proceso de rehabilitación tenía un significado monumental: volvió a aprender a hablar, a moverse, a comer. “Recuperar funciones básicas como ir al baño fue lo más difícil. Sentía dolor en todo el cuerpo, un dolor tan fuerte que dolía simplemente vivir”, lamenta.
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La vida en el hospital mendocino fue apenas el preludio. Andrés, su pareja, entendió que necesitaban un cambio y no dudó en viajar a Buenos Aires para que su mujer siguiera su tratamiento en el Centro de Rehabilitación Fleni, “donde la exigencia era olímpica”, asegura. “Estar allí fue como entrenar para los Juegos Olímpicos. Tenía un cronograma intensivo: kinesiología, terapia, horarios estrictos”. El cuerpo, dolorido y frágil, comenzó a responder, centímetro a centímetro, músculo a músculo. Cada día mejoraba.
En apenas dos meses, Belén cumplió el objetivo: logró movilizarse sola y regresar a casa. Sin embargo, el verdadero desafío la esperaba al cruzar la puerta del hospital.
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“El mundo seguía, pero mi vida no. Quería hacerme una tostada y no podía. Todo lo que era normal, ahora era imposible”. La frustración se convirtió en un peso silencioso. Aún así, regresó a trabajar a la veterinaria con ayuda de una asistente, encontró sentido en lo que amaba. “Quería ir, al menos, para conversar con las personas que llevaban a sus animales. Estar ahí era mi cable a tierra”, afirma.

Una señal en las manos
En ese proceso por volver a ella, Belén encontró algo inesperado: podía escribir. “No podía mover nada, pero tenía algo de motricidad en algunos dedos. Me pusieron un adaptador y pude escribir. Sentí que era una señal”.
Aunque con dificultad, comenzó a plasmar palabras en un cuaderno que una amiga le había regalado y escribir se convirtió en su refugio, su manera de canalizar el dolor y encontrar sentido en medio del caos.
Así nació El Camino de las Magnolias, una novela autobiográfica que no solo relata su recuperación, sino que también cuenta su historia de amor. Andrés, aquel hombre que la acompañó en los momentos más oscuros, se convirtió en su faro. “Nos conocimos en la adversidad. Si no me hubiera pasado esto, tal vez no estaríamos juntos. Es nuestra historia de amor en este camino”, dice emocionada.
Hoy, Belén camina con independencia y libertad. Y aunque las secuelas persisten —las manos, la vejiga, los dolores—, su espíritu está intacto. Con felicidad en la voz luego de volver a verse cómo estuvo y cómo está, confía que su palabra favorita es “aceptación”, pero no desde la resignación, sino desde el poder de adaptarse y seguir adelante.
“No busco generar un mensaje de falsa positividad. No todo se supera, pero todo se puede aceptar. A pesar de lo malo, la vida puede ser hermosa”, dice. Pese a la positividad que la caracteriza, cada 17 de noviembre, Belén siente que el mundo puede tambalearse otra vez. Dice que ese miedo existe, pero también la certeza de que sobrevivió a la tormenta más oscura una vez y que podrá otras. “Somos más fuertes de lo que creemos”, asevera.
El Camino de las Magnolias no es solo el relato de una recuperación sino la prueba de qué es posible reconstruirse aún cuando todo parece perdido. “Todo lo que te propongas, lo podés lograr”, enfatiza.
Al finalizar, admite que revivir esa etapa es como ver una película. “Cuando lo escribí, quería que no pasara desapercibido todo lo que pasé porque si me ves por la calle, quizás no se nota que tengo una discapacidad, o problemas para caminar. Es mi vida y me acostumbré. Mi normalidad es la que tengo ahora, entonces no quería que pasara desapercibido todo lo que logré en ese tiempo, porque para mí fue un volver a nacer. Era una Belén antes y ahora soy otra. Entonces, miro para atrás y no puedo creer que haya sido yo la que tuvo toda esa fuerza, esa voluntad, esas ganas de salir adelante. Porque cuando te pasan cosas así no queda otra: o te peleás con tu cabeza o peleás para salir adelante. No hay más”, culmina.
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