
A las cuatro de la mañana, cuando Hurlingham duerme, él todavía está despierto. Tiene un teclado pequeño delante, una letra a medio terminar y los auriculares puestos. Mañana —en unas horas, en realidad— vuelve al gimnasio. Allí, donde cada día intenta dar otro paso en búsqueda de su gran sueño: ser campeón mundial de boxeo.
Marcelo Gabriel Sánchez, o “Tetón” como lo apodaron en la infancia, una época difícil que le permitió forjar su personalidad. “Rateka” es otra historia: son las iniciales de los miembros fundadores de una crew urbana que él armó en Hurlingham y que con el tiempo se convirtió en un grupo de trap, una productora audiovisual, una marca de ropa y una forma de ver el mundo.
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Zurdo. Sonrisa con diente plateado. Gran conversador.
RBD Radio lo comparó con Sergio Víctor Palma, el supergallo argentino campeón mundial en 1980 que también escribía poesía y cantaba. La comparación tiene sentido, aunque Sánchez pertenece a otra época y a otra estética. Una más áspera, más del conurbano, más de esta Argentina.
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Nació y creció en Hurlingham, municipio del oeste del Gran Buenos Aires. De ahí no se fue nunca del todo, ni cuando peleó en la Patagonia ni cuando cantó en el Movistar Arena.
Antes del ring hubo fútbol. Jugó en Ituzaingó, se fue a probar a Vélez Sarsfield y quedó en el Fortín. Pero los guantes llamaban más que la pelota, y un día se presentó solo en el Gimnasio 77 de Morón.
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“La primera vez que pisé un ring, encaré al encargado y le pedí pelear con un profesional”, contó. “El primer round me cagó a palos, el segundo también, y en el tercero tuve suerte, le entré una piña y medio de casualidad, lo corté. Ahí tuvimos que parar, así que para mí, técnicamente, gané”.
Tenía 23 años. Sin peleas amateurs, a los 24 ya era profesional. Un camino que él mismo reconoce como excepcional y arriesgado. “Si yo no hubiera sido como soy, si no hubiera tenido los huevos que tuve, podría haber perdido por nocaut”, dice en diálogo con Infobae. “Tuve la suerte de no perder por nocaut, de que no me hagan nada malo. Aprendí en el proceso”.
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Pero el ring no fue su primer contacto con la violencia. Lejos de eso.
“Siempre me gustó pelear. He peleado por plata en la calle. He peleado gratis en la calle”, dijo, sin dramatismo ni nostalgia. Su madre Sara lo atribuye a “exceso de energía”. Él no lo desmiente.
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El entorno en el que creció estuvo marcado por las drogas y el alcohol. Pese a eso, Sánchez nunca entró en ese mundo, pero sí se encargó de evitar que muchos lo hagan. En abril de 2025, en una entrevista radial, habló de haber acompañado a personas de su círculo a salir de esos hábitos. “Siento que estoy para ayudar”, dijo.
Esa convicción está codificada hasta en las reglas de su crew. Para ser “Rateka” hay condiciones: “No se tiene que drogar, ni tomar alcohol, tiene que gustarle el deporte y le tengo que pegar durante 13 segundos. Es un ritual de iniciación”.
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Lo dice con la sonrisa plateada. Pero lo dice en serio.
El único rincón 100% femenino del mundo

En el boxeo, el rincón es sagrado. Es el lugar donde alguien te dice la verdad entre round y round, donde te cortan, te hidratan y te devuelven al combate. El rincón de Sánchez, desde siempre, fue completamente femenino.
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Su madre Sara —profesora de educación física, nutricionista, entrenadora de boxeo femenino y mánager— aprendió el oficio desde cero para acompañar a su hijo. Su hermana Natasha, que además boxea, completó ese equipo inédito.
“Yo arranqué a los 25 años a boxear. De arranque, estuve con gente que no era buena. No me cuidaban, buscaban que perdiera. Ahí entró mi mamá. ‘Maxi, por acá no es, acá no vas a lograr tu objetivo. ¿Vos qué querés?’, me dice. ‘Quiero ganar’, respondo. ‘Bueno, entonces dejame que me meta’.
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“Mi vieja así comenzó a estudiar en la Federación Argentina de Boxeo junto con mi hermana. Yo paré un año, la esperé y mientras tanto me entrenaba a full. Cuando arrancamos, empezamos a ganar, a ganar, a ganar. Vinieron el título latino, plata, y ahora el título argentino. Al final dejé más de lado la música porque me gustó boxear. Me di cuenta que también era un arte. Yo primero lo hice para tener publicidad y al final terminé viviendo de esto”.
“Yo no sabía nada de boxear”, admitió Sara. “Me empecé a meter para entender cómo funcionaba el ambiente y acompañarlo a él”, reconoció.
Una incansable lucha contra el sistema
Estaba claro: Sara no venía del boxeo. Cuando Marcelo quiso pelear, ella buscó técnicos que se hicieran cargo, pero nadie quiso asumir el riesgo: era grande, no tenía carrera amateur y, según le advirtieron, “lo podían matar arriba del ring”. Ante ese rechazo, la decisión fue clara. “¿Vos qué querés hacer?”, le preguntó a su hijo. “Quiero ser campeón del mundo”, respondió él. “Bueno, así no te va a pasar. Vamos a hacerlo bien. Yo me preparo y te preparo”.
Y se puso a estudiar. Los profesores de la federación la ayudaban cada vez que tenía dudas, aunque el ambiente no era precisamente bienvenido: cuando fue a inscribirse, la federación directamente no anotaba mujeres. Sara les argumentó que si los técnicos fueran capacitados, ella no tendría que estar ahí buscando un lugar. “Como los técnicos no estaban capacitados, me tenían que dejar a mí. Y si no, era discriminación”. La dejaron anotar junto a otras cuatro mujeres “que se animaron”, pero ella sola pudo completar el curso. “Al aparecer yo, abrí la puerta a un montón de mujeres”, dice orgullosa en diálogo con Infobae.
El boxeo le cerró las puertas desde el primer día. En los pesajes tampoco la dejaban entrar. En uno de ellos, delante de los promotores más importantes del ambiente, alguien dijo frente a ella: “Esta estúpida qué sabe, vámonos”. Su respuesta fue inmediata: “Bueno, esta estúpida no te da la pelea”. Ella se negaba a permitir que el rival de su hijo peleara con el peso indebido. No fue la única vez que tuvo que plantar bandera.
En otra pelea, el rival de su hijo siguió arriba del ring con una costilla rota que Marce le había partido en el tercer round. El técnico contrario lo obligó a continuar solo por no perder frente a un rincón femenino. Dentro de ese mundo machista, incluso llegaron a decirle que el boxeador no tenía que pensar. Ella respondió que iba a crear un boxeador inteligente. “Se me rieron todos”. Hoy, Sara es la primera mujer en llevar a un mismo boxeador a tres títulos.
Sara resistió todo eso y siguió. Y su persistencia dejó marca: hoy, la Federación que alguna vez le negó un lugar la recibe de otra manera. El mundo del boxeo no es el mismo que encontró cuando empezó, y en esa transformación, la historia de la madre de “Rateka” Sánchez tiene mucho que ver.
"Tetón Rateka" Sánchez junto a su mamá Sara y su hermana Nataha, integrantes del único rincón femenino del mundo del boxeo, en la última velada ante Facundo Dávila, donde retuvo el cinturón de campeón argentino wélter (Video: @Ratekas_13)
Lo que vino después fue total. Sara coordina la dieta, aparece en cada pesaje, negocia las peleas y grita desde el rincón. Una vez, ella y Natasha reclamaron tan fuerte por un cabezazo que el árbitro las echó a las dos.
Sánchez habla de su madre con una mezcla de admiración y humor filial. “Me entrena mi mamá, que es nutricionista, y encima me dirige en el rincón, así que tengo que portarme bien. Es muy exigente, tengo que hacer buena letra”. Pero cuando le preguntan qué significa tenerlas a las dos en el rincón, la respuesta va más allá del boxeo. “Laburar con ellas dos, con mi hermana y con mi mamá, es algo único y hermoso”, dice en una entrevista con Infobae. “Creo que la mujer hace mucho la diferencia en el boxeo, aunque los hombres piensen que no. La mujer es más detallista. Y los detalles en la vida misma siempre hacen la diferencia”.
Él mismo lo reivindica sin dudar. “Esto es único en el mundo, no en Argentina, en el mundo. Agradecido con mi mamá, que siempre está para mí, que me preparó perfecto para mi última pelea junto a mi hermana, y a mi mujer también, que ella es mi preparadora física. Esquina totalmente femenina. Yo creo que está para un récord Guinness, nada más que no lo sabe nadie”, bromea.
“Yo ya te estoy hablando acá y Sara lagrimea, imaginate”, contó entre risas. “Le digo Sara, trato de no decirle mamá para ser más profesional. Pero son dos mujeres muy capacitadas, están en todos los detalles, cosa que he estado con otros técnicos y no son así”. La ternura, igual, tiene su contracara: “Cuando estamos arriba se pone más violenta la esquina femenina”.
Para Rateka, trabajar cada día junto a su madre y su hermana va mucho más allá del boxeo. “Gracias al boxeo estoy compartiendo un trabajo con mi mamá, con mi hermana. Tengo la posibilidad de verlos todos los días, porque generalmente vos crecés y te vas”, reflexionó. “Estoy con ellos, cerquita, con mi familia”. A eso se suma una rutina que también rompe moldes: se levanta al mediodía, sale a correr a las dos de la tarde y entrena más que cualquiera, pero a su manera. “Estoy con ellas, cerquita, junto a mi familia. Estoy todos los días, los llevo a mi hijo al colegio, lo llevo a fútbol, la voy a buscar al gimnasio artístico a mi hija. Tengo la posibilidad de dividirme los tiempos porque me los manejo, ya que tengo el gimnasio acá en casa. Hay muchos errores y mucha vieja escuela que en el boxeo envenenó muchas cosas. No es tan difícil como parece”.
Con Sara, además, aprendió a escuchar. “Mi vieja me demostró que siempre tiene razón. En la vida misma, por un montón de situaciones que hemos pasado. Cuando era más chico por ahí me enojaba, pero hoy la escucho”. Una frase que, viniendo del único boxeador en el mundo con una esquina completamente femenina, suena a algo más que un reconocimiento familiar.
Trap, beats y cuatro de la mañana
“Ratekas” nació en 2016. Lo fundaron Marcelo y su hermana Natasha —“Tashi”—. Desde entonces no pararon.
Él produce los beats con un teclado pequeño, graba el audio, edita el video, canta y escribe las letras. Natasha canta y escribe cada vez más y mejor, según él mismo. La productora que armaron se llama Estudio 13 y tiene videoclips para Altos Cumbieros, Néstor en Bloque, Zaramay y Callejero Fino, entre otros.
Los escenarios que pisaron no son menores: Palermo Groove, la Usina del Arte, el Movistar Arena. Compartieron cartel con Mala Fama, Neo Pistea, Mala Junta y Duki.
Las letras hablan del barrio, de la lealtad, de la pelea como modo de vida. En “Reales” canta: “Hay que perder para pensar. Y hay que golpear para sanar”. En “Tu recuerdo” va más directo: “La vida me hizo fuerte como un tigre indestructible”.
No es metáfora. Es autobiografía.

La rutina que describe es la de alguien que no le teme al cansancio. “Arranco a las once, entreno más o menos hasta las ocho, después le doy hasta las diez u once de la noche editando, de ahí me meto a escribir letras, a la música hasta las cuatro de la mañana. Esa es la rutina”. Y “Rateka” aclara, sin culpa: “Me acuesto a las cuatro de la mañana. Arranco a laburar de doce de la noche a las cuatro de la mañana haciendo música, mi música, y también producciones para un montón de gente. Hoy por hoy, el laburo que más me ingresa plata es ese, no el boxeo”.
“Yo empecé el boxeo porque quería invertir en la música. La música hoy por hoy es más fácil llegar, pero tenés que tener publicidad. No tengo los recursos económicos como para bancarme una publicidad. Entonces me puse a boxear. Que me vea la gente y diga: ‘Ah, bueno, este es el que canta’. Mi idea nunca fue llegar a un título. Ni siquiera pensé en ganar, sino en venir y pelear. Pero después empecé a ganar, gané una y gané otra y gané otra. Empecé a mejorar, me empezó a ir mejor”.
Marcelo Sánchez tiene una productora audiovisual —Estudio 13— donde hace audio, video y grabaciones. Entre sus trabajos figura el boxeador Ezequiel Matthysse, la cantante Rocío Quiroga y Luis Ornelas. Estudió producción y dirección de cine en el CIC de la Universidad Palermo, cursó el profesorado de educación física en La Matanza —aunque le faltan dos años para recibirse— y junto a su madre hicieron el curso de técnico de fútbol infantil y el de guardavidas en la escuela de Alberto M. Tamagnone.
“El boxeo lo hago más por amor al arte y por algo que quiero lograr con mi familia. Yo vivo más que nada de la música”, dice. Y a las cuatro de la mañana, cuando la mayoría duerme, él todavía está trabajando.
El resurgir de las cenizas

En 2022 llegó a ocupar el tercer puesto en el ranking de la Federación Argentina de Box en la categoría wélter. Parecía el momento de despegar.
Después vinieron tres derrotas seguidas.
La última fue la más dura. Julio de 2023, Luna Park, ante el venezolano Jonathan Hernández. Perdió en el cuarto asalto por un corte que un cabezazo le abrió en el pómulo derecho, con el título Fedelatin de la Asociación Mundial de Boxeo en juego. La herida tardó semanas en cerrar.
Cuando lo hizo, Sánchez volvió al gimnasio. Sin declaraciones, sin drama.
Lo que tiene como boxeador, según él mismo, es simple. Cuando le piden que identifique su mejor virtud en el ring, no menciona la técnica ni la pegada. “Lo mejor que tengo son huevos”.
Pero hay algo más, algo que construyó con tiempo y con método. “Siempre competí, hice natación, atletismo, llegué a jugar al fútbol en primera en Ituzaingó. En el boxeo me di cuenta de que es más mérito de uno mismo. En el fútbol son once jugadores. En cambio, en el boxeo pasa por uno. Vos tenés que sacrificarte. Podés ser el mejor, el más técnico, el más fuerte o el más aguantador, pero si no te entrenaste, perdés. Aprendí un montón de campeones como la Joya Chávez, Brian Castaño, gente que sabe. Los observé, los miré. Ya siendo grande pensás de otra manera, sos más inteligente”.
Y agregó: “Después que mi vieja se puso a estudiar, me fue dando su puño y me di cuenta que hay que entrenar. Tiré la mitad de mi casa y me armé un gimnasio. Para poder verlos a mi hija Nicole, a mi hijo Lucas, a mi mujer Mela, estar con ellos y de paso entrenar. Y así como armé el gimnasio, vino un amigo, después vino otro, le cobré la cuota y ahora tengo como sesenta pibes entrenando”.
El cinturón y la casa
El 18 de julio de 2025, cruzó el país hasta Río Gallegos para pelear por el campeonato argentino wélter vacante ante Nicolás “el Maldito” Jara, el mismo hombre con quien había debutado como profesional siete años antes y ante quien había perdido.
Tenía ofertas para pelear fuera del país. Las rechazó.
“Cuando me dijeron de pelear con Jara, agarré enseguida. Una, porque es un peleador bien bravo; otra porque ser campeón argentino es un orgullo. Y otra porque pelear con los mejores te hace mejor”.
El combate fue táctico y parejo. Jara llegaba desde Tailandia, afilado. Pero Sánchez impuso su ritmo en la segunda mitad y las tres tarjetas marcaron 96-94 a su favor. Decisión unánime. Campeón argentino wélter.
Marcos “Chino” Maidana estuvo en la primera fila.
Un año después, el 25 de julio de 2026, Sánchez volvió a Hurlingham. Esta vez como campeón y ante su propia gente, en el Hurlingham Boxing Club. El rival era Walter Facundo Dávila, hasta esa noche invicto. “Era muy bueno, sabía que era un chabón fuerte”, reconoció Sánchez. “Él quería ganar, él fue a ganar. Lo que pasa es que lo que nadie sabe es cómo yo entreno. Yo sé que no entrena nadie”.
La estrategia fue clara desde el arranque. “Tenía dos opciones: o lo boxeaba, o le iba a la corta y lo llenaba de piñas hasta que se cansara. Me di cuenta que cuando le metía la mano bien neta, me abrazaba. Entonces, donde lo tuviera, lo combinaba”. En el quinto asalto, lo detuvo por KOT.
El cinturón quedó en el barrio. Y Sánchez no ocultó lo que sintió al escuchar su nombre antes de subir al ring. “Cuando dicen Marcelo Rateka Sánchez y salgo y veo a toda mi gente, tenía más ganas de llorar que otra cosa. Estaba contento, sensible. Después, una vez que subí, ya está, me desconozco”.
Maidana volvió a estar ahí, mirando desde el ringside.
El sueño que viene
Minutos después de noquear a Dávila, todavía con la adrenalina encima, Sánchez habló frente a los micrófonos de CMP (la Promotora del Chino Maidana). No mencionó récords ni estadísticas.
Sino de lo que sigue.
“Ahora queremos ver si podemos ir afuera de una vez, tengo unas re ganas. Pero lo que toque, yo estoy preparado y entrenando todos los días”.
Y con un mensaje claro sobre el legado que quiere dejar: “Primero agradecido con Dios porque él es todo y siempre está ahí para mí. Cada vez que salgo me siento iluminado, muy feliz y contento. Con ganas de lo que se venga, de ir afuera, de romperla, ganar un título internacional, continental y después mundial y festejarlo con toda mi gente y mi familia. Porque de esto se trata. Vamos por un objetivo, pero es amor. Yo gano esto por mí y para todos, y para que disfrutemos todos y para también poder ayudar y dar una mano a la gente”.
La presencia de Marcos “Chino” Maidana —excampeón mundial y desde hace una década al frente de Chino Maidana Promociones (hoy a cargo de su prima Mariana Gómez Maidana)— en sus dos últimas peleas no es un detalle menor. Para Sánchez, es casi un símbolo.
“Para mí es un honor. Un honor que haya estado en mi pelea, un honor que esté conmigo, que me esté apoyando, que me ayude, que me dé una mano. Porque esto es un deporte difícil y si no hay gente como él, no se puede salir adelante”.
También tuvo palabras para quienes lo acompañaron en el camino: “Quiero destacar que nadie nos regaló nada. Ganamos todo solos. Y gracias a Dios hoy está el Chino Maidana. Quiero agradecer a la promotora, a él y a Mariana, y a toda su familia”.

Y después, con la risa todavía fresca, contó un detalle de la noche que lo delató por completo. Escuchó la voz de Maidana desde el ringside gritándole “upper, upper”. Y lo tiró. Y conectó. Y Dávila cayó.
“Quería tirar el upper y le pegué acá y cayó. Tuve suerte”, dijo, riéndose. No podía no hacerle caso a los gritos de su boxeador favorito desde afuera del ring.
Antes de despedirse de una hermosa charla con Infobae, “Rateka” Sánchez dejó un mensaje claro para los que vienen detrás: “Que luchen por sus sueños, que no es tan difícil como parece. Es más fácil de lo difícil que es. Les digo que disfruten y que presten atención a los detalles, que la vida es hermosa y es para vivirla”.
En definitiva, de eso se trata la vida ¿no? De luchar, de caer y levantarse.
Y de soñar en grande. ¿Por qué no?... con ser campeón mundial.
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