
Me gusta jugar al rugby porque es un deporte de fuertes y yo sueño con ser un Puma. Mis padres me llevan a los entrenamientos y aunque no me lo dicen sé que tienen miedo: piensan que es de brutos. Temen que me golpee, me fracture o que quede en una silla de ruedas. Y aunque tampoco me lo cuentan sé que les encantaría que fuera un gran deportista. Yo hago como que nada de eso me importa pero en el fondo me importa.
Mamá quiere que tenga disciplina, que sepa que sin esfuerzo no hay nada. ¿A qué le tendrá tanto miedo que nunca puede relajarse? Papá en cambio es más atorrante. Calculo que también debe esforzarse pero no se le nota. Es un buen actor. Todo el tiempo me dice que lo importante es que experimente, que me equivoque; ¿será que él no tuvo margen de hacerlo?
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Al llegar al club estoy nervioso. En el fondo me siento un impostor. No me gusta taclear ni que me tacleen. No quiero recibir golpes ni que algo salga mal. Me encanta este deporte pero quiero jugarlo bien.
En los campeonatos estoy tan asustado que me paralizo. No quiero equivocarme y tengo miedo de que perdamos por culpa mía. Fantaseo que ganamos con una gran jugada mía aunque no sé ni cómo va a ocurrir si me da pánico tocar la pelota. Me angustio cuando me la pasan y quiero sacármela de encima para no cometer un error. Que se equivoque otro, que perdamos por culpa de otro.
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Creo que el entrenador algo percibe porque mucho no me pone. Aunque como mis papás están mirando siempre me hace jugar un rato. Yo deambulo como un fantasma sin acercarme demasiado a las jugadas, escondiéndome como puedo detrás de los chicos que sí se animan.
Papá insiste en que me meta, en que esté en donde pasan las cosas, justo a donde yo no quiero ir. O sea; me encantaría pero no puedo. Quiero jugar porque me gusta pero tengo mucho miedo. Por eso los consejos de papá no me sirven para nada. Al revés, me presionan más.
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El entrenador me vuelve a sacar de la cancha y aunque finjo decepción me siento aliviado. En el banco de suplentes estoy a salvo; ahí puedo alentar a mis compañeros, opinar, criticar. Lo riesgoso es jugar.

Después de un rato de estar afuera el técnico me vuelve a mandar a la cancha. Otra vez el suplicio. Sufro desde que entro hasta que salgo o hasta que el referí da por terminado el partido; esa es la liberación total.
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Me tranquiliza darme cuenta de que a varios les pasa lo mismo. Tal vez seamos la mayoría aunque no me animo a hablar de esto con nadie. Calculo que el ochenta por ciento de mis compañeros deben sentir algo parecido porque también se mantienen a distancia de todo. No se quieren meter. Y aunque algunos simulan mejor que otros los descubro porque es lo mismo que hago yo. Son unos cobardes. Somos. ¿Cómo voy a ser Puma si soy un miedoso?
El tercer tiempo es lindo: comemos la hamburguesa con la coca y charlamos. Los pocos que juegan, los que se animan, son los ídolos de todos. No como nosotros, los cobardes, espectadores adentro de la cancha.
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En el viaje de vuelta, papá -que se avivó de todo-, me saca el tema.
-Gordo no tengas miedo de equivocarte, no pasa nada. Tenés que meterte en las jugadas, algunas saldrán bien, otras mal, pero no es grave. Lo importante es aprender.
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Me busca por el espejo retrovisor y le sonrío con timidez.
-Cuando yo era chico me pasaba lo mismo que a vos: la pelota me quemaba. Me la quería sacar de encima rapidísimo no fuera cosa que alguien me la quitara, nos hiciera gol y que mi equipo perdiera por culpa mía. Por eso me gustaba jugar de delantero así cualquier error que hiciera no nos costaba el partido.
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Papá me vuelve a mirar por el espejo. Bajo la mirada aunque me tranquiliza saber que a él le pasaba algo parecido.
-El deporte es como la vida. Los que juegan, sufren, se divierten, reciben golpes, se equivocan. Pero crecen. Los que se quedan en la platea solo opinan, viven la vida de otros. Como cuando vamos a la cancha, viste. Desde la tribuna todos critican, son re machos. Pero si alguno tuviera que patear un penal en un partido decisivo se haría pis encima del miedo.
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Me imagino teniendo que patear ese penal y me da pánico. No me gusta. Quiero la gloria pero odio correr riesgos. ¿Cómo voy a hacer para cumplir con mi sueño?
Percibiendo mi estado de ánimo papá me dice:
-Crecer duele, gordo, pero vale la pena.
******
No hay dolor más grande que no animarse a vivir.
Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un elefante en la habitación, historias sobre lo que sentimos y no nos animamos a hablar” https://linktr.ee/juan.tonelli
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