
Fueron alrededor de 1500 los argentinos, jóvenes hijos de alemanes radicados en nuestro país, que viajaron al país de sus padres para pelear en la Segunda Guerra Mundial.
En el increíble pandemonio que significó una conflagración mundial, la organización de las fuerzas armadas alemanas mantuvieron un sistema de fichas de cada soldado, donde se consignaba su unidad, si se enfermaba, si era prisionero, si era herido o caído en acción. Si bien el 85% de los archivos militares alemanes que estaban en Potsdam fueron destruidos durante los bombardeos en el último año de la guerra, sobrevivió un enorme fondo documental que se encuentra en el Departamento de información personal sobre la Primera y Segunda Guerra Mundial.
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La digitalización de los registros de los muertos en combate perteneciente a este archivo abrió la puerta a increíbles historias protagonizadas por jóvenes que fueron a pelear por su país en el que, sorprendentemente, se comprobó la participación de muchos argentinos.

También se cuenta con la información de la Comisión de tumbas de guerra del pueblo alemán, una organización humanitaria que se encarga de registrar, preservar y cuidar las tumbas de alemanes enterrados en el extranjero.
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Esta información fue minuciosamente analizada y contada por Julio B. Mutti quien, en su libro “Nazis argentinos que pelearon en la Segunda Guerra Mundial”, relata los casos de 104 hombres que nacieron en la Argentina, de familia alemana, y que murieron en acción o como consecuencia de sus heridas. Además, presenta cerca de 25 casos de alemanes que vivieron en el país y que perdieron la vida en la conflagración mundial.
En la década del 40, vivían en nuestro país entre 50 y 60 mil alemanes que, con sus hijos argentinos, sumaban 250 mil. Existían puntos donde había una marcada concentración de ellos, como era el caso de la provincia de Misiones, que representaban el 13% de la población o algunas localidades del conurbano, como es el caso de Villa Ballester.
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Son por demás interesantes conocer la historia de aquellos que nacieron en Quilmes, Arroyo Seco, Villa Ballester o Formosa, que combatieron en el desierto en el norte de Africa, en la estepa rusa, en el mismísimo Día D, o los que sus restos descansan en pueblitos perdidos.
Son muchas las vidas que el libro cuenta. Como la de los rosarinos Paul Bublitz, que cayó cerca de Leningrado y Manfred, que no quería ser maestro como sus hermanos y que su tumba está en un campo de girasoles en un campo de Ucrania; el joven Adolf, de 18, muerto en la ofensiva hacia el Volga; a Alfred, el riocuartense de 20 años lo mató un proyectil de artillería y los restos de Richard Ewert, que había nacido en Esperanza, están en una tumba sin nombre en Rusia, así como el cabo primero Erwin Kleinbub, de Berazategui y tantos otros connacionales; un día antes de que el mariscal alemán Rommel ordenara la retirada luego de un intento de contraataque después de la derrota de El Alamein, caía el cabo zapador Hektor Günther, nacido veinte años atrás. Y las historias siguen.
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Asimismo, si hay un conflicto bélico también hay espionaje.
Hans Fändrich había nacido en Freiberg y llegó al país en 1911. Dos años después, este apasionado por la literatura y los libros abrió una librería en la calle San Martín al 300, en la city porteña. Con los años, su local –”para lectores exigentes”- se transformó en un centro de referencia de literatura alemana. Estaba casado con Anna y tenía un hijo pequeño, Karl Robert. En el país nacería su segundo hijo varón, Hans Alfred.
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Los hijos se educaron en Alemania y cuando estalló la guerra, el mayor decidió quedarse con su papá en la librería pero el menor Hans se enlistó en la Luftwaffe.
Mutti remarca que no se sabe en qué momento fue enviado al frente, pero que seguramente desempeñó diversas misiones porque había alcanzado un grado similar al de sargento. Se sabe que fue condecorado cuando superó las veinte misiones de combate, pero no se han hallado registros de sus derribos.
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En un vuelo del 25 de agosto de 1942, el aparato del argentino chocó con otro de un compañero. El del Fändrich cayó a tierra y el piloto falleció pero el otro pudo aterrizar y su piloto sobrevivió.
La historia de los Fändrich no terminaría acá. Su papá Hans, en 1939, había viajado a Alemania con su hijo menor, mientras su hijo mayor se encargaba de la librería en Buenos Aires, donde se podía comprar literatura nacionalsocialista, se organizaban actividades para recaudar fondos para ayudar la causa alemana.
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Karl Robert, a partir de su trabajo en la librería, se relacionó con personalidades del partido nazi y con la embajada alemana. Fue cuando conoció a varios agentes secretos que operaban en Buenos Aires, entre ellos Becker, un capitán de la SS, jefe del servicio secreto en el exterior, quien reclutó a Fändrich. La librería se transformó en el punto de intercambio de mensajes secretos y donde circulaba dinero para pagar a los espías.
El librero intervino en misiones delicadas y cuando en agosto de 1944 el gobierno argentino, de claras simpatías por el Eje, fue presionado por las potencias beligerantes, no tuvo más remedio que ir detrás de los elementos del servicio secreto alemán que operaba en el país. Uno a uno fueron cayendo, y al librero le dieron otra misión, la de asistir a los espías detenidos, así como a sus familias. Finalmente Fändrich fue detenido y cuando la guerra terminó, fue deportado y regresó tiempo después con su papá y su mamá.
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Mutti es licenciado en comercio internacional y dedica su tiempo libre a investigar sobre cuestiones bélicas de la segunda guerra mundial, especialmente las referidas a los alemanes. Lleva publicados media docena de libros y ensayos sobre el nazismo en la Argentina, y se ha transformado en un referente en este tema.
Para el libro, se abocó a la paciente tarea de rastrear a descendientes de aquellos veteranos, que aún pudieran vivir en el país. En algunos casos tuvo suerte y en otros no y tuvo todo tipo de respuestas. Tal como cuenta en la introducción, cuando el hijo de un caído consideraba a su papá como un oficial alemán, y no como argentino.
Lo que no puede negarse que, desde la lejana Buenos Aires, un grupo considerable de argentinos fue a dar la vida por esa Alemania a la que sentían tan cerca.
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