
[El podcast”Medio siglo de teatro” puede escucharse clickeando acá]
Aquel niño que había descubierto la vocación de ”pasar películas” creció y abrió su primera sala. En el segundo episodio del podcast “Medio siglo de teatro”, Carlos Rottemberg cuenta cómo consiguió revivir un cine-teatro arrumbado, lleno de ratas, en Paraguay y Suipacha. Así comenzó lo que sería una exitosa carrera empresarial, algo que deseaba con fuerza, pero por entonces aún no sabía si lograría.
Poco antes de alquilar la sala, Rottemberg estaba ansioso por aprender, quería entrar por cualquier puerta a ese mundo que lo desvelaba. Así que pidió trabajo en una empresa que regenteaba varios cines. Lo aceptaron y le asignaron el puesto de boletero suplente. Trabajaría los domingos, iba a ser el último orejón del tarro y, además, debería hacer algo que detestaba, y aún detesta: vestir traje y corbata. No le importaba, lo haría. Tenía su objetivo claro.
Y lo habría hecho si no hubiera sido porque, cuando estaba a punto de trabajar, le llegó la oportunidad de alquilar un teatro en desuso con 700 butacas. Lo fue a ver y no pudo resistirse al desafío.
El precio del alquiler mensual era un tanto extraño: no por caro ni por barato, sino por raro. El dueño del lugar -que había heredado las instalaciones y que eran un peso para él- le pidió a Rottemberg que le pagara con “un chocolate Suflair grande todos los meses”.
Carlitos era menor de edad y, para lanzarse a la aventura, fue emancipado por sus padres. Así, en 1974, Rottemberg tuvo su primer cine: el Ateneo.

En aquel edificio que alquiló por un chocolate había una empleada que “formaba parte del mobiliario”. La mujer usaba pantalones con las botamangas atadas con hilos. Cuando Rottemberg le preguntó por qué llevaba así los pantalones, la mujer le dijo: “Porque ya se me subieron dos lauchas por las piernas”.
Consiguió dos gatos y, en el barrio del Once, compró una tela gigante para proyectar las películas de cine infantil. Su primer gran éxito como exhibidor lo tuvo con “El chanchito picarón”. También le fue muy bien con “Ico, el caballito valiente”, una creación del maestro Manuel García Ferré. Como pasaba cine infantil, la actividad se hacía por la tarde y la sala quedaba cerrada a partir de las 20.
Alguien le sugirió hacer teatro. Al principio dijo que no. La pareja de actores de Juan Carlos Dual y Beatriz Bonnet le propuso hacer una obra. Pero Rottemberg, con insolencia y tan solo 17 años, les contestó: “Gracias, pero a los actores los prefiero enlatados”. Dual y Bonnet tardaron mucho tiempo en perdonarlo.
Sin embargo, poco después conoció al gran actor Pepe Soriano y fue él quien inauguró el teatro en la sala de la calle Paraguay con “Parra” la vida de Florencio Parravicini. Esa fue la primera obra que presentó y desde entonces no paró jamás. Por aquellos años fundacionales Carlos Rottemberg también produjo “La Fiaca” con Ernesto Bianco y Equus, protagonizada por Duilio Marzio y Miguel Ángel Solá.

Durante algunos años hizo cine y teatro. “El cine lo dejé recién en 1992. Cuando a los seis años de mi hijo Tomás, que nació en 1986, me acerqué una noche para contarle un cuento, le dije que el fin de semana podíamos ir al cine. Tomás me señaló la vieja videocasetera VHS que estaba a los pies de la cama y dijo: ´Papá, para qué vamos a ir al cine si hay eso´. Yo dormí a Tomás, fui al dormitorio y le dije a mi mujer -Linda Peretz-: ´el cine no va más´. ¿Para mí la revelación fue ese comentario de Tomás?”, explicó en el podcast.
A partir de entonces dejó de ser un “exhibidor de cine” para pasar a ser exclusivamente “el señor de los teatros” que hoy conocemos.
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