
Desde muy chica Ángeles Arla vivió en primera persona lo que era convivir con un trastorno alimentario. En el marco del Día Internacional de Lucha contra los Trastornos de la Conducta Alimentaria, explica la importancia de estar acompañado, el rol de la salud mental y que hay esperanzas para salir adelante.
“Arranqué con este trastorno alrededor de los 11 años y en ese momento no era consciente de lo que estaba pasando”, relata Angie. Era 2009, había dejado su querido hogar en Azul para empezar una nueva etapa en San Martín de los Andes, sin embargo quienes la rodeaban se dieron cuenta de que algo no andaba bien.
Una nena con anorexia
Los signos de una anorexia nerviosa empezaron a asomar: la obsesión por la figura, la necesidad de pesarse reiteradas veces, el cálculo de calorías ingeridas, el aislamiento social, entre otros. “Mis familiares se daban cuenta de ciertas conductas que estaba teniendo, pero yo creo que nunca hubiesen llegado a pensar en que eran indicios de un trastorno alimentario”, admite la joven de 26 años.
En cuanto a sus amistades, la incertidumbre no fue excepción, ya que “es difícil a los 11 años saber cómo acompañar a una persona que tiene un trastorno de la conducta alimentaria. Ciertas amigas notaban que yo contaba las calorías, o que quería estar flaca, pero la verdad siento que tampoco sabían cómo acompañarme”.

Fue cuando sus padres la llevaron a un profesional y el diagnóstico de anorexia nerviosa resultó inevitable, Angie pesaba tan sólo 25 kilos. Al principio, la confusión y la dificultad por entender lo que ocurría estuvieron presentes. “Se sabía mucho menos de lo que se sabe ahora sobre los trastornos de la conducta alimentaria, era un tema mucho más tabú. Me acuerdo que mi padre le dijo a la médica que yo era comedora selectiva. Fue muy difícil aceptarlo para mis papás”, confiesa, y rememora que ante la falta de información empezó a investigar sobre la patología y a reconocer los síntomas propios.
Al poco tiempo empezó un tratamiento ambulatorio para poder seguir su día a día en el colegio junto a sus compañeros y permanecer en su casa. A partir de ese instante, tuvo una vida muy restringida al no poder realizar deporte, ni muchas actividades que le gustaban. Las visitas al médico clínico, nutricionista, psicólogo y psiquiatra se volvieron parte de su rutina hasta los 15, momento en el cual logró afrontar la anorexia.
Transcurrieron los años, Ángeles retornó a su pueblo natal y una vez terminada la secundaria debía elegir qué carrera estudiar. Entre múltiples opciones optó por el periodismo y en 2016 se embarcó a la gran Ciudad de Buenos Aires para comenzar sus estudios con gran entusiasmo, pero la anorexia volvió a aparecer sin previo aviso.
“Tuve una gran recaída acompañada de una gran depresión y fue bastante fuerte”, explica. En ese entonces tuvo la suerte de recibir un gran acompañamiento por parte de sus amistades, “volví a salir adelante con apoyo de amigas que entendieron lo que estaba pasando o capaz, no entendían sobre la enfermedad, pero me preguntaron cómo me podían ayudar. Hice tratamiento nuevamente, y pude recuperar y superar esa lucha”.

Además del factor físico dentro de este trastorno alimentario, la salud mental juega un papel crucial para poder atravesarlo de la mejor manera. “Hay veces que me ha costado decir que tomo medicación o voy al psiquiatra por todos los prejuicios y mitos, “che va el psiquiatra está loco”, o “va al psicólogo, es un enfermo”, y no. Uno tiene que acudir si es necesario, no te tiene que importar lo que digan los demás”, insiste Angie y agrega, “tomar medicación me salvó, porque uno de los síntomas de la anorexia nerviosa es la distorsión corporal. Yo pesaba 25 kilos y me veía gorda, y tenía también mucha ansiedad acompañada de depresión; sólo con apoyo psicológico hubiese tardado mucho más en poder resolver todo lo que me estaba pasando”.
Otro aspecto que para la azuleña es importante traer a la conversación, es no opinar sobre los cuerpos ajenos. Volviendo al pasado, recuerda patente que al transitar la anorexia muchos comentarios de su entorno estaban vinculados a su aspecto: “me decían que estaba linda cuando iba bajando gradualmente de peso y a mí me daba con decir, “bueno, voy a seguir bajando de peso, porque estoy linda”, no ayudaba, me confundía. Tengo recuerdos de estar en la playa también con 25 kilos y la gente no me paraba de mirar, eso llega un punto que te sentís muy mal”.
Asimismo, el ideal de un cuerpo hegemónico y el surgimiento de las redes sociales tuvieron y tienen un impacto poco positivo en torno a la imagen corporal para muchos jóvenes. De acuerdo al estudio realizado en 2020 desde la organización Bellamente en conjunto con la UBA, el 86% de las mujeres entre 18 y 35 años que participaron afirman haberse sentido mal con su cuerpo tras ver una foto en Instagram y más de la mitad comparan su apariencia física con las personas que ven en esa red.
“Existe el famoso estereotipo de que hay que ser así, y quizá eso que estás viendo no es un cuerpo sano. Uno abre Instagram, ve cuerpos muy marcados o cinturas mínimas y decís, “quiero este cuerpo”, pero uno no sabe por lo que está pasando la otra persona. También está el Photoshop, que se permite editar”, reflexiona Ángeles y añade, “Instagram es un recorte de la realidad. No solemos mostrar cuando estamos llorando, cuando estamos hinchados, cuando estamos mal. Siempre mostramos lo más lindo”.

A raíz de su experiencia con la anorexia, Angie destaca que uno de los aprendizajes que le brindó fue el amarse a sí misma: “costó y fue un largo aprendizaje, un gran proceso. Mi cuerpo es mi motor, por mi cuerpo me levanto todos los días, por mi cuerpo camino, por mi cuerpo respiro y con mi cuerpo hago todo lo que hago, y tengo que cuidarlo”.
Por otra parte, considera que sus padres y hermano fueron el gran apoyo por el cual ella logró avanzar y lo más arduo fue verlos sufrir cuando transcurría este trastorno alimenticio. “Fue lo más difícil y a la vez también era complicado aumentar de peso y toda la parte psicológica. Yo era la víctima y mi propia victimaria, porque yo me estaba haciendo eso a mí misma. Estaba siendo tan egoísta, no podía conmigo, con mi enfermedad y a la vez los veía muy tristes”, relata la joven y confiesa que más allá de los llantos, las peleas, ellos siempre apostaron por ella, y los fortaleció aún más como familia.
“Me gustaría dar un consejo a las personas que estén atravesando esto”, pide con una sonrisa, “me gustaría decirles que pidan ayuda, que no tengan miedo, no tengan vergüenza. Uno a veces no ve una salida, no ve una luz al final del túnel, pero sí la hay, si yo pude, ustedes pueden. No se rindan jamás, pidan ayuda de familia, de amigos, de quien sea, no bajen los brazos y acudan a los médicos, a especialistas, siempre hay esperanza”.
Con respecto a ella, Angie dejó atrás el periodismo y decidió estudiar psicología para poder ayudar a gente que tenga un trastorno de la conducta alimentaria, próximamente estará por recibirse. “Me considero una persona resiliente por haber pasado todas estas adversidades que siempre fueron con mucho apoyo. Estoy rodeada de muchas personas que amo, que me quieren. La verdad que tengo una vida muy linda, tengo mis inseguridades como cualquier persona, pero bueno, hoy puedo decir que me quiero, acepto mi cuerpo y soy feliz”, define con mucha convicción y esperanza sin dejar que ningún obstáculo la derribe.
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