
Eugenio Kvaternik murió el pasado martes 7 de noviembre a los 81 años. Había nacido en Croacia pero su familia se exilió en la Argentina siendo él muy pequeño.
Se formó como politólogo en la Universidad del Salvador, luego hizo posgrados en las universidades de Lovaina, Bélgica, y en Johns Hopkins, Estados Unidos.
Fue profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Buenos Aires, en El Salvador y en la UCA y en ESEADE. También fue investigador del Conicet.
De 1995 a 2000 presidió la Sociedad Argentina de Análisis Político, principal entidad de agrupamiento de los politólogos.
Entre sus libros se destacan “Crisis sin salvataje: la crisis político-militar de 1962/63″, “El péndulo cívico-militar: la caída de Illia” y “Elementos para el análisis político. La Argentina y el Cono Sur en los 90”. Como compilador, publicó trabajos sobre Raymond Aron, a quien admiraba.
También publicaba artículos científicos y de opinión en La Nación e Infobae, entre otros medios.
Realizó muchos viajes de estudio que lo llevaron a frecuentar, como interlocutores y amigos, a Octavio Paz, Carlos Fuentes, Giovanni Sartori, Carl Schmitt, Ernst Jünger y John Elliot, el gran hispanista británico.
Su discípulo y amigo Pablo Anzaldi lo recuerda como un hombre “jovial, apasionado, interesado por todo”. “La principal característica de su pensamiento -dijo Ansaldi a Infobae- era una combinación del problema de la polarización, la radicalización y la violencia en autores como Carl Schmitt, Robert Dahl, Giovanni Sartori, Samuel Huntington, Von Clausewitz, Seymour Lipset y Stein Rockham, con el trasfondo donde están los pensadores clásicos, Tucídides, y un moderno como Tocqueville, que para él fue muy importante”.
Y sintetizó: “Sus influencias más fuertes fueron Schmidt, Aron -fundamentalísimo para él-, y algo de Sartori. Solía decir que a Karl Schmidt en parte lo controlaba con Sartori”.

Anzaldi le preguntó una vez a qué líderes admiraba, y él respondió que al italiano Alcide de Gasperi, que llevó a la iglesia a conciliar con la democracia liberal, y a Konrad Adenauer, el artífice de la reconstrucción alemana y de la reconciliación de su pueblo con el resto de Europa.
Consideraba al marxismo como una especie de religión secular, cuya vigencia era difícil de entender, pero que se explicaba en parte por “el vacío espiritual que invade al siglo XXI, como la mayoría no cree en nada, no es casual que algunos terminen creyendo cualquier cosa”. Así lo dijo en una entrevista con Infobae en 2018. “A esto se presta el marxismo porque que es una religión, con su catecismo -el Manifiesto Comunista-, sus obras teológicas como El Capital; su iglesia -el partido- y sus Papas -los secretarios generales”, explicaba.
“Una religión antirreligiosa, y que en la posmodernidad para algunos se convierte en un credo post-religioso”, definía, y agregaba con ironía: “Pero me detengo aquí porque, como decía al principio, hay cosas que no se entienden por más que uno haga todos los esfuerzos para hacerlo”.
En cuanto al último trabajo que estaba escribiendo, Kvaternik lo fundamentó de este modo: “En relación a los 70 hacen falta, más que nuevas historias, más categorías para poder desentrañar realmente cómo y por qué pasó lo que pasó”. Consideraba que faltaba una visión “conservadora popular”.
Sobre aquel período de nuestra historia y la forma en que se saldó, tenía una visión original y que pocos se atreven a formular en el presente. A propósito del alzamiento carapintada de 1987, decía que ese acontecimiento hizo que Alfonsín apareciera “forzado a hacer en contra de su voluntad lo que siempre había querido hacer”, es decir, limitar el número de procesados por violaciones a los derechos humanos y por la lucha armada. Ese concepto lo volcó en el prólogo del libro de Pablo Anzaldi, Los años 70 a fondo. Cargar la responsabilidad de la represión ilegal en los altos mandos, como proponía Alfonsín, le parecía más justo que lo que llamaba “la teología” que “nos han dejado como legado” el kirchnerismo y los organismos de derechos humanos, “en la que hay un demonio que nunca fue ángel, la contrainsurgencia, y un ángel que nunca fue demonio: la insurgencia”.
Aunque se mostraba escéptico sobre la posibilidad de una solución que reflejase de modo más acertado una responsabilidad que fue “desigual pero compartida”, creía que el único camino era seguir diciendo la verdad.
A eso apuntará seguramente su libro legado.
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